La grieta bajo el manto de la unidad

 En  el corazón del peronismo bonaerense, una pulseada estratégica entre Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner (CFK) está re definiendo los límites del peronismo.

Antonio Muñiz


Lo que apareció como un desacuerdo técnico sobre el calendario electoral —las PASO y el desdoblamiento de comicios— se ha convertido en un conflicto de alcance existencial para la coalición peronista. La tensión, que ya dejó su primera cicatriz en la fallida sesión legislativa del 14 de marzo, expone no solo diferencias tácticas, sino una lucha por el control del futuro político de la provincia más poblada de Argentina.

Raíces del conflicto: injerencias, listas y ambiciones presidenciales

Sin embargo la grieta entre Axel Kicillof y el kirchnerismo no nació con el debate por las PASO y el posible desdoblamiento eleccionario en la provincia de Buenos Aires.

Sus raíces se hunden en una serie de fricciones históricas que incluyen injerencias en el gabinete bonaerense, monopolio en la confección de listas y una puja por el poder.

El primer quiebre significativo ocurrió cuando Máximo Kirchner, presidente del PJ provincial y operador oficial de CFK, impulsó en 2021 la incorporación de figuras ligadas a La Cámpora al gobierno de Kicillof. La llegada de Martín Insaurralde como jefe de Gabinete y de otros dirigentes de confianza de Cristina a un rol protagónico en áreas sensibles, fue interpretada por el círculo íntimo del gobernador como una intervención a su administración.

Esta acción  agudizó el malestar que se había generado  durante las elecciones legislativas de ese mismo año, cuando La Cámpora consolidó su control sobre las listas de candidatos, marginando a intendentes y dirigentes alineados con Kicillof.

«Fue un golpe bajo —admite un jefe comunal del conurbano—. Nosotros trabajamos en el territorio, pero las candidaturas las decidían desde una oficina en Capital». Este monopolio generó resentimientos que aún persisten, alimentando la percepción de que el peronismo bonaerense intenta operar como un feudo de CFK, incluso bajo la gestión de Kicillof.

El punto de mayor quiebre  llegó en 2023, cuando Máximo Kirchner presionó a Kicillof para que abandonara la gobernación y encabezara la fórmula presidencial de Unión por la patria.

Kicillof no solo rechazó la oferta y persistió en continuar al frente de de la gobernación, en ese momento también tuvo que defender con firmeza a su vicegobernadora, Verónica Magario —referente del peronismo matancero — como su compañera de fórmula ante la embestida del camporismo por ocupar ese espacio con alguien de sus filas.

La negativa selló dos certezas: Kicillof priorizaba consolidar su autonomía en Buenos Aires antes que someterse a  pretensiones hegemónicas de La Cámpora.

«Axel entendió que si cedía en Magario, perdía el control de su propio espacio —analizaba un senador oficialista—. Fue un mensaje claro: no es un empleado de Cristina».

El conflicto entre Kicillof y el núcleo duro kirchnerista adquirió dimensión nacional durante el proceso de elección interna del PJ. La pulseada comenzó cuando el gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela postuló su precandidatura a presidir el Partido Justicialista nacional. Su movimiento fue interpretado como una avanzada que limitaba el liderazgo dentro del peronismo de CFK. Según fuentes cercanas a La Cámpora esta movida, contó con el respaldo tácito de varios gobernadores, incluido Kicillof.

La reacción kirchnerista no se hizo esperar: impulsaron un «operativo clamor», una estrategia para forzar la candidatura de Cristina Fernández como símbolo de unidad, pese a sus reiteradas negativas públicas. La presión incluyó movilizaciones callejeras, solicitadas en medios y un discurso coordinado de sindicatos y organizaciones sociales leales. Sin embargo, el gesto no fue bien recibido en todas las provincias. Kicillof, aunque finalmente respaldó a CFK, lo hizo con una frialdad que no pasó desapercibida. «Fue un apoyo técnico, sin fervor. No hubo actos masivos ni despliegue territorial como esperábamos», admitió un diputado nacional kirchnerista.

