El pensamiento de Gramsci en las nuevas derechas globales

El pensamiento de Antonio Gramsci, uno de los teóricos marxistas más influyentes del siglo XX, ha resurgido en las últimas décadas en un lugar inesperado: las nuevas derechas globales.

Antonio Muñiz





Movimientos como el trumpismo en Estados Unidos, el bolsonarismo en Brasil, y partidos como Vox en España o el Frente Nacional en Francia, han reinterpretado sus ideas, en particular el concepto de hegemonía cultural, para avanzar en su lucha política.

Gramsci sostenía que las clases dominantes no se mantienen solo mediante la fuerza, sino a través de la construcción de un consenso cultural y moral que las legitima. Esta hegemonía cultural debía ser disputada por las clases subalternas para generar un cambio revolucionario. Irónicamente, este concepto ha sido adoptado por las nuevas derechas, que, lejos de buscar una revolución socialista, lo han resignificado para enfrentarse a lo que consideran la hegemonía progresista.

Si tomamos como ejemplo a Agustín Laje, uno de los autores latinoamericanos más relevantes en el ámbito de la ultra derecha, este refleja esta influencia  de Gramsci en su obra. A pesar de posicionare en las antípodas del marxismo, Laje denuncia una “colonización cultural” por parte de la izquierda, particularmente en universidades y medios de comunicación. Utiliza un discurso que recuerda a la crítica gramsciana de la hegemonía, pero que en lugar de desafiar al capitalismo, busca restaurar valores tradicionales en respuesta al avance de ideologías feministas, de género y progresistas.

Este redescubrimiento del gramscianismo por las derechas globales va más allá de Laje. Figuras como Steve Bannon, estratega de la campaña de Donald Trump, también apelan a la necesidad de construir una contra hegemonía en los medios y espacios culturales, una estrategia que Gramsci planteaba para las fuerzas subalternas, pero que la derecha contemporánea usa para atacar lo que perciben como una élite progresista que controla el discurso público.

El concepto de guerra de posiciones de Gramsci, según el cual la lucha por el poder no debe ser frontal sino una acumulación progresiva de fuerzas en diversos frentes, ha sido igualmente interiorizado por las nuevas derechas. Estas han construido gradualmente su influencia en instituciones clave como los medios e comunicación, las redes sociales y las nuevas tecnologías, las iglesias y organizaciones no gubernamentales, adoptando tácticas gramscianas para disputar el terreno cultural.


Además, al igual que Gramsci veía la importancia de las identidades culturales y populares en la lucha contra la hegemonía capitalista, las nuevas derechas han explotado retóricas de identidad y tradición. Apelando a temores sobre la globalización, la inmigración, la pérdida de soberanía,  movilizan sectores amplios de la población, recurriendo a un relato que genera miedo hacia «el otro».

Si bien el uso del pensamiento gramsciano por las nuevas derechas puede parecer contradictorio, es un testimonio de la potencia de las ideas de Gramsci, pero también y sobre todo la flexibilidad de la nuevas derechas en captar esas ideas para ponerlas a su favor en  su cruzada de resetear cultural y políticamente la sociedad de acuerdo a su ideología y sobre todo sus intereses.

Las teorías sobre la hegemonía cultural sigue siendo una herramienta potente para comprender cómo se disputa el poder, incluso cuando es resignificada por aquellos que buscan defender el status quo conservador, algo que los movimientos populares parecen haber perdido de vista.


Marea negra.

En Alemania, en las elecciones regionales del 1 de septiembre, la extrema derecha se anotó un triunfo notable en Turingia, el mismo lugar donde el partido Nacional Socialista consiguió su primera victoria importante en 1930.   

 

El partido neonazi Alternative für Deutschland (AfD) conquistó el 33,1% de los votos, confirmando las encuestas previas. El resultado lo ubica como primer partido en Turingia y  segundo en Sajonia.


Se ha especulado mucho sobre las razones del éxito electoral de AfD, pero mas allá de situaciones locales, hay coincidencias con otros países  donde, con diversos matices, también se alza una “marea negra”.

