Malvinas y el Atlántico Sur: de Madrid a Milei, el desafío de recuperar una política exterior soberana

Treinta y seis años después de los Acuerdos de Madrid, el Reino Unido consolidó su control político, militar y económico sobre las Islas Malvinas y el Atlántico Sur. La pregunta ya no es solamente cómo recuperar las islas, sino cómo reconstruir una política exterior soberana que responda al interés nacional y no quede subordinada a las prioridades estratégicas de otras potencias.


Las guerras no siempre terminan cuando callan las armas.

En muchas ocasiones continúan durante décadas mediante tratados diplomáticos, acuerdos económicos, alianzas militares y decisiones políticas que, lentamente, modifican la relación de fuerzas entre los Estados.

La historia de Malvinas después de 1982 puede leerse desde esa perspectiva.

Sin renunciar nunca a su reclamo jurídico, la Argentina fue adoptando una serie de decisiones diplomáticas que permitieron al Reino Unido consolidar su dominio efectivo sobre las islas mientras la discusión por la soberanía quedaba, en los hechos, congelada.

Los Acuerdos de Madrid marcaron el inicio de ese proceso. El comunicado Foradori-Duncan, firmado durante el gobierno de Mauricio Macri, profundizó esa lógica. Y la política exterior impulsada por Javier Milei parece abrir una tercera etapa, caracterizada por un alineamiento estratégico con Estados Unidos y el Reino Unido que algunos analistas denominan la «atlantización» de la política exterior argentina.

Madrid: el comienzo de un nuevo paradigma

En 1989 y 1990, el gobierno de Carlos Menem restableció plenamente las relaciones diplomáticas con el Reino Unido mediante los Acuerdos de Madrid.

Su eje fue la denominada «fórmula del paraguas», que permitió avanzar en acuerdos sobre pesca, navegación, comunicaciones, cooperación científica y cuestiones militares dejando al margen el conflicto por la soberanía.

Desde el punto de vista jurídico, la Argentina mantuvo intacto su reclamo sobre las Islas Malvinas.

Pero desde una perspectiva política y estratégica, el Reino Unido obtuvo aquello que necesitaba: estabilidad diplomática para administrar el archipiélago sin afrontar mayores costos internacionales.

Mientras Buenos Aires reiteraba anualmente su reclamo ante las Naciones Unidas, Londres consolidaba hechos consumados.

Las licencias pesqueras comenzaron a generar ingresos millonarios.

La exploración de hidrocarburos avanzó sobre la plataforma continental.

La base militar de Monte Agradable se transformó en uno de los principales enclaves estratégicos occidentales en el Atlántico Sur.

Con el paso del tiempo, la correlación de fuerzas empezó a favorecer exclusivamente a quien ejercía el control efectivo del territorio.

El acuerdo Macri-May

La segunda gran controversia llegó en septiembre de 2016.

El comunicado conjunto firmado por el vicecanciller argentino Carlos Foradori y el ministro británico Alan Duncan propuso «remover todos los obstáculos» que limitaran el crecimiento económico de las Islas Malvinas.

La redacción fue interpretada por amplios sectores políticos, diplomáticos y académicos como una señal favorable a la consolidación económica del enclave británico, particularmente en materia de pesca, hidrocarburos, transporte aéreo y cooperación científica.

Aunque el gobierno de Mauricio Macri sostuvo que el reclamo de soberanía permanecía inalterable, el acuerdo fue ampliamente cuestionado porque desplazaba el eje de la discusión hacia la cooperación económica mientras el conflicto de fondo continuaba sin resolverse.

Años más tarde, las declaraciones del propio Carlos Foradori sobre las circunstancias en que se desarrolló aquella negociación reavivaron las críticas. Finalmente, el entendimiento fue dejado sin efecto por el gobierno argentino en 2023.

Milei y una nueva etapa

La llegada de Javier Milei a la Presidencia introdujo un cambio diferente.

Ya no se trata únicamente de normalizar relaciones diplomáticas o impulsar acuerdos sectoriales.