Para La Cámpora, la actitud de Kicillof rayó en la «traición». «Si no bancás a Cristina en la adversidad, no sos peronista», disparó un referente juvenil en redes sociales, en medio de una seguidilla de críticas públicas de intendentes camporistas  hacia el gobernador. El malestar se extendió a otros gobernadores, pero fue en Buenos Aires donde la tensión se volvió personal: Verónica Magario, leal a Kicillof, calificó el operativo de «verticalismo anacrónico», mientras que jefes comunales kirchneristas acusaron al gobierno bonaerense de «fomentar la división».

Por su parte, los intendentes kicillofistas responden con datos y gestión: destacan la inversión en obras y acusan a los camporistas de «elitistas». «Nosotros estamos en los barrios, ellos en las bancas del Congreso», ironizó un dirigente del conurbano. Esta guerra de narrativas, lejos de apaciguarse, refleja que la grieta ya no es solo entre Axel y Cristina, sino entre dos modelos de peronismo en pugna: uno que prioriza los liderazgos y la  gestión territorial y otro que se aferra a la épica militante.

Un debut con sabor a desafío

El Movimiento Derecho al Futuro (MDF), espacio creado por Kicillof para consolidar su autonomía dentro del espacio panperonista, protagonizó su bautismo de fuego en la Legislatura. Con un proyecto propio para suspender las PASO —presentado horas antes de la sesión solicitada por La Libertad Avanza—, el bloque kicillofista envió un mensaje claro: la gobernación ya no delega su destino en las directivas de CFK. Aunque el intento quedó en un impasse, la jugada reveló la voluntad de Kicillof de tensar la cuerda sin romperla.

Fuentes legislativas admiten que el gesto fue interpretado como una «declaración de independencia» por el kirchnerismo duro. «Axel está endureciendo su posición, pero evita el quiebre explícito», confió un diputado kirchnerista bajo reserva. El cálculo del gobernador parece claro: ganar margen de maniobra para las elecciones próximas sin cerrar las puertas a una alianza nacional de cara a 2027.

 Diálogos en la sombra.

Sin embargo los tiempos electorales se acortan y son momentos de definiciones concretas. La posible alianza electoral en la provincia de Buenos Aires entre el PRO y la LLA consolidaría un frente electoral de centro derecha que podría estar cercano al 40 por ciento de votos. Una cifra que podría poner en peligro el liderazgo peronista  en la provincia.  
Así tras meses de roces y chicanas comenzaron las reuniones, articuladas por dirigentes que se posicionaron como mediadores, entre otros Gabriel Katopodis, Mariel Fernández y sobre todo Sergio Massa,  para llegar a un acuerdo o por lo menos a una estrategia unificada para enfrentar con éxito el proceso electoral.

Según testigos hubo una ultima reunión entre Axel y Máximo donde trataron de lograr algunos acuerdos, pero sin éxito. Hoy por hoy  la brecha no es ideológica, sino táctica y estratégica, mientras CFK insiste en elecciones concurrentes el mismo día, Kicillof apuesta al desdoblamiento de fechas argumentando problemas técnicos.

El ministro de Gobierno bonaerense, Carlos Bianco, resume la postura oficial: «Coexistir con el sistema nacional es inviable técnicamente». Sin embargo, analistas consultados advierten que tras el argumento logístico subyace una estrategia de separar las dos elecciones y lograr independencia en el armado de listas seccionales y municipales, sin la injerencia de los operadores de CFK.

Riesgos y cálculos

Kicillof necesita desvincular su elección de la polarización nacional para capitalizar su buena  imagen de gestión. A su vez muchos intendente quieren aprovechar también su liderazgo territorial, sin el contrapeso de una elección nacionalizada que podría restarles apoyos.