Es evidente que en la última década, el ascenso de la extrema derecha ha dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en una tendencia global. Lo que en otros tiempos parecía ser una reacción marginal a las crisis económicas y políticas, hoy se presenta como una fuerza política en expansión que amenaza las bases mismas de la democracia.

Desde Europa hasta América Latina, y de Estados Unidos a Asia, los movimientos de extrema derecha están ganando terreno-. 

Este fenómeno no es casual ni espontáneo, sino, como argumenta Juan Torres López en su libro "Para que haya futuro: Una hoja de ruta para cambiar el mundo", es el resultado de un sistema económico que ha favorecido la concentración de poder en manos de una élite, mientras las clases populares y medias son progresivamente desposeídas de sus derechos y bienestar.

Esta creciente desposesión que sufren trabajadores, clases medias, pequeños empresarios y profesionales, es consecuencia de un modelo económico neoliberal que concentra cada vez más riqueza y poder en una minoría privilegiada.   

La complicidad del gran capital y el auge del autoritarismo

El ascenso de la extrema derecha no es solo el resultado de un malestar social, sino que, siguiendo a Torres López, está siendo alimentado por los grandes capitales que financian y apoyan a estos movimientos.

Este avance global de la ultra derecha no es un  accidente de la historia. Estos movimientos han sido planificados, organizados y financiados por sectores del capitalismo global concentrado.

Esta ultra derecha ha sabido  generar un relato que ha podido canalizar el descontento social, desviando la atención de los verdaderos responsables de la crisis –las élites económicas que dictan las políticas neoliberales– y señalando como culpables a los pobres, a los inmigrantes, refugiados, a los movimientos progresistas y cualquier grupo que se salga de los márgenes del tradicionalismo conservador.

A través de la difusión de datos falsos, simplificaciones, slogan vacíos y la manipulación del miedo, la extrema derecha ha logrado presentarse como la única alternativa para una población cada vez más desesperada y descontenta. Vox en España, el AfD en Alemania, Trump en EEUU, o Milei en Argentina  y otros partidos similares a nivel global, han encontrado en la inseguridad económica, la precariedad laboral y la crisis de identidad nacional, los ingredientes perfectos para alimentar un discurso autoritario que ha ido generando un cambio cultural en la conciencia política de los pueblos.

Tal vez la frase que mejor defina la actual situación sea lo dicho con brutal sinceridad por   Warren Buffet, un empresario norteamericano "Hay una guerra de clases, es cierto, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está haciendo la guerra. Y vamos ganando".

Así esta internacional  de la ultra derecha esta empeñada en dar una batalla cultural que moldee la sociedad a su ideología e intereses. No es casual la compra de Twiter, hoy X, por Elon Musk, ni el avance de las grandes corporaciones sobre la propiedad de los grandes medios, si no es para construir un poderoso aparato comunicacional a su servicio.

Sin embargo, esta estrategia solo es efectiva porque los partidos populares han tenido una actitud muy pasiva y en muchos casos cómplices con las corporaciones, pero sobre todo han fallado en ofrecer un proyecto alternativo capaz de responder a las verdaderas necesidades de sus pueblos.

La crisis de la política y la falta de proyectos alternativos.

Uno de los elementos más preocupantes de esta situación sea la falta de representatividad de los partidos politicos tradicionales que se ha extendido a una crisis de todo el sistema institucional  democrático.

Mas grave aun, durante años estos partidos y aun los de izquierda o populares, han asumido como propia las políticas neoliberales que antes criticaban, aplicando las mismas recetas económicas que la derecha y defendiendo estrategias de ajuste estructural.

Como decíamos esto ha llevado a un alejamiento progresivo de la política de los problemas reales que enfrentan las personas comunes: bajos salarios, falta de acceso a la vivienda, pobreza, precariedad laboral e inseguridad económica. En lugar de abordar estos temas de manera directa,  se han centrado en cuestiones secundarias, dejando fuera de agenda las demandas populares.

