La ratificación del acuerdo reavivó una discusión de fondo sobre el lugar de la Argentina en el mundo. Mientras Europa protege a sus sectores sensibles con subsidios y salvaguardas, el Mercosur vuelve a exponerse a una apertura que puede reforzar, sobre todo en Argentina, la primarización, debilitar la industria y condicionar cualquier estrategia de desarrollo autónomo.
Por Antonio Muñiz
Un acuerdo que ya salió del terreno de las hipótesis
Durante años, el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea fue presentado como una promesa lejana, una negociación eterna o un gesto diplomático sin efectos inmediatos. Ese escenario cambió. El tratado fue firmado en enero, Argentina lo ratificó en el Congreso el 26 de febrero, Uruguay hizo lo propio el mismo día y Brasil completó su aprobación legislativa el 4 de marzo. Paraguay sigue siendo el único socio del Mercosur que todavía no terminó el trámite interno.
Pero el dato decisivo no es sólo que el acuerdo avanzó. Lo importante es que, al hacerlo, volvió a poner en primer plano una pregunta histórica para la Argentina: si la inserción internacional se piensa como estrategia de desarrollo o como simple apertura comercial. Porque una cosa es comerciar con el mundo y otra muy distinta es hacerlo desde una estructura productiva frágil, desarticulada y sin instrumentos de defensa.
Europa abre mercados, pero no se desprotege
La discusión suele plantearse en términos abstractos, como si libre comercio significara reglas iguales para todos. La realidad muestra otra cosa. La Unión Europea sostiene desde hace décadas una política agrícola común basada en subsidios, ayudas directas y mecanismos de contención para resguardar ingresos, producción y equilibrio territorial. Al mismo tiempo, mientras impulsa el acuerdo con el Mercosur, acaba de formalizar nuevas salvaguardas para actuar con rapidez si las importaciones agropecuarias sudamericanas afectan a sus productores.
Ahí aparece la contradicción central del discurso librecambista. Europa promueve la apertura, pero se reserva herramientas para amortiguar sus efectos internos. En otras palabras: ofrece mercado, pero no desarma su escudo. No abandona el proteccionismo; lo administra con sofisticación. Y lo hace en un momento en que las principales economías del mundo discuten soberanía industrial, subsidios verdes, seguridad alimentaria, reindustrialización y control de cadenas estratégicas.
La vieja asimetría sigue intacta
El punto más delicado del acuerdo no está en su retórica, sino en su arquitectura. La liberalización abarca más del 90% del comercio entre ambos bloques, pero eso no elimina la desigualdad de partida. Europa llega a esta apertura con financiamiento, escala, tecnología, políticas de Estado y una industria consolidada. El Mercosur, en cambio, llega con economías desiguales, Estados debilitados y sectores industriales que en países como la Argentina ya cargan con costos financieros, logísticos y fiscales muy superiores a los de sus competidores.
Desde esa perspectiva, el acuerdo no aparece como un intercambio equilibrado entre socios equivalentes, sino como una negociación entre estructuras productivas muy distintas. Europa busca ampliar el acceso para sus bienes industriales, sus servicios y sus empresas. El Mercosur, en especial la Argentina, apuesta a ganar mercados para exportaciones agroindustriales, alimentos y materias primas. Esa diferencia no es menor: define quién vende valor agregado y quién queda empujado a especializarse en eslabones de menor complejidad.
La patada a la escalera, en versión siglo XXI
La imagen que usó Friedrich List y retomó Ha-Joon Chang conserva una vigencia notable: los países desarrollados subieron con protección, subsidios, crédito y política industrial; una vez arriba, recomiendan a los demás que compitan sin esas herramientas. Esa es, en esencia, la “patada a la escalera”, evitar que los demás países sigan el camino del desarrollo industrial. En el fondo es la misma vieja teoría de la división internacional de trabajo, un centro desarrollado y una periferia que le abastezca las materias primas y a su vez abra sus mercados a esos productos industrializados.