CFK, en cambio, prioriza un frente unido que evite la dispersión de votos en un año crucial. Un resultado adverso podría poner en riesgo su actual centralidad. Un temor que en el Instituto Patria comentan en voz baja, es que no confían en el apoyo real y concreto de los lideres locales,  estos podrían desentenderse de la campaña nacional, si no esta en juego el poder en su comuna.

Por otro lado el riesgo para el gobernador es doble: si cede, debilita su autonomía recién ganada; si avanza unilateralmente, quema puentes para 2027.

«Juega al filo del abismo —analiza el politólogo Marcos Novaro—. Su fortaleza actual depende de no convertirse en otro Scioli, pero sabe que sin el aparato kirchnerista, su proyección nacional se limita».

¿Y  la militancia donde esta?

Axel esta sufriendo una fuerte presión de parte de los intendentes y de la militancia que lo acompaña para que desdoble la fecha electoral y asuma una posición de mayor fuerza para la negociación que se viene.

«En 2021 y 2023 nos obligaron a apretar los dientes y bancar candidatos impuestos —recuerda un dirigente de La Plata—. Hoy muchos intendentes apoyan a Axel porque les prometió que esta vez no repetiríamos esa humillación». Sin embargo, la posible suspensión de las PASO y la presión por listas unitarias reavivan el fantasma de la exclusión.

«Nos prometieron competir, ahora hablan de ‘priorizar 2027’. Es una trampa», protestó un referente de La Plata. Sin PASO ni colectoras, el repuesto de candidaturas podría concentrarse en manos de CFK y Massa, relegando a los leales al gobernador».

Otro dato que surge de las encuestas y del análisis de las redes sociales, la militancia silvestre y los sectores populares están pidiendo una acuerdo de unidad para enfrentar la gobierno nacional.

Un juego de ajedrez.

El gobernador apuesta a construir un liderazgo que, sin romper con CFK, le permita negociar de igual a igual y consolidar su posición de cara al 2027.

Máximo, en cambio, insiste en una lealtad sin fisuras. Un verticalismo duro, que por supuesto beneficia a el y a su espacio.

«Axel aprendió de los errores de Scioli —reflexiona un histórico del PJ—. Sabe que sin provincia no hay nación, y sin autonomía, no hay provincia».

En este ajedrez tan complejo, «el verdadero triunfo —para ambos bandos— podría ser simplemente hacer tablas, por lo menos por el momento» reflexionaba un reconocido dirigente bonaerense.

Los próximos días dirán si estos conflictos terminan con una ruptura o en un acuerdo de conveniencia mutua. Pero una cosa es clara, la tensión entre Kicillof y el kirchnerismo trasciende lo electoral: es una batalla por redefinir las reglas de construcción del peronismo futuro.

Antonio Muñiz

«El Tango del Poder: Cristina, Kicillof y la Batalla por el Peronismo Bonaerense»

En un tablero donde cada movimiento es un guiño al pasado y una apuesta al futuro, la pulseada por las elecciones en la Provincia desnuda heridas abiertas y ambiciones que podrían redefinir la geografía política argentina.


Una jugada sorpresiva en la medianoche legislativa

En los pasillos de la Legislatura bonaerense, donde el mármol guarda ecos de pactos y traiciones, una iniciativa presentada el miércoles por la senadora kirchnerista Teresa García desató un terremoto. El proyecto, respaldado por Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa, busca atar las elecciones provinciales a las nacionales, evitando que Axel Kicillof —el gobernador que alguna vez fue su delfín— desdoble los comicios. La propuesta, envuelta en retórica constitucional, es un jaque  político: o el mandatario acepta la concurrentividad o enfrenta una batalla legal que podría fracturar al peronismo.

Desde La Plata, un asesor cercano a Kicillof resume el malestar: «Es como bailar un tango con alguien que pisa fuerte para quebrarte el ritmo. Presentaron esto sin avisar, rompiendo la mesa de negociación. Ahora, o cedemos o la grieta será interna».