Como  resultado de esta desconexión fue quedando un espacio vacío que fue siendo ocupado por estos movimientos  de extrema derecha, que ha sabido ofrecer una narrativa sencilla y directa, aunque falsa y peligrosa, a millones de personas que se sienten abandonadas por las instituciones. .

Pero esta tendencia no es irreversible.

Pero esta claro que para frenar el avance del autoritarismo, los partidos populares no pueden seguir haciendo lo mismo que nos llevaron a este presente.

Hacia un nuevo contrato social

 Para revertir esta situación y construir un futuro más justo y equitativo es necesario la construcción de un nuevo contrato social que coloque a las personas en el centro de las decisiones políticas y económicas.

La clave de este cambio es la construcción de un nuevo modelo productivo, que deje de lado la lógica extrativista y financiera,  en otro basado en un desarrollo sustentable con justicia social, ya que el actual sistema económico neoliberal no solo genera desigualdad, exclusion y violencia,  sino que pone en riesgo la propia viabilidad civilizatoria. La lógica predatoria del capitalismo actual esta llevando a un crac  global, con crisis ambientales, alimentarias, migratorias y bélicas  

Para que los partidos populares y democráticos recuperen su relevancia y frenen el avance de la extrema derecha,   es necesario que vuelvan a conectar con las preocupaciones materiales de la población. Esto implica, entre otras cosas, defender políticas fiscales más progresivas, donde los grandes capitales y fortunas contribuyan de manera justa al bienestar colectivo, invertir en servicios públicos de calidad, promover la educación, la salud y empleos dignos y sostenibles, y avanzar hacia una democratización de la política y de la economía que incluya a los sectores populares en la toma de decisiones.

La dimensión moral del cambio.

Sin embargo, este cambio no es solo económico,  también es necesario un cambio cultural y ético. La sociedad debe transitar hacia una lógica de comunidad, solidaridad y colaboración, alejándose del individualismo competitivo promovido por el neoliberalismo. Solo desde esta dimensión moral, solidaria y pacífica del ser humano, será posible construir un mundo más justo, como lo demuestran los cambios positivos que, aunque silenciosos, han ocurrido a lo largo de la historia.

"Para que haya futuro: Una hoja de ruta para cambiar el mundo.

 Por Antonio Muñiz

Causas y azares. El fenómeno Javier Milei bajo análisis en el contexto del colapso de la globalización

El ascenso de Javier Milei a la presidencia de Argentina mar un hito en la política latinoamericana y mundial, reflejando tendencias globales que remiten tanto a crisis económicas recurrentes como al creciente descontento con las consecuencia del neo liberalismo y las élites políticas tradicionales.

Su figura y su relato se presentaban como opuesta al establishment político tradicional y ha capitalizado un ambiente de polarización y desesperanza, prometiendo soluciones extremas ante problemas estructurales que el país no ha logrado resolver durante décadas. Esta situación debe analizarse en un contexto más amplio de crisis global, económica y financiera, de desilusión con la globalización y el retorno de ideas autoritarias y nacionalistas.

Crisis Económica y Descontento Popular

El colapso económico en Argentina, caracterizado por una inflación persistente,  deuda pública insostenible y un prolongado estancamiento económico, ha sido el catalizador principal para el surgimiento de Milei. Al igual que en la década de 1930, cuando la Gran Depresión socavó las bases del liberalismo político y económico en Europa y Estados Unidos, la crisis financiera de Argentina ha generado un ambiente de desesperanza que ha permitido el auge de una figura disruptiva y radical.

El contexto de la pandemia de COVID-19 exacerbó las debilidades estructurales de la economía argentina, que ya venía arrastrando altos niveles de deuda externa, déficit fiscal crónico y una clase política que no lograba implementar reformas efectivas. En este escenario, Milei supo canalizar el enojo de grandes sectores de la población, especialmente de la clase media y baja, que veían  en él una alternativa a un sistema que consideran corrupto e ineficaz.

Este fenómeno se emparenta con la crisis de confianza que enfrentó el neoliberalismo tras el colapso de 2008, cuando la falta de soluciones para las masas perjudicadas por la crisis llevó a un resurgimiento de movimientos populistas y autoritarios en los países centrales.