Lo que vuelve más actual esa idea en 2026 es el contexto global. Estados Unidos endurece su política comercial, Europa protege su agro y sus cadenas estratégicas, China combina planificación, escala y política industrial, y el mundo se mueve hacia formas más explícitas de competencia entre bloques. En ese escenario, la apertura irrestricta ya no aparece como modernidad, sino como una anomalía para países que todavía no resolvieron su desarrollo.
¿Qué se pone en juego en la Argentina?
En el caso argentino, el problema no es el comercio con Europa en sí mismo. El problema es entrar a ese vínculo sin una estrategia nacional. Cuando no hay política industrial, tipo de cambio competitivo, crédito productivo, infraestructura, integración tecnológica y defensa inteligente del mercado interno, la apertura deja de ser una herramienta y pasa a ser un factor de desorganización.
Los rubros más expuestos son conocidos: automotriz, autopartista, metalmecánica, textil, química, alimentos elaborados y diversas economías regionales que compiten con manufacturas o productos europeos de mayor productividad. Incluso cuando el acuerdo prevé plazos largos y exclusiones para sectores sensibles, eso no disimula el dato de fondo: los propios negociadores reconocen que hay segmentos vulnerables que no pueden quedar librados a una apertura brusca.
La Argentina ya conoce ese recorrido. Cada vez que la apertura avanzó sin una política de desarrollo detrás, el resultado fue parecido: cierre de empresas, destrucción de capacidades locales, aumento de la dependencia importadora y reprimarización de las exportaciones. No se trata de una consigna ideológica; se trata de una secuencia histórica repetida. El punto es que ahora podría consolidarse bajo una cobertura institucional de largo plazo.
Milei, Europa y el relato de la modernización
El gobierno de Javier Milei exhibe la ratificación como señal de previsibilidad, confianza externa y normalización económica. En esa lectura, el acuerdo sería una prueba de que la Argentina “vuelve al mundo”. Pero esa narrativa omite una cuestión decisiva: volver al mundo no garantiza mejorar la posición en el mundo. Se puede regresar como plataforma exportadora sofisticada o como proveedor periférico de bienes primarios y mercado de consumo para manufacturas ajenas.
Europa, en cambio, parece tener bastante más claro qué busca. El acuerdo le permite ampliar influencia sobre Sudamérica, diversificar abastecimiento, disputar presencia frente a China y ganar un mercado ampliado para sus empresas en un contexto internacional más fragmentado. No es sólo un tratado comercial; es una herramienta geopolítica. Y precisamente por eso, evaluarlo sólo en términos de “más exportaciones” o “más inversiones” resulta insuficiente.
El debate pendiente
La discusión de fondo no es apertura sí o apertura no. La discusión es qué proyecto de país acompaña esa apertura. Sin una definición sobre matriz productiva, sectores estratégicos, densidad industrial, tecnología y empleo, cualquier acuerdo externo corre el riesgo de transformar una inserción internacional posible en una especialización subordinada.
Eso es lo que vuelve actual, otra vez, la crítica a la retórica librecambista. No porque el comercio internacional sea en sí mismo negativo, sino porque las reglas nunca son neutrales y las ventajas nunca están repartidas de antemano. Cuando un bloque como la Unión Europea defiende activamente a sus productores, protege su agro, cuida sus sectores sensibles y regula el impacto de la competencia externa, mientras al mismo tiempo impulsa que el Mercosur profundice su apertura, la asimetría deja de ser una sospecha y se convierte en evidencia.
Una pregunta que sigue abierta
El acuerdo Mercosur-UE ya no pertenece al terreno de las hipótesis ni al de la diplomacia declarativa. Está en marcha. Y su avance obliga a recuperar una discusión que en la Argentina nunca debió abandonarse: ¿Cuál es el vínculo entre comercio exterior, industria, empleo y soberanía?
Porque al final, detrás del lenguaje técnico, de las promesas de competitividad y de la propaganda de la apertura, la pregunta sigue siendo bastante simple: si los países centrales protegen lo suyo para desarrollarse, ¿Por qué los países periféricos deberían renunciar a hacer lo mismo?
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