La política exterior argentina pasó a privilegiar explícitamente el alineamiento con el bloque occidental liderado por Estados Unidos.

La alianza con Washington, el acercamiento político al Reino Unido, la cooperación con la OTAN y la asociación estratégica con Israel constituyen hoy los principales ejes de la inserción internacional promovida por la Casa Rosada.

El Gobierno sostiene que esa estrategia permitirá fortalecer la posición internacional de la Argentina y generar mejores condiciones para el desarrollo económico.

Sin embargo, hasta el momento ese acercamiento no produjo avances verificables en la negociación por la soberanía de las Islas Malvinas.

Londres mantiene inalterable su posición histórica, continúa rechazando cualquier discusión bilateral sobre la soberanía y sigue fortaleciendo su presencia militar en el Atlántico Sur.

El verdadero conflicto es el Atlántico Sur

Reducir Malvinas a una disputa por un archipiélago constituye un error estratégico.

Lo que realmente está en juego es el control del Atlántico Sur.

Allí convergen algunas de las mayores reservas pesqueras del planeta, importantes recursos hidrocarburíferos offshore, minerales críticos, rutas marítimas interoceánicas y la principal puerta de acceso a la Antártida.

La base militar británica de Monte Agradable no responde únicamente a la defensa de las islas.

Forma parte de un dispositivo estratégico que permite proyectar capacidad militar sobre millones de kilómetros cuadrados del Atlántico Sur y posicionarse frente al futuro desarrollo económico y científico del continente antártico.

En un escenario internacional marcado por la creciente competencia entre Estados Unidos, China y otras potencias, el Atlántico Sur adquiere un valor geopolítico cada vez mayor.



La «atlantización» de la política exterior

Durante buena parte de la etapa democrática, la política exterior argentina procuró sostener una posición relativamente autónoma, construyendo consensos en América Latina, el Movimiento de Países No Alineados y las Naciones Unidas para respaldar el reclamo sobre Malvinas.

La actual administración parece recorrer un camino distinto.

La prioridad pasó a ser la consolidación de una inserción preferencial dentro del esquema estratégico liderado por Estados Unidos.

Para el Gobierno, esa decisión fortalece la posición internacional del país.

Sus críticos sostienen que implica una pérdida de autonomía para definir una estrategia propia sobre el Atlántico Sur, precisamente en una región donde confluyen los intereses estratégicos de Estados Unidos y del Reino Unido.

La discusión no pasa por cuestionar las relaciones con las principales potencias occidentales, indispensables para cualquier política exterior moderna.

El interrogante es otro: si esas relaciones se construyen desde una posición de autonomía nacional o desde una lógica de subordinación a prioridades estratégicas definidas fuera del país.

Una soberanía que también se disputa en la diplomacia

Las soberanías no se erosionan únicamente mediante una derrota militar.

También pueden debilitarse cuando una de las partes consolida sistemáticamente su presencia política, económica y militar mientras la otra limita su estrategia al reclamo diplomático.

Eso es, precisamente, lo que muestran más de tres décadas transcurridas desde los Acuerdos de Madrid.

El Reino Unido fortaleció su infraestructura militar, expandió la explotación de los recursos pesqueros, avanzó sobre los hidrocarburos offshore y consolidó una administración cada vez más integrada a sus intereses estratégicos.

La Argentina, en cambio, preservó la legitimidad jurídica de su reclamo, pero no logró modificar la realidad geopolítica del Atlántico Sur.

El debate que la Argentina todavía debe darse

Más de cuarenta años después de la guerra, el debate sobre Malvinas ya no puede reducirse a la reivindicación de un derecho histórico que prácticamente ningún gobierno argentino discute.

La verdadera discusión consiste en definir qué política exterior necesita el país para defender sus intereses estratégicos en un mundo atravesado por la disputa entre grandes potencias.

No se trata de elegir entre Oriente y Occidente, ni entre Estados Unidos, Europa o China.

El desafío consiste en recuperar una política exterior soberana, capaz de construir alianzas internacionales sin resignar la autonomía para definir el interés nacional.

