25 de mayo de 1810. Galasso vs. Feinmann

“Sorprende que Feinmann adjudique el antinacionalismo a Moreno y San Martín”, dice Galasso. Por Norberto Galasso

El artículo se titula Cómo se conquistó el pacto neocolonial (18/04/2010, Página 12) y sorprende que José Pablo Feinmann no mencione a Bartolomé Mitre (trazado de ferrocarriles ingleses en abanico hacia el puerto, empréstitos e instalación de bancos ingleses) y en cambio, le adjudique ese protagonismo antinacional a la Revolución de Mayo, a Mariano Moreno y al General San Martín. Por eso, paso a reseñar lo fundamental del artículo donde encuentro graves errores.

Feinmann reproduce una cita de Mariátegui fundando así su tesis descalificatoria de la Revolución de Mayo: “Los ingleses habían financiado la fundación de las nuevas repúblicas”. Pero esa cita es aplicable a 1824 y no a 1810. Proviene del libro El congreso de Verona, del vizconde de Chateaubriand, quien sostiene: “De 1822 a 1826, diez empréstitos han sido hechos en Inglaterra en nombre de las colonias españolas”. Chateaubriand explica el objetivo colonialista de esos 10 empréstitos, por un total de 20.078.000 de libras y después de demostrar que fueron una estafa –Inglaterra quedó como acreedora por 35.745.000 libras– concluye: “Las colonias españolas se volvieron una especie de colonia inglesa”. Esto se produce entre 1822 y 1826 y se corresponde con la política de la burguesía comercial portuaria expresada por Rivadavia en el período que Vicente López y Planes llama “de la contrarrevolución”, respecto al período de Mayo (1810-1821) que fue, según señala, el de “la revolución”, cuando se hablaba “de patriotismo” mientras que en la época rivadaviana “se proclamó el principio de habilidad o riqueza” (Carta a San Martín del 4/1/1830). Con esos empréstitos quedaron encadenados al Imperio varios países latinoamericanos –fue el inicio, con Baring Brothers, de nuestra deuda externa– y no existe relación alguna con la Revolución de Mayo. Scalabrini Ortiz enseñó, en Las dos rutas de Mayo, que la de Moreno (nacional y revolucionaria) era antagónica a la de Rivadavia (colonialista). Puede sostenerse que en 1824 nace ese pacto semicolonial que consolida luego Mitre a partir de 1862.
Como al pasar, Feinmann sostiene que “hay quienes afirman que la revolución de Mayo, a diferencia de la otras de América, tomó el espíritu de las Juntas españolas que luchaban contra la España absolutista” y agrega: “Corrijamos esto: no se puede comparar a las Juntas Populares de la España rebelde, popular y antibonapartista con la mera individual Junta de Mayo [...], junta de mayo que nunca fue popular ni tenía cómo serlo”. En primer término, no hay diferencia entre la revolución de Mayo y “las otras de América”, pues en todos los movimientos entre 1809 y 1810, se forman Juntas Populares, como en España, para desplazar a los virreyes, y en todas ellas se jura por Fernando VII, lo que prueba que no tenían inicialmente un propósito separatista y que al igual que las juntas españolas, confiaban en Fernando VII como el posible modernizador de España. Esa revolución española declara que las tierras de América no son colonias, sino provincias, y propicia la formación de Juntas, cuyo contenido inicial es democrático, no independentista y se tornan separatistas a partir de 1814 cuando la revolución española es derrotada por el absolutismo (hasta 1814 flameó la bandera española en el Fuerte de Buenos Aires). En segundo lugar, es correcto que nos faltó una burguesía nacional unificadora, capaz de consolidar la revolución hispanoamericana. Ni Moreno ni Bolívar ni San Martín tuvieron burguesía nacional en que apoyarse o cuando la había, era muy débil y estaba mentalmente colonizada, como le ocurrió después a Perón en la Argentina. Pero también faltó –o fue muy débil– la española, y por eso volvió el absolutismo a España en 1814. Sin embargo, Moreno sostenía la necesidad del rol del Estado que podría reemplazarla como se ha planteado un siglo y medio más tarde en varios países del tercer mundo (por eso, Moreno, al igual que San Martín, gesta fábricas estatales de armas y de pólvora).

Otro error consiste en afirmar que “la Junta de Mayo nunca fue popular ni tenía como serlo [...] que sus compañeros (los de Moreno) eran básicamente dos”. Por el contrario, eran sectores populares dirigidos por los chisperos o manolos de la Revolución como French, Beruti, Donado, Arzac, Orma, Dupuy, Cardozo, Planes y muchos otros que movieron mil personas en la plaza (el 2% al 2,5% de Buenos Aires; en valores actuales sería una concentración de 80.000 a 100.000 personas). Los enemigos del pueblo tenían en claro lo que era el morenismo: Arroyo y Pinedo lo aborrecía porque “Moreno sostiene que ya todos somos iguales, máxima que así vertida en la generalidad ha causado tantos males” y agregaba: “En estas circunstancias en que el susodicho Moreno se había arrastrado a la multitud”.