El desdoblamiento: más que fechas, un símbolo de autonomía

El núcleo del conflicto no son meramente las fechas electorales, sino quién dirige la orquesta peronista. Kicillof, con un ojo en su futuro presidencial, insiste en separar las elecciones provinciales de las nacionales. Su cálculo es claro: un triunfo en solitario le daría oxígeno para despegarse de la sombra de Cristina y construir una marca propia. Pero la expresidenta, que hoy preside el PJ Nacional, ve en esa estrategia un intento de relegarla. «Ella no va a permitir que la borren del mapa —advierte un histórico dirigente del conurbano—. Si Kicillof desdobla, Cristina podría no candidatearse, pero le pasará la posta a Massa. Y ahí, el peronismo se partirá en dos».

El fantasma de la fractura ronda. Si las PASO se suspenden y las elecciones son concurrentes, las listas se negocian en una mesa única; si no, cada sector medirá fuerzas en las urnas. «Es una pulseada por el control de los intendentes —explica una fuente del Frente Renovador—. Con votos unificados, los lideres locales arrastran la boleta de Cristina y Massa. Si se desdobla, Kicillof podría capitalizar su propia red».

La Constitución como arma arrojadiza

El proyecto kirchnerista, que invoca la «unidad nacional», ha sido tachado de inconstitucional por los aliados de Kicillof. La Carta Magna provincial otorga al gobernador la potestad de convocar a elecciones, un detalle que los juristas del oficialismo esgrimen con furia. «Es una extorsión legislativa —denuncia un diputado oficialista—. Usan mayorías circunstanciales para torcerle el brazo a quien debería liderar la Provincia».

Pero el kirchnerismo contraataca: «Si Kicillof quería suspender las PASO, ¿por qué no aseguró el quórum la semana pasada? —se pregunta un senador cercano a Cristina—. Los libertarios pidieron la sesión, pero La Cámpora y Massa faltaron. Ahora culpan a otros de su propia desorganización».

Massa, el equilibrista en la cuerda floja

En este ajedrez, Sergio Massa emerge como un actor bisagra. Su alineación con Cristina —al menos en esta pulseada— no es casual. El exministro, que sueña con recomponer su imagen tras la crisis económica, necesita del aparato kirchnerista para mantener influencia. Pero también sabe que, si el peronismo se parte, él podría ser el puente entre dos aguas. «Massa juega a no quemar naves —analiza un intendente del Frente Renovador—. Apoya a Cristina hoy, pero mañana podría negociar con Kicillof si la balanza se inclina».

 

El riesgo de un final sin abrazo.

La tensión recuerda a los viejos cismas del peronismo. Pero esta vez, el escenario es más volátil. Si no hay acuerdo, la Provincia podría ver dos elecciones: una en agosto, con candidatos alineados a Kicillof, y otra en octubre, con listas leales a Cristina y Massa. «Sería un caos —admite un senador opositor—. Pero para algunos, el caos es un negocio: en la fragmentación, surgen nuevos liderazgos».

Mientras, en los márgenes, La Libertad Avanza y la oposición no peronista observan con una sonrisa. El desgaste interno del peronismo es, para ellos, una brisa a favor.

¿El último tango de Cristina?

Cristina Fernández, a sus 71 años, no da señales de retirarse. Su movimiento en la Legislatura es un mensaje: aún dicta la partitura. Pero Kicillof, de 53, representa una generación que ansía su turno.

En este duelo, la Provincia de Buenos Aires —el distrito que decide presidentes— se convierte en el campo de batalla donde no solo se definen candidaturas, sino el alma de un movimiento que, en su agonía y reinvención, sigue marcando el pulso de Argentina.

Como en el mejor tango de Piazzolla, la melodía es dramática, impredecible. Y en este caso, no hay final escrito.

NR

El legado de Perón: el Modelo Argentino como brújula civilizatoria.