Porque la soberanía no se pierde únicamente cuando se cede un territorio.

También comienza a debilitarse cuando un país deja de decidir, por sí mismo, el rumbo de su política exterior, la defensa de sus recursos estratégicos y su lugar en el nuevo orden mundial.

Chamical, la noche en que la dictadura fusiló a la Iglesia de los pobres

A cincuenta años del secuestro y fusilamiento de los curas Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias, y del asesinato del laico Wenceslao Pedernera, la historia riojana sigue devolviendo la misma pregunta, qué clase de Iglesia resultaba intolerable para el terrorismo de Estado.

 


Terminaban de cenar en la casa de las monjas cuando golpearon la puerta. Eran hombres
uniformados, se identificaron como Policía Federal y pidieron a los dos curas que los
acompañaran a declarar a la capital provincial. Era la noche del 18 de julio de 1976, en Chamical, La Rioja. Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias no volvieron a esa casa.
Los llevaron a la base aérea de Chamical. Ahí los torturaron durante horas. Después los fusilaron y les vendaron los ojos, en un descampado al sur de la ciudad. Al día siguiente, unos obreros ferroviarios que volvían de su turno encontraron los dos cuerpos acribillados junto a las vías.
Murias tenía, además, signos de tortura que no dejaban margen para la versión oficial de un
enfrentamiento.


Murias había nacido en Córdoba en 1945, pasó por el Liceo Militar y empezó ingeniería antes de descubrir la vocación franciscana. Se ordenó sacerdote en 1972 y en 1975 pidió, él mismo, que lo destinaran a La Rioja. Terminó de vicario en Chamical. Poco antes de morir le escribió a sucomunidad una frase que hoy se lee como un diagnóstico exacto de la época: “Acá al obispo lo persiguen, a los curas los cuestionan, en cualquier momento nos van a matar”.
Longueville, en cambio, venía de otra tradición: nació en 1931 en una familia campesina francesa, se ordenó en 1957 y en 1969 partió como misionero a comunidades indígenas de México, donde aprendió castellano. En 1971 se incorporó a la diócesis de La Rioja como párroco. Dostrayectorias distintas —el joven riojano formado en el fervor conciliar y el misionero francés curtido en  el trabajo con comunidades indígenas— confluyeron en la misma parroquia, El Salvador, y en el mismo desenlace.
Ambos formaban parte del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, la corriente que en la Argentina de los setenta tradujo la opción por los pobres del Concilio Vaticano II y de Medellín en organización campesina, cooperativas y catequesis social. En La Rioja, esa traducción tenía nombre y apellido: Enrique Angelelli, el obispo que había reorientado la diócesis entera hacia los sectores rurales más postergados y que, por eso mismo, se había convertido en blanco de la derecha eclesiástica local y de los servicios de inteligencia militares antes incluso del golpe del 24 de marzo de 1976.
La lógica represiva no distinguía entre sotana y overol. Una semana después de Chamical, en la noche del 24 de julio, un grupo de hombres encapuchados irrumpió en la casa de Wenceslao Pedernera, en Sañogasta, y lo acribillaron delante de su esposa y sus tres hijas. Pedernera no tenía formación teológica ni estudios completos: había trabajado en una calera y después en las bodegas Gargantini, en Mendoza, antes de volcarse a la catequesis rural junto a Angelelli. Su asesinato deja en evidencia que el objetivo no era un clero disidente sino una red pastoral completa, laicos incluidos.
Angelelli no tardó en seguir el mismo destino. Viajó a Chamical para el sepelio de Murias y
Longueville y se quedó varios días acompañando a la comunidad. Días más tarde, al regresar a la capital riojana con uno de sus vicarios, murió cerca de Punta de los Llanos en lo que lasautoridades militares presentaron como un accidente de tránsito: el obispo apareció junto a su auto volcado, con un golpe fatal en la cabeza. La Justicia tardó décadas en desarmar esa versión.
Recién en 2014 un tribunal federal determinó que se trató de un homicidio y condenó a dos
militares retirados. Dos cartas de Angelelli guardadas en los archivos vaticanos, que el papa
Francisco puso a disposición de la causa, resultaron centrales para esa condena.
El Vaticano reconoció en 2018 que las cuatro muertes constituyeron martirio “en odio a la fe” y, el 27 de abril de 2019, los beatificó en una ceremonia multitudinaria en la ciudad de La Rioja. Desde entonces el 17 de julio quedó fijado como su fecha litúrgica.  El predio donde fusilaron a Murias y Longueville se llama, desde hace años, Los Mártires, y un oratorio sostiene ahí la memoria del episodio.
Medio siglo después, el caso Chamical sigue funcionando como un espejo incómodo. Interpela tanto a los sectores eclesiásticos que reivindican aquella Iglesia comprometida con los pobres como a los relatos que todavía buscan reducir el terrorismo de Estado a una guerra entre dos demonios. No hubo enfrentamiento en la casa de las monjas de Chamical. Hubo una orden, una base de la fuerza aérea y una decisión política de exterminar cualquier forma de organización popular.