Como venimos sosteniendo este surgimiento de movimientos de ultra derecha no son hechos aislados, ni accidentes históricos. Esta avanzada de estos movimientos ha sido planificada, organizada y financiada por los grande grupos económicos financieros, por ejemplo Blackrock y otros fondos buitres y empresarios como Steve Bannon o Elon Musk, empeñados en una cruzada política y cultural para resetear el mundo de acuerdo a su ideología y sobre todo a sus intereses.  

 Polarización y Reformas Radicales

Milei es, además de un emergente de la crisis argentina, el resultado de esta nueva oleada de la derecha global.

Ha basado su discurso en la promesa de desmantelar "la casta" política, apelando a la lógica del liberalismo extremo, proponiendo medidas como la dolarización de la economía, la privatización de empresas públicas y la reducción radical del Estado. Esta narrativa de choque con el statu quo canaliza un rechazo tanto al intervencionismo estatal como a las instituciones que muchos argentinos ven como responsables de la prolongada crisis.

Uno de los efectos inmediatos de la victoria de Milei ha sido la profundización de la polarización política en Argentina. Al igual que en otros países donde líderes de derecha han llegado al poder —como Donald Trump en Estados Unidos o Jair Bolsonaro en Brasil—, el discurso de Milei ha fragmentado aún más a una sociedad ya dividida, enfrentando a quienes creen en su visión disruptiva contra aquellos que temen las consecuencias de sus políticas económicas y sociales.

En términos económicos, la implementación de las reformas propuestas por Milei podría tener efectos profundos. La dolarización, hoy abandonada por impracticable, reemplazada por la idea de canasta de monedas, por ejemplo, podrían estabilizar la inflación, pero también  generar una crisis en el corto plazo al limitar la capacidad del país para manejar su política monetaria, pero sobre todo por el alto costo social que caería sobre la espalda de la población. Todo el plan de Milei de ajuste permanente y destrucción  del Estado puede parecer una solución rápida, pero corre el riesgo de exacerbar las desigualdades sociales y aumentar la tensión y el conflicto social. El desmantelamiento de programas sociales, la privatización de servicios esenciales y la falta de un plan claro para enfrentar la inflación,  la restricción externa y la deuda publica, podrían agravar las tensiones sociales en un país donde la pobreza afecta a casi la mitad de la población.

En lugar de construir un sistema más inclusivo, estas políticas buscan profundizar la brecha entre ricos y pobres, creando un ambiente propicio para mayores conflictos internos y abriendo las puertas a una etapa de violencia política.

El Resurgimiento del Autoritarismo y el Desprecio por las Instituciones

Otro aspecto crucial que debe considerarse en el gobierno de Milei es su actitud hacia las instituciones democráticas. En línea con otros líderes de derecha, Milei ha cuestionado repetidamente el valor de las instituciones que regulan el poder y garantizan las libertades civiles. Su discurso beligerante contra el Congreso, el Poder Judicial y los medios de comunicación es un patrón recurrente en movimientos  de derecha que, bajo el pretexto de combatir a las élites corruptas, terminan debilitando los derechos y garantías, así como las instituciones básicas necesarias en una democracia.

El peligro de este enfoque radica en que, bajo un contexto de crisis económica y social, se erosionen los derechos fundamentales y las instituciones democráticas. En la década de 1930, la respuesta autoritaria a las crisis económicas llevó a la consolidación de regímenes totalitarios, que prometieron estabilidad y orden a costa de las libertades. Hoy, la tentación de concentrar el poder bajo líderes fuertes, que se presentan como "salvadores" del caos, sigue siendo un riesgo latente en muchas democracias, incluida Argentina.

Fragmentación y Nacionalismo Económico

El ascenso de Milei no solo tiene implicaciones para Argentina, sino que también forma parte de una tendencia global de fragmentación política y económica. Al igual que los movimientos autoritarios de la década de 1930 que llevaron, sobre todo en Europa,  a un nacionalismo agresivo que desembocó en la segunda guerra mundial.  Esta nuevas derechas amenazan con desintegrar las alianzas económicas y políticas, como por ejemplo la Union Europea,  que han sostenido la estabilidad global desde la posguerra.