El morenismo se continúa después de 1810 con Monteagudo y San Martín. Son los continuadores de Moreno, después de su muerte y tanto es así que la Asamblea del año XIII adopta importantísimas medidas democráticas y antiabsolutistas, iguales a las que aplica San Martín cuando es Protector del Perú: principios fundamentales como la destrucción de los instrumentos de tortura, la abolición de títulos y escudos nobiliarios, la abolición de los tributos que pesaban sobre los indios y la libertad de vientres, entre otras. La confrontación de clases y de proyectos es evidente en esa época. Que la izquierda abstracta pregone que son luchas interburguesas pues ninguno aspiraba al socialismo y, por tanto, despreciables, resulta coherente con su desvinculación con la clase obrera real, pero que lo haga un filósofo de la talla de Feinmann, es lamentable y peligroso.

Asimismo, sorprende que Feinmann no acuse a Mitre del pacto semicolonial y en cambio defenestre a Moreno y, al mismo tiempo, descalifique a Lenin y niegue el protagonismo popular –justamente cuando se multiplican hoy las concentraciones populares– para luego caer en la versión de Sejean de que San Martín fue sobornado en Londres en 1811, y no le interesaba la unión latinoamericana –justamente hoy cuando avanzamos hacia ella con la Unasur y otras expresiones de la Patria Grande–.

Advierto en el artículo de Feinmann algunos otros errores. Por ejemplo, sostener que los terratenientes deseaban exportar trigo en 1810, cuando ello sólo empezó a manifestarse siete décadas después, desacierto que proviene seguramente de las urgencias periodísticas. Pero no puedo dejar de criticar el final donde afirma: “Acaso en Guayaquil –si Bolívar le confió sus sueños sobre la gran nación bolivariana– le dijo no, lo que yo vine a hacer a este continente ya está hecho. Y se fue”. Con esta suposición sugiere (previamente señala dos veces que vino en una fragata inglesa) que San Martín, al igual que los revolucionarios de Mayo, es también responsable del pacto semicolonial, dando aliento así a la tesis de Sejean de que San Martín era un agente inglés. En este aspecto existen proclamas, cartas y en especial el tratado “Pacto de unión, liga y confederación perpetua”, firmado el 6/7/1822, entre Monteagudo, en representación de San Martín, y Mosquera, en representación de Bolívar, por una “asociación para formar una nación de repúblicas”. Este tratado aparece en los textos como entre Perú y Colombia, pero Perú incluía el territorio que luego fue Bolivia y tenía el apoyo de Chile (O’Higgins) y Colombia se integraba con Venezuela, Ecuador, Colombia y Panamá, que formaba parte de esta última, y en él se comprometen los firmantes a “interponer buenos oficios con los gobiernos de los demás estados de la América antes española para entrar en este pacto”. Por supuesto, el probritánico Rivadavia no apoya esta política. 51

2 comentarios:

mario burgos dijo...

Envío artículo publicado el 9 de abril de 2010 en http://labusquedaylavida.blogspot.com/2010/04/aun-negados-los-pueblos-construyen.html )
parte 1- Reconozco en JP Feinmann a un provocador en el mejor sentido de la palabra.
Voy sus textos esperando una sorpresa, siempre tendré que pensarlos más de una vez, rumiarlos, ubicarme en un punto de vista excéntrico, ya sea que termine concordando o no con lo que ofrece.
Cosa rara en estos tiempos, Feinmann despliega argumentos que facilitan el análisis del lector, da pistas para la aceptación o para el rechazo.
Es el caso del artículo que publica este domingo 18 de abril en Página 12. Desde el título (“Cómo se conquistó el pacto neocolonial”) hasta la triple misión que le asigna a San Martín (“echar a los godos, derrotar el atraso, abrir las puerta a la modernidad occidental) todo confluye a la caracterización de 1810 y el resto de los levantamientos americanos. Habrían sido una revolución entre comillas, sin pueblo, con revolucionarios instalados en espejismos vanguardistas en su orfandad de burguesía revolucionaria y con un destino final y manifiesto: el establecimiento de un nuevo pacto colonial, ahora con los ingleses. .
El pensamiento de Feinmann se abre y se proyecta y ya puede enlazar el jacobinismo de Moreno con el vanguardismo de Lenín y el sustituismo de Montoneros sin solución de continuidad.
Resalto de inicio una confusión que es propia no sólo de Mariguela o de Milcíades, sino del stalinismo que caracterizara a los PCs latinoamericanos, la idea de que una burguesía revolucionaria sería una burguesía más progre, más predispuesta a cambios que la que se fue apropiando de toda Latinoamérica en estos más de 200 años.
En esta concepción y teniendo en cuenta cómo la burguesía francesa le abrió las puertas a la invasión alemana para que derrote a la Comuna de París, se concluiría que en Francia nunca se habria producido la revolución burguesa ni establecido una burguesía real.
Pero no es así. La misión de la burguesía, para Marx, ha sido separar el capital de los medios de producción y la fuerza de trabajo e instalar una forma de relación entre los hombres basada en su propiedad sobre estos factores de la producción. El reloj de la burguesía siempre ha sido la maximización de la ganancia no el desarrollo humano, así que las recetas revolucionarias fueron múltiples sea por la vía del industrialismo militar en el imperio japonés, o por la vía combinada del exterminio originario, el esclavismo, la expansión permanente de la propiedad agrícola y el desarrollo industrial como en EEUU, o transformando terratenientes feudales en monopolios industriales como en Alemania o contrabandeando, exterminando toda forma de vida autosubsistente y sacándole a la tierra lo que daba casi sin más esfuerzo como en el Río de la Plata.