 En un mundo fracturado por la crisis terminal del proyecto postmoderno -donde convergen el colapso ecológico, la implosión de la globalización neoliberal,  la disolución de los pactos sociales y el fin de los relatos totalizadores- el pensamiento de Juan Domingo Perón emerge como un horizonte de inteligibilidad política para repensar la argentinidad en clave soberana.


Su «Modelo Argentino para el Proyecto Nacional» (1974), lejos de ser un mero documento programático, constituye una ontología política que interpela los fundamentos mismos de la construcción nacional en el siglo XXI. En esta era de un capitalismo senil y neofascismos emergentes, la relectura de Perón trasciende el debate historiográfico para convertirse en un ejercicio de imaginación geopolítica.

Genealogía de un proyecto civilizatorio: los tres ejes de la razón peronista

El modelo peronista articula una tríada conceptual que subvierte los paradigmas dominantes de la modernidad occidental:

  1. Justicia social como praxis decolonial: Contrario al liberalismo igualitarista, Perón concibe la justicia no como mera redistribución sino como revolución de las subjetividades. Al sintetizar el pensamiento cristiano con un socialismo nacional y popular, propone una refundación del contrato social desde los cuerpos sufrientes de la Patria. Su teoría del salario vital (1947) y la propiedad social (Art. 38-40 de la Constitución de 1949) anticipan las críticas al capitalismo rentístico que hoy articulan teóricos como Thomas Piketty.
  2. Soberanía económica como epistemología del Sur: La doctrina de la Tercera Posición (1949) no fue simple neutralidad geopolítica, sino un proyecto de desacople cognitivo de la racionalidad centro-periferia. Al nacionalizar los resortes estratégicos (ferrocarriles, comercio exterior, energía), Perón ejecutó lo que Samir Amin denominaría «desconexión creativa» -estrategia que hoy resurge en los debates sobre transiciones ecosociales y neoproteccionismo inteligente.
  3. Poder popular organizado como eje de gobierno: El Movimiento Nacional Peronista diseñó una ingeniería institucional única que hibridó democracia representativa con democracia  social y participativa, una democracia de masas (Congreso de la Productividad, 1954). Esta «democracia de alta intensidad» (Boaventura de Sousa Santos) prefigura los actuales experimentos de democracia participativa en América Latina.

Peronismo en el fin de la globalización: actualización política y doctrinaria de un proyecto nacional

La actual dependencia cuasi-colonial del FMI y la crisis económica y social exigen repensar el modelo desde cuatro tensiones contemporáneas:

a) Neoextractivismo vs. Bio-soberanía:

Una economía basada en la extracción  de commoditys, la explotación de granos, minerales  y energía,  plantea el interrogante  ¿Cómo detener la lógica destructiva del capital extractivista sin renunciar al desarrollo? La respuesta podría estar en la actualización del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio) como ente  captador del excedente de la renta, garantizando que los bienes comunes financien la transición a una economía mas integrada, con una base verde y un uso racional de los recursos y la  energía.

b) Cuarta Revolución Industrial vs. Productivismo nacional:

Frente a la desmaterialización digital de la economía, el modelo necesita incorporar lo que Maristella Svampa llama «giro ontológico territorial»: reconvertir el complejo industrial – científico-tecnológico en clave de soberanía tecnológica (desarrollo de satélites, nuclear civil, biotecnología), evitando caer en el fetichismo del crecimiento infinito.

c) Crisis de hegemonía vs. Nueva comunidad organizada:

El 52% de pobreza no es solo fracaso distributivo, sino síntoma del colapso del ethos comunitario. Recuperar el concepto de «comunidad organizada» implica reconstruir lo que Axel Honneth denomina «gramáticas del reconocimiento»: sistema de cuidados comunitarios, economía popular articulada al Estado, y pedagogías de la memoria colectiva.

d) Geopolítica del caos vs. Integración estratégica:

La actual guerra por la hegemonía global exige actualizar el concepto de unidad  latinoamericana, ampliar y profundizar organismo como el Mercosur y la Unasur, transformándolo en plataforma para un nuevo Bretton Woods del Sur. La creación de una moneda común (inspirada en el ECU suramericano de 2008) y un banco de desarrollo con capacidad crediticia soberana podría ser el primer paso.