 

La tierra en disputa: el debate que Argentina no puede seguir postergando

 La eventual derogación de la Ley de Tierras no es únicamente una decisión económica. También involucra la soberanía, el desarrollo nacional y el control de los recursos estratégicos del país.

REDACCION DATA POLITICA Y ECONOMICA

La decisión del gobierno de Javier Milei de avanzar sobre la Ley 26.737, que limita la compra de tierras rurales por parte de extranjeros, volvió a colocar en el centro de la escena un debate que trasciende cualquier coyuntura política. No se trata simplemente de atraer inversiones o facilitar operaciones inmobiliarias. Lo que está en discusión es quién controla el territorio argentino y, con él, el acceso al agua, los minerales, la producción de alimentos, la energía y las zonas de frontera.

 


Ana Marks rechazó el proyecto para permitir la venta de tierras a  extranjeros: “Quieren convertir a la Argentina en una colonia al servicio  de intereses foráneos”

Los informes del Observatorio de Tierras advierten que millones de hectáreas ya pertenecen a propietarios extranjeros y que, en varios departamentos del país, la participación supera ampliamente los límites que la propia ley había intentado establecer. Más allá de las cifras puntuales, el dato relevante es que gran parte de esas superficies coincide con áreas de enorme valor estratégico por su riqueza hídrica, minera, forestal o logística.

El argumento oficial sostiene que eliminar las restricciones permitirá atraer capitales, aumentar las inversiones y generar empleo. Es una posición legítima dentro del debate económico. Sin embargo, la experiencia argentina demuestra que la inversión extranjera, por sí sola, no garantiza desarrollo si no forma parte de una estrategia nacional que priorice la producción, el agregado de valor y la defensa de los intereses permanentes del país.

La tierra no es un activo financiero cualquiera. Es un recurso limitado e irremplazable. Sobre ella se asientan la producción de alimentos, las reservas de agua dulce, los yacimientos de minerales críticos, la biodiversidad y la capacidad del Estado para ejercer plenamente su soberanía. En un escenario internacional marcado por la competencia por los recursos naturales, renunciar a herramientas de regulación puede convertirse en un costo muy superior a cualquier beneficio de corto plazo.

La discusión tampoco debería reducirse a una falsa dicotomía entre inversión o regulación. Argentina necesita ambas cosas. Necesita capital para crecer, pero también reglas claras que preserven el interés nacional. Los países que mejor administran sus recursos estratégicos son precisamente aquellos que combinan apertura económica con una fuerte capacidad estatal para definir prioridades y establecer límites.

La historia económica argentina ofrece numerosos ejemplos de decisiones que privilegiaron beneficios inmediatos sin evaluar sus consecuencias estructurales. La política sobre la propiedad de la tierra debería escapar a esa lógica. Lo que hoy se decida tendrá efectos durante décadas y condicionará las posibilidades de desarrollo de las próximas generaciones.