Si bien Milei promueve, a diferencia de otros lideres,  una versión extrema del liberalismo,  que la lleva hasta el planteo de destrucción del estado, también lo  aleja de una defensa de los intereses nacionales y apunta a una desconexión de Argentina de los acuerdos multilaterales o una ruptura abrupta con organismos como el Mercosur o los BRICS, que van a generando un aislamiento aún mayor al país y debilitan su posición en la arena internacional.

Un Futuro aciago para Argentina

El gobierno de Javier Milei representa tanto una consecuencia del fracaso de la democracia argentina en dar respuesta a las demandas de su sociedad con una sucesión de crisis periódicas, como un reflejo de las tensiones globales en torno al fracaso del neo liberalismo y la globalización.

 Sus políticas prometían un cambio radical, sin embargo hasta  hora es mas de las mismas políticas económicas que ha sufrido, con intermitencias, la Argentina con los resultandos de fracasos conocidos.

Los riesgos asociados a su enfoque disruptivo,  su empecinamiento ideológico y su  incapacidad política,  están  teniendo costos enormes, tanto en términos económicos como democráticos.

Como ocurrió en la década de 1930, el colapso de las instituciones democráticas abre la puerta a movimientos autoritarios que prometen soluciones rápidas, pero a menudo terminan debilitando las estructuras democráticas y exacerbando las crisis sociales.

Argentina se encuentra, como el mundo en general, en una encrucijada. El éxito o fracaso del gobierno de Milei dependerá no solo de su capacidad para gestionar sus políticas y cumplir sus promesas, sino sobre todo de las respuestas de las instituciones, los movimientos políticos y de la sociedad civil frente a una propuesta que, aunque popular entre algunos sectores, plantea no solo un riesgo real de destrucción de todo el entramado socio productivo,  un peligro para la estabilidad democrática y arrastre al país a una crisis terminal.

ANTONIO MUÑIZ

«La Democracia y sus fantasmas: la crónica argentina». Por Antonio Muñiz

«Las masas no fueron engañadas, ellas desearon el fascismo en determinado momento, en determinadas circunstancias, y esto es lo que necesita explicación, esta perversión del deseo colectivo». Félix Guatari

A cuatro décadas de la recuperación democrática en Argentina, el sistema político se encuentra atravesando una crisis profunda, evidenciada en la ruptura del pacto democrático pos dictadura y el surgimiento de figuras con discursos ultra liberales, anti política, anti democráticos, reivindicadores y nostálgicos del último proceso cívico-militar.


Podríamos decir, sin exagerar, que nos encontramos frente a una «democracia fallida».

El emergente de ese fracaso es sin duda el surgimiento de una figura como Javier Milei. Es indudable que esta figura representa la contra cara de todos los valores que ha sustentado la sociedad argentina durante las ultimas décadas. Y lo mas grave es que cuenta con el apoyo de amplios sectores de la población, a pesar que sus políticas apuntan a la destrucción del estado de bienestar y a la pauperización de los sectores populares y sobre todo la clases media.

Esta situación nos obliga  a una reflexión crítica sobre el proceso de los últimos cincuenta años y sobre todo los logros y fracasos de la etapa democrática, comprender esto permitirá corregir errores y prepararnos para los desafíos que enfrentaremos ante la inevitable  crisis  que se esta gestando.

 La Democracia y sus Promesas Incumplidas





En 1983, con el fin de la dictadura, la democracia argentina se re instauró con grandes expectativas. Raúl Alfonsín, en su discurso inaugural, expresó una visión optimista: «Con la democracia se come, se educa, se cura». Sin embargo, esas promesas no se materializaron para la mayoría de la población.

El nivel de pobreza, que hoy supera el 50% y afecta especialmente a los jóvenes y a los adultos mayores, muestra un retroceso significativo en las condiciones de vida, revelando el fracaso de las políticas sociales y económicas implementadas a lo largo de estos años.

