La política como “no lugar".

Por Eric Calcagno*, Alfredo Eric Calcagno** *Diputado Nacional (FpV), **Doctor en Ciencias Políticas El antropólogo francés Marc Augé analiza los “no lugares”. Llama así a los sitios inodoros, incoloros e insípidos, en donde existe un espacio indeterminado, en el cual todo está establecido, sin personalidad, sin historia ni destino, que deja indiferentes a quienes los atraviesan. Son los supermercados, los aeropuertos, los centros comerciales, las estaciones de servicio para automóviles, las autopistas, las cadenas de hoteles clonados, los bancos. Todos ellos son “no lugares”, en los cuales la identidad de quienes lo recorren se diluye en un ambiente anodino e indefinido, que no sugiere nada, donde la sensación que predomina es la soledad y el desamparo. Estos “no lugares” arquitectónicos se están extendiendo a otros ámbitos. Ahora, ciertos sectores políticos están en vías de convertirse en un “no lugar”, en un inmenso supermercado al cual se accede por televisión, en donde los medios oligopólicos de comunicación y las agencias de publicidad determinan la agenda, fijan las posiciones y presentan a ejecutores clonados, que obran como los productos que están en las estanterías de los supermercados. Algunos spots publicitarios de los candidatos se parecen cada vez más a los de una gaseosa o un teléfono celular. En la Argentina, los sectores de la oposición ya han desarrollado este estilo. Así, para diversificar la oferta y abarcar más clientes, se dividen en las diferentes fracciones que rechazan de plano en conjunto todo lo realizado por el Gobierno: es el arco opositor, que otrora se nucleó en el Grupo A. Esta acción política surge de un cuadro coherente. Se parte de una primera actitud existencial: “El hombre es un ser en distensión permanente entre los requerimientos de sus pasiones egoístas y los imperativos de la conciencia que le señalan el bien que debe perseguir con su obrar social” (Arturo Sampay). Pues bien, esta nueva generación de “no políticos” en busca del poder y los negocios, está guiada por sus pasiones egoístas. No les importa su carencia total de ideas para gobernar, porque después vienen las corporaciones, que ponen en el gobierno a sus gerentes. Ahora su tarea es conseguir votos, para lo cual aplican un marketing de última generación. Ya lo dijo uno de los líderes de esa oposición: “Queremos que se vaya la Presidenta. No importa quien venga después”. Este programa político y la formación de una nueva generación de gerentes que lo aplica, no es exclusiva de la Argentina. Es la reciente expresión de una estructura oligárquica de poder, que quiere ser vista de otra manera. Es pura escenografía; no hay comedia ni tragedia. Se formatean así flamantes cabecillas, que suelen estar vacíos de sustancia a la vez que rebosantes de formas. El impulsor de este tipo de líderes es el Partido Popular de España (el de Aznar), que empuja y da asistencia a partidos políticos afines. Hasta ahora, entre sus mejores alumnos figura el PRO. Ahora irrumpe el Frente Renovador con una estructura y orientación análogas. Su principal consigna pública es “limitar a la Presidenta”. Su propósito fundamental es tomar el gobierno. Para eso, lo indispensable es impedir la continuidad del gobierno kirchnerista. Como saben que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner arrasaría en una elección, entonces deben impedir a como dé lugar, que pueda presentarse como candidata; de allí que el eje de su acción sea el repudio total a una reforma constitucional. En lugar de teoría política, manuales de autoayuda. Este nuevo sesgo político tiene consecuencias teóricas y prácticas. Como carecen de líneas políticas conductoras, repiten obviedades que no comprometen a nada. El principal eslogan promete continuar haciendo lo que está bien y corregir lo que está mal; esta afirmación es válida tanto para el programa de ventas de un comerciante o para el propósito de un entrenador de fútbol; o mejor aún, es la oferta ideal de alguien que no se quiere comprometer y quedar bien con todos. El problema de este planteo es que no se define en qué consisten el bien y el mal y, si se los determina, cómo se los obtendrá o corregirá. Es que ignoran toda la ciencia política. No existen Platón, Aristóteles, el derecho romano, Santo Tomás, Maquiavelo, Rousseau, la Revolución Francesa, Hegel, Marx, Foucault; y en nuestro caso, Belgrano y Moreno, Alberdi y Sampay; Yrigoyen y Perón. Su discurso teórico consiste en una adaptación ligth de los manuales de autoayuda, matizados con anécdotas (que suele ser el mayor nivel de abstracción que alcanzan). Pero no sólo está ausente el marco teórico; tampoco existen propuestas concretas sobre ningún tema importante, aunque estén descolgadas de todo contexto global. Afirman que hay que evitar de todas maneras los conflictos y conseguir el consenso. Es un enfoque voluntarista y psicológico, según el cual la solución de los problemas depende del diálogo y de los buenos modales. En realidad, es un método que sirve para discutir las formas y no el fondo de los problemas. La verdad es que la armonía se termina y el conflicto surge cuando se tocan intereses o problemas de fondo; entonces “se pudre todo”. Nunca podrá haber consenso si unos quieren absolver y otros juzgar a quienes cometieron crímenes de lesa humanidad; tampoco si un grupo pretende mantener los medios de comunicación oligopólicos, y otro lucha para democratizarlos; ni cuando debe optarse por preservar la ganancia empresaria o cobrar impuestos; o si hay que elegir si los salarios se fijan por convenios colectivos o por la voluntad empresaria; o decidir si los aportes jubilatorios pertenecen a las AFJP o al Estado; o establecer que la política económica favorezca al sector productivo y no al financiero; o aplicar o ignorar las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional; o firmar o rechazar tratados de libre comercio con Estados Unidos. Gobernar consiste en decidir sobre actos concretos de gobierno, que van a repercutir de modo directo sobre la distribución del poder, del ingreso, de la palabra y del conocimiento; no en glosar libros de autoayuda sobre la felicidad universal o en enunciar generalidades obvias. En estos 10 años se sancionaron actos de gobierno importantes, que no están aislados, sino que integran un Proyecto Nacional coherente. Forman parte de la construcción de un país diferente, con importantes transferencias de poder y de ingresos, por lo que es lógico que existan fuertes disidencias. En casi todos los casos, hay que optar. Entonces se pinchan los globos amarillos que consagran el amor universal. Hasta ahora, estos “no políticos” dedicados al poder y a los negocios, no formularon ninguna definición sobre programas de gobierno. Sólo enunciaron problemas, como la droga, la inseguridad y la inflación, sin la menor indicación de cómo solucionarlos. Sin embargo fueron innovadores en cuanto a las formas: algunos candidatos se comprometieron ante un escribano público a no favorecer la reforma de la Constitución. Sin saberlo, hicieron un aporte importante a los libros de autoayuda en los que se inspiran. Amigas y amigos, ya saben lo que tienen que hacer cuando su compañero o compañera duden de su conducta de pareja: sólo tienen que ir a una escribanía para jurar su fidelidad. En síntesis, habrá que ver si la sociedad argentina desea que se conserven las reformas implantadas desde 2003 –y se agreguen muchas otras que faltan–, o prefiere que gobiernen quienes quieren revertirlas. Ojalá se den cuenta de que no se trata de buenos modales, sino del proyecto de país presente y futuro, y de lo que puede sucederle a cada uno como persona y a la sociedad en su conjunto si le quitan las conquistas obtenidas. El poskirchnerismo definido por los medios hegemónicos y propalado por los referentes opositores es un “no lugar” político: en la realidad, representan el prekirchnerismo.

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