El verdadero debate no es si la tierra puede venderse. El debate consiste en determinar bajo qué condiciones, con qué controles y en función de qué proyecto de país. Porque cuando lo que está en juego es el territorio, la discusión deja de ser exclusivamente económica para convertirse en una cuestión de soberanía nacional.

Argentina necesita inversiones, pero también necesita preservar el control sobre sus recursos estratégicos. Conciliar ambos objetivos es el desafío de una política de Estado que aún sigue pendiente. 

El sótano de la calle Corrientes - Antonio Muñiz

 Capitulo 2

FORJA y la forja de la conciencia nacional en los años de la Década Infame

 

Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba. Pero del fuego y del golpe sale la herramienta. De ese fuego, en el peor de los tiempos argentinos, salió una manera de pensar el país.

A propósito del nombre que Yrigoyen inspiró

Hay semillas que germinan lejos del lugar donde fueron sembradas. Las otras entregas de este dossier recorren el pensamiento nacional de los años sesenta y setenta, y conviene volver sobre su origen, porque casi todo lo que Jauretche, Hernández Arregui y Ramos pensaron en la madurez tiene una raíz común y un mismo subsuelo: un sótano de la avenida Corrientes donde, en plena Década Infame, un puñado de radicales jóvenes se propuso lo que parecía imposible. Pensar la Argentina con ojos argentinos.

Esa agrupación se llamó Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, y todo el mundo la conoció por su sigla, que no era casual. FORJA: el taller donde el metal se calienta hasta volverse maleable y el golpe lo convierte en herramienta. El nombre venía de una frase de Hipólito Yrigoyen —«todo taller de forja parece un mundo que se derrumba»— y describía con exactitud el momento. Todo se derrumbaba. De ese derrumbe esta gente decidió sacar una herramienta.

El país que encontraron

Para medir lo que significó FORJA hay que recordar contra qué nació. El 6 de septiembre de 1930, el golpe del general Uriburu derrocó al gobierno constitucional de Yrigoyen e inauguró lo que la historia argentina conoce como la Década Infame: una etapa de fraude electoral sistemático, persecución política y subordinación económica que se extendió hasta 1943. El régimen que gobernó esos años hizo del fraude una técnica de Estado y de la entrega del patrimonio nacional una política deliberada.


El emblema de esa entrega fue el Pacto Roca-Runciman de 1933, por el cual la Argentina garantizó al Reino Unido condiciones comerciales y financieras a cambio de una cuota en el mercado de carnes, en términos que el vicepresidente Julio Argentino Roca hijo resumió con una frase célebre por su servilismo: que la Argentina era, por su interdependencia recíproca, una parte integrante del Imperio británico. Los ferrocarriles ingleses organizaban el territorio como una tela de araña tendida hacia el puerto, los empréstitos drenaban la riqueza por el interés compuesto, la banca extranjera manejaba el crédito. Era, en sentido estricto, una semicolonia próspera para pocos y muda para el resto.

El fraude no era un accidente del sistema: era el sistema. Y la entrega económica no era una torpeza: era un programa. Contra esas dos certezas se levantó FORJA.

La fundación: volver a Yrigoyen para ir más lejos

29 DE JUNIO DE 1935

A las seis menos cuarto de la tarde del 29 de junio de 1935, en Buenos Aires, ciento trece radicales firmaron el acta de nacimiento de FORJA. Entre ellos estaban Arturo Jauretche, Manuel Ortiz Pereyra, Gabriel del Mazo, Homero Manzi, Luis Dellepiane, Atilio García Mellid, Jorge del Río y Juan B. Fleitas. Casi todos venían del riñón del radicalismo y compartían una misma incomodidad: el partido de Yrigoyen, tras la muerte del caudillo en 1933, había abandonado la abstención electoral y se acomodaba al juego del régimen, renunciando a lo que ellos consideraban su misión emancipadora.

La operación inicial de FORJA fue, en apariencia, conservadora: volver a Yrigoyen. Gabriel del Mazo se dedicó a ordenar el pensamiento yrigoyenista en un cuerpo de doctrina, a rescatar al viejo líder del olvido al que lo condenaban tanto la oligarquía como la nueva