mario burgos dijo...

http://labusquedaylavida.blogspot.com/2010/04/aun-negados-los-pueblos-construyen.html
Parte 2 : Dejando de lado estas consideraciones, el análisis de Feinmann, que seguramente en nuestra síntesis empobrecemos, tiene su lógica. Pero justamente por su lógica se destaca una ausencia: ¿dónde está el pueblo?
Una digresión: en infinidad de textos, pero tal vez nunca tan claro y preciso como en la “Introducción a la Crítica…”, Marx nos propone un punto de partida para la construcción de la historia: lo reconozcamos o no siempre se construye desde el hoy hacia atrás. Es en el hoy donde se han desplegado todas las fuerzas, contradicciones sectores sociales que estaban en distintos momentos de desarrollo en el pasado, Y es desde la identificación actual con alguno de estos sectores que vamos al pasado, a buscar los fundamentos de nuestra verdad y nuestra propuesta política, porque para eso las intelectualidades de diferentes épocas despliegan el discurso historicista, para construir la verdad de una nueva propuesta de sociedad, sea la capitalista, la socialista o lo que fuera.
Volviendo entonces al texto de Feinmann, me acerco a 1810 desde mi identificación con un pueblo siempre dispuesto al sacrificio a la hora de pelear, siempre postergado a la hora de las realizaciones y reconocimientos ¿quién echó a los ingleses en 1806 y 1807? ¿quién alimentó con jóvenes, materiales y sacrificios los ejércitos liberadores? ¿a quíén le hablaba el Bando de San Martín cuando proponía andar – si fuera necesario- “en pelotas como nuestros hermanos los indios”?. Si el aporte monetario de un contrabandista porteño se explicaba por su necesidad de comerciar con los ingleses ¿de qué se alimentó el espíritu del pueblo jujeño cuando realizó el éxodo a costa de despegarse y arrasar su territorio? ¿Cómo explicar a Güemes, el Chacho? ¿Cómo explicar que los diferentes conglomerados que convivieron como pueblo a lo largo de estos 200 años hayan mantenido su rechazo a lo inglés desde 1806 a la fecha, ya fuera que se encolumnaran con Liniers, con Dorrego, Irigoyen, Perón y/o la JP?
No es inocente que termine en la JP. Es que, sin poner en discusión una coma de los cuestionamientos de Feinmann a Montoneros en su artículo, el periplo Moreno, Lenin, Firmenich (¡ay!) que nos propone, tranquilamente podría extenderse hasta la fecha. Digo, preguntarnos en nombre de quién, en qué actor social se basan las transformaciones que hoy está realizando el gobierno kirchnerista, cuando estas no se corresponden con un grado de movilización social al menos equivalente a la magnitud de los cambios.
No hay forma, entiendo, de describir de manera unívoca las transformaciones que viviera nuestra patria desde 1810. Siempre hubo sectores del pueblo que quisieron ir más lejos, siempre hubo quienes quisieron ser sus voceros, siempre hubo sectores de clase que se apropiaron del esfuerzo. Y en el medio los genocidios a los originarios (el conquistador y el de Roca y los latifundistas) el genocidio combinado que resultó la llamada guerra del Paraguay, el de la última dictadura incluyendo Malvinas. La voz de Martín Fierro no fue la de Sarmiento, Belgrano o San Martín no fueron Alvear o Lavalle, ni el quehacer de Dorrego fue el Roxas y Patrón, ni Coocke, Blajaquis, Scalabrini o Walsh hablaban el país de López Rega o Sánchez Sorondo.
Tarde o temprano el pueblo, el pueblo indio y gaucho, inmigrante proletario, cabecita negra, los nuevos trabajadores, sus hijos, la cultura radical, la anarquista, marxista, peronista, setentista, cada conglomerado en su época, apoyado en la leyenda y en las voces amigas, cada vez que se levantó de su derrota retomó el camino de 1810 porque creyó que esa vez también “el pueblo quiso saber de qué se trata” y ejerció su derecho.

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