Hacia una razón utópica peronista: principios para un nuevo contrato histórico

  1. Ecoperonismo: Articular justicia social y transición ecológica mediante un Plan Marshall Nacional que combine obras de adaptación climática con industrialización verde, financiado con impuestos a la renta financiera y canje de deuda por clima.
  2. Tecnoperonismo: Creación de un polo estatal de tecnologías estratégicas (inteligencia artificial soberana, farmacéutica pública, energía nuclear de cuarta generación) bajo gestión tripartita (Estado, universidades, empresas y cooperativas).
  3. Cultura nacional: Batalla cultural contra el nihilismo posmoderno a través de un nuevo Instituto Nacional de la Cultura Popular que recupere el legado de Fermín Chávez, Rodolfo Kusch, Marechal o Jauretche, y otros tantos tantos pensadores,  articulando tradición y vanguardia.

 El peronismo como filosofía de la praxis nacional

Más que doctrina, el Modelo Argentino es un método para pensar la argentinidad en estado de emergencia histórica. Su vigencia reside en su capacidad de metabolizar las contradicciones del presente: entre soberanía y globalización, entre justicia y productividad, entre memoria y futuro. Como señala Ernesto Laclau, el peronismo opera como «significante vacío» capaz de articular nuevas constelaciones de sentido en tiempos de crisis orgánica.

La pregunta crucial no es si aplicar recetas del ’74, sino cómo recrear ese espíritu constituyente en la era del colapso. Requiere volver a la raíz filosófica del peronismo: aquella que entendía que la única política posible es la que convierte el dolor del pueblo en proyecto histórico. En este siglo de incertidumbres, Argentina tiene ante sí el desafío de escribir, con letras peronistas, un nuevo capítulo de la epopeya de los pueblos del Sur.

ANTONIO MUÑIZ

Atrapados sin salida: entre el derrumbe global y la parálisis argentina

 Mientras el mundo reconfigura su economía y por ende el nuevo orden global , Argentina se hunde en un experimento ideológico anacrónico y destructivo. El gobierno de Milei muestra signos de agotamiento temprano, pero la oposición aún no logra construir una alternativa con vocación de poder. Urge repensar la política desde sus cimientos.

 


Vivimos un momento bisagra. La crisis no es solo económica ni local: es global, estructural y civilizatoria. Las potencias que promovieron la globalización hoy levantan muros, erosionan organismos multilaterales y recurren al proteccionismo estatal para defender sus industrias y su soberanía. Estados Unidos y Europa, en nombre de su seguridad, vuelven al nacionalismo económico. China profundiza su modelo de planificación estatal. El Sur Global intenta tejer nuevos lazos en los BRICS, buscando autonomía frente al viejo orden financiero internacional.

En ese contexto, Argentina aparece como un país desincronizado de su tiempo. Mientras el mundo repolitiza la economía, nosotros la despolitizamos. Mientras otros redescubren al Estado, nosotros lo demonizamos. Mientras se debate la transición energética, la inteligencia artificial o la multipolaridad, aquí se festejan los “superávits” obtenidos a costa de destruir salarios, empleo y tejido productivo.

Milei: un discurso mesiánico en crisis

Javier Milei llegó al poder como síntoma de la época: canalizó la rabia social, el hartazgo con la clase política y el deseo de castigo. No prometió bienestar, sino expiación. Su discurso se construyó sobre una teología del sacrificio: el dolor presente sería la puerta hacia un paraíso futuro, si se tenía la suficiente fe en el mercado.