La democracia nació condicionada por una pesada herencia: la deuda externa y la dependencia de las políticas dictadas por el FMI. Estas imposiciones externas, cuya gestación se remonta al golpe de 1955 y se consolidan durante la dictadura de 1976-1983, moldearon una estructura económica centrada en la especulación financiera, la lógica extractivista y la concentración del capital. Este cambio en la matriz productiva, promovido por figuras como Martínez de Hoz con el apoyo del establishment económico , no solo perjudicó la economía real basada en el trabajo, sino que también intentó modificar la cultura argentina, imponiendo un nuevo paradigma politico – económico al servicio de intereses extranjeros.

En parte por la responsabilidad de esa herencia recibida y sobre todos por errores propios, se explica la incapacidad crónica de los gobiernos  para mantener la estabilidad económica. Desde la inflación y crisis de la deuda que abarcó toda la década del 80, la crisis del corralito en 2001 y  las periódicas amenazas de default y la inflación persistentes, la economía argentina se ha caracterizado por ciclos de expansión y colapso.

Estos fracasos económicos han dado como resultado altos niveles de pobreza, desigualdad y exclusión, que han alimentado el desencanto con el sistema democrático y han dado lugar a episodios de descontento y protestas sociales.

También en no menor medida han contribuido a esta decadencia las crisis institucionales, la falta de calidad institucional que han afectado a la gobernabilidad.

La inestabilidad política, con varios presidentes que no pudieron completar su mandato, la fragmentación y polarización creciente, los discursos de odio y  la violencia como herramienta política, que tuvo su punto máximo en el intento de asesinato de Cristina Fernández de Kirchner, entre otros hechos reflejan la fragilidad institucional  de la democracia argentina.

Además, la corrupción sistémica,  la falta de independencia del poder judicial, embarcado en una guerra judicial -lawfare- contra gobiernos y dirigentes populares, asociado en este proceso  las corporaciones periodísticas que hicieron uso y abuso de la mentira y la calumnia – fake new – , han ido erosionado la confianza en las instituciones y sobre todo en la política y los políticos, generando un ciclo donde la gobernabilidad y la legitimidad  están en constante cuestionamiento.

El sistema político argentino ha mostrado una profunda debilidad, marcada por la incapacidad del sistema político para generar un proyecto de nación consensuado y sus  limitaciones, por acción u omisión, para enfrentar las políticas económicas impuestas por el FMI y las corporaciones locales. Esta subordinación de la política a los factores económicos es una constante desde 1976 hasta hoy, con la salvedad del periodo kirchnerista.

A todo esto, o como resultado de esto, el excesivo personalismo político y la ausencia de un sistema de partidos fuertes y organizados han llevado a este escenario donde todo cruje y el futuro se torna impredecible, todos los liderazgo están en cuestión, mientras no surgen otros nuevos, haciendo cada vez mas limitada y cuestionada su capacidad de representación efectiva.

 Así llegamos hoy a una democracia acechada por el caos social y el  desgobierno en una economía muy frágil, todo esta atado con alambre y donde amenaza el fantasma de la devaluación y el default.

Neoliberalismo y Despolitización: La Crisis de lo Político

Este proceso histórico al que hacemos referencia, es un proceso global. La mayoría de las democracias occidentales viven situaciones similares y arrastran los mismos problemas.

Esto se debe a que el neoliberalismo global ha impuesto una lógica que escinde la economía de la política, presentando a la primera como una ciencia autónoma, con leyes propias e inalterables. Esta separación ha llevado a que la política quede relegada al ámbito estatal, mientras el mercado se erige como el árbitro supremo de la vida social. En este contexto, el ciudadano se convierte en un mero votante o consumidor, desconectado de cualquier proyecto político colectivo.

El discurso neoliberal, con su «mano invisible» y su enfoque individualista, ha degradado conceptos fundamentales como comunidad, bien común y nación. Aquellos que se oponen a esta lógica son rápidamente desacreditados como «populistas» o «socialistas», mientras que la democracia representativa se convierte en una fachada que legitima la dominación económica. Los medios de comunicación concentrados juegan un rol central en la consolidación de esta hegemonía, imponiendo un “sentido común” que fomenta la fragmentación social y la despolitización del debate público.

