DATA POLÍTICA Y ECONÓMICA | Sección: Economía Política
Hay
una imagen que resume mejor que cualquier discurso el modelo económico de
Javier Milei y Luis Caputo: una pinza. Con una mano, el Estado le garantiza al
capital concentrado —minero, energético, financiero— la propiedad de la renta
de los recursos naturales por treinta años, sin retenciones, con Ganancias más
baja y litigio en el CIADI si algo sale mal. Con la otra, exprime al resto de
la sociedad —asalariados, jubilados, pequeños comercios, industria pyme— a
través del ajuste fiscal, el tarifazo de los servicios públicos y una tasa de
interés que sostiene una timba financiera cada vez más autorreferencial. No son
dos políticas separadas. Es una sola ecuación: lo que el Círculo Rojo no
arriesga en un lado, lo cobra garantizado en el otro.
La
renta que no se toca
El
primer brazo de la pinza ya es conocido: el Régimen de Incentivo para Grandes
Inversiones (RIGI) blinda por tres décadas a los proyectos mineros y
energéticos con Ganancias reducida del 35% al 25%, sin retenciones a la
exportación y con giro de utilidades facilitado; el Régimen Especial de Ingreso
del Impuesto sobre los Bienes Personales (REIBP) congela hasta 2038 la alícuota
patrimonial de las grandes fortunas; el nuevo esquema de inocencia fiscal
invierte la carga de la prueba a favor de quien tiene que explicar de dónde
salió la plata. Marcelo Diamand ya había descrito el patrón hace medio siglo:
una fracción de la burguesía local que no compite transformando recursos en
valor agregado, sino capturando la renta diferencial de lo que la naturaleza da
gratis —ayer la pampa húmeda, hoy el litio, el cobre y Vaca Muerta— sin asumir
jamás el riesgo empresario que supone invertir en una estructura productiva
desequilibrada.
El
ajuste como máquina de transferencia
El
segundo brazo de la pinza se ejecuta sobre los ingresos de quienes no tienen
forma de blindarse. Un informe del Instituto Interdisciplinario de Economía
Política de la UBA y el CONICET, difundido en abril de 2026, midió que el
salario mínimo real acumuló una caída de 39,3% desde noviembre de 2023,
quedando por debajo de los niveles de 2001. Los salarios del sector público
perdieron 17% de poder adquisitivo en el mismo período; los privados, casi 5%.
La consultora Mercer proyectó para 2026 aumentos salariales corporativos en
torno al 26%, por debajo de la inflación esperada, lo que confirma que la
licuación no fue un costo transitorio de la estabilización sino una política
sostenida en el tiempo.
A
esa licuación salarial se suma el tarifazo. Según el Observatorio de Tarifas y
Subsidios de la UBA-CONICET, la electricidad acumuló un aumento del 494% desde
el inicio de la gestión Milei y el gas natural, del 2.073%, muy por encima de
una inflación acumulada del 311,9% en el mismo lapso. El propio esquema de
subsidios fue rediseñado para que el usuario residencial pase de cubrir en
promedio el 55% del costo real de la energía a cubrir el 76% en electricidad y
el 79% en gas durante 2026. Es, otra vez, la misma lógica de la renta de los
recursos naturales aplicada puertas adentro: las empresas de energía y agua,
muchas bajo procesos de privatización o desregulación tarifaria, recomponen su
rentabilidad trasladando el costo completo al consumidor cautivo, sin que
exista compensación salarial que lo absorba.
La
bicicleta que no para
El
tercer brazo es financiero. El Banco Central sostuvo durante buena parte de
2026 tasas de interés reales elevadas para incentivar la migración de dólares a
instrumentos en pesos, en un esquema de tipo de cambio administrado que el
propio mercado empezó a describir como atraso cambiario. Economistas como
Sergio Chouza cuantificaron esa apreciación en torno al 12% acumulado en el
año, mientras que reportes financieros registraron ganancias en moneda dura
cercanas al 12% en apenas cincuenta días entre diciembre de 2025 y febrero de
2026 para quien apostó al carry trade. Es la bicicleta de siempre, con un
agregado: mientras el rendimiento financiero en dólares bate récords para quien
tiene el capital líquido para jugarla, la macroeconomía real —industria, exportaciones
no tradicionales, empleo privado registrado— pierde competitividad cambiaria
mes a mes, porque el dólar barato que financia la timba es el mismo dólar caro
que encarece producir en el país.
El
resultado es una arquitectura donde ganar plata sin producir nada se volvió más
rentable que invertir en producir. El Círculo Rojo no necesita arriesgar
capital en una fábrica cuando puede obtener en el mercado de pesos, con riesgo
acotado por la promesa de estabilidad cambiaria, un retorno en dólares que
ninguna actividad productiva real ofrece hoy en la Argentina. Fundación Fundar
documentó la consecuencia esperable: la inversión privada cayó 11,6% interanual
en el primer trimestre de 2026 y la importación de bienes de capital retrocedió
13,9% en junio. El capital que no se aventura en la economía real encuentra, en
el propio diseño de la política monetaria, un refugio más cómodo y más
rentable.
Una
sola apropiación, dos objetos
Leídos
por separado, el RIGI, el tarifazo y el carry trade parecen políticas
sectoriales con lógicas propias: inversión, energía, estabilización monetaria.
Leídos juntos, describen una única operación de apropiación con dos objetos
simultáneos. Por un lado, la renta de los recursos naturales no renovables, que
sale del subsuelo con el fisco atado de manos por treinta años. Por otro, la
renta que genera el resto de la sociedad con su trabajo, su consumo cautivo de
servicios esenciales y su ahorro forzado en instrumentos en pesos: todo ese
excedente termina, por rutas distintas, en el mismo lugar. Eduardo Basualdo
llamó a este patrón valorización financiera del capital: la ganancia no nace de
ampliar la frontera productiva, sino de administrar posiciones de privilegio
—normativo, tarifario, financiero— frente a un Estado que dejó de arbitrar
entre sectores y pasó a garantizar el reparto a favor de uno solo.
La
diferencia con etapas anteriores del mismo patrón no es de naturaleza sino de
blindaje jurídico. Nunca antes la extracción de renta —la de los recursos
naturales y la del resto de la sociedad— había quedado tan protegida contra la
posibilidad de una corrección futura por la vía electoral. El Círculo Rojo lo
sabe, y por eso elige bando sin ambigüedades en la disputa que viene: no
necesita ganar todas las elecciones, le alcanza con que ninguna ley pueda
tocarle lo que ya aseguró. La pregunta pendiente es si una correlación de
fuerzas distinta —como ocurrió otras veces con privilegios que se creyeron
eternos— todavía tiene margen para reabrir esa discusión, o si la pinza terminó
de cerrarse antes de que la política encontrara el modo de discutirla.

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