Pero la realidad ya lo alcanzó. Su relato entra en crisis porque la fe no llena la heladera, ni paga el alquiler. La inflación no cede, el salario real se pulveriza, y el supuesto “rebote” solo existe en planillas del FMI. El pueblo argentino empieza a comprender que detrás de la motosierra no había un plan, sino una fantasía anarcocapitalista incompatible con cualquier forma de vida digna.

Más grave aún: el discurso mileísta necesita del enemigo para sostenerse, y los enemigos se acaban. Ya no basta con gritar “casta” o “zurdo”. La frustración acumulada empieza a volverse contra el propio gobierno. Los efectos de la terapia de shock son tan profundos que ni los grandes medios logran taparlos del todo.

Oposición: la parálisis de los partidos tradicionales

Ante este colapso del gobierno, la oposición debería tener el campo libre para emerger como alternativa. Pero no lo hace. No puede. No sabe cómo.

El peronismo, en lugar de reformular su vínculo con las masas, se encierra en disputas internas, nostalgias del pasado y gestos sin épica. Confunde la resistencia con la inercia. Y sobre todo, ha perdido su lenguaje: el que alguna vez supo hablarle al pueblo de justicia, trabajo, orgullo y destino común.

La UCR y lo que queda de Juntos por el Cambio oscilan entre el oportunismo y la confusión, atrapados en su apoyo vergonzante al modelo de ajuste que decían criticar.

Nadie parece dispuesto a imaginar un país que no esté escrito por el Excel del Fondo Monetario. La política ha renunciado a la imaginación y a la audacia.

La crisis es de representación

Lo que está en juego no es solo una administración fallida. Es el colapso del sistema de representación, de las formas tradicionales de la política para encarnar una voluntad colectiva. Milei es el emergente de ese derrumbe, pero también podría ser su sepulturero. Y si su fracaso no encuentra una alternativa que recupere la esperanza, lo que vendrá puede ser aún peor.

Porque cuando los pueblos pierden la fe en la política, no abrazan la apatía: abren la puerta al autoritarismo, al caos o al sálvese quien pueda.

¿Y ahora qué?

El desafío es urgente y profundo: reconstruir un proyecto nacional con sentido histórico, con músculo productivo, con inclusión real y con horizonte soberano. No es tarea para tecnócratas ni comunicadores: es una tarea política, cultural y ética. Y empieza por una decisión básica: volver a hablarle al pueblo argentino con verdad, con respeto, con audacia y con amor.

Salir de este laberinto no es tarea de iluminados ni de tecnócratas aislados. Requiere de una nueva generación política y social que se atreva a pensar un país fuera de los márgenes del ajuste y la dependencia.

Algunas claves para iniciar ese camino:

Repolitizar la economía: El desarrollo no es un resultado automático del mercado, sino una construcción colectiva que requiere planificación, crédito productivo, protección inteligente y protagonismo estatal.

Reconstruir el vínculo con el pueblo: La dirigencia debe salir de sus burbujas. Volver a caminar los barrios, las fábricas, las escuelas. Escuchar más de lo que se habla. Y volver a hablar con emoción, con símbolos, con relatos que enciendan la esperanza.

Reconstituir la comunidad nacional: La Argentina no saldrá adelante fragmentada. Hay que recrear un proyecto integrador donde la industria, el campo, la ciencia, el trabajo y la cultura sean parte de un mismo horizonte compartido.

Producir soberanía en todos los frentes: Energía, alimentos, tecnología, salud y defensa deben pensarse desde una lógica nacional, con cooperación internacional pero con control estratégico local. La soberanía no es un eslogan: es la base material de cualquier democracia real.

Formar cuadros con visión histórica: No alcanza con indignarse. Hay que formarse, leer, debatir, organizarse. Y construir una nueva dirigencia que no copie modelos fallidos, sino que se atreva a inventar futuro.

Porque el pueblo argentino no está derrotado. Solo necesita que alguien vuelva a hablarle en su idioma, que lo convoque no al sacrificio estéril, sino a una causa común por la que valga la pena vivir y luchar.

ANTONIO MUÑIZ