La postmodernidad, con su tendencia a reducir la política a lo meramente electoral, ha desplazado a los movimientos populares y ha reemplazado a los liderazgos genuinos con figuras mediáticas. Los partidos políticos tradicionales han sido suplantados por coaliciones electorales efímeras, diseñadas para campañas publicitarias más que para representar intereses colectivos. En este escenario, la política se vacía de contenido y se convierte en un espectáculo guiado por la lógica del rating, donde los candidatos actúan como celebridades o personajes extravagantes que apelan a las emociones básicas.

Este proceso de despolitización ha generado un caldo de cultivo ideal para el crecimiento de la nueva derecha, que en Argentina encuentra su máxima expresión en la figura de Javier Milei. Como decíamos mas arriba, con un discurso que combina neoliberalismo extremo, un relato anti político y anti casta, negacionismo histórico y promesas de «orden», Milei capitaliza el desencanto de amplios sectores de la población, frustrados por la falta de respuestas a sus necesidades básicas.

El avance de estas propuestas autoritarias evidencia la pérdida de credibilidad de la democracia formal y la búsqueda de salidas reaccionarias.

La Necesidad de Repolitizar la Sociedad y Reconstruir el Proyecto Popular

Frente a este panorama, es urgente repensar la democracia argentina. Si bien el sistema democrático sigue siendo el mejor marco para garantizar derechos y promover el bienestar colectivo, es necesario superar sus limitaciones actuales, avanzando hacia formas más participativas y comunitarias. Esto implica revitalizar la política como una práctica cotidiana, no limitada al acto de votar, sino extendida a la construcción de poder popular en los territorios y en los espacios de lucha.

Para esto también es necesario fortalecer y empoderar a la militancia política y social, para que se inserte en el territorio, cara a cara con el pueblo. Esto no implica no usar las redes y las nuevas herramientas de comunicación, pero quedar circunscriptos a ellas es dar una batalla en el terreno que nos plantea el enemigo.

Volver a las prácticas del debate abierto, de cara a la sociedad. Hay que dejar de lado las lógicas de «orgas» cerradas,  abrir el debate y el dialogo y terminar con el «dedo sabio» que definía candidatos. Si hablamos de una democracia abierta y participativa como proyecto politico, es imperioso empezar abriendo los espacios populares.

El desafío es volver a articular una relación directa con los sectores populares, creando puentes para la organización y movilización. El fortalecimiento de una democracia directa y participativa no solo requiere estructuras más horizontales, sino también un enfoque crítico que revalorice el conflicto como parte inherente de la vida social. La verdadera política no consiste en ocultar los conflictos, sino en enfrentarlos y gestionarlos en favor de las mayorías.

Hacia una Nueva Síntesis Política

La construcción de un proyecto emancipador en Argentina requiere una nueva síntesis que recupere la memoria histórica de las luchas populares y articule las demandas de los sectores populares y medios. Esto implica integrar a todos los colectivos y organizaciones, desde la política, los movimientos sociales, los movimientos religiosos, gremiales,  hasta ONGs y agrupaciones estudiantiles y culturales, en una gran movimientos nacional, popular y federal que desafíe el poder establecido.

La batalla por la repolitización de la sociedad es, en última instancia, una lucha por devolver al hombre su rol central como sujeto político, capaz de transformar la realidad a través de la acción colectiva.

Solo así se podrá construir un programa nacional de liberación que rompa con las cadenas de dominación y avance hacia una sociedad más justa, soberana y solidaria. La tarea es compleja, pero es el único camino posible para revertir la crisis casi terminal que tenemos frente a nuestros ojos y darle contenido y organización a la reconstrucción de la Argentina.

Foro en defensa del Proyecto Nacional y Popular

El Secretario General de la Presidencia, Oscar Parrilli, fue el invitado especial del primer Foro en Defensa del Proyecto Nacional y Popular, que contó con más de 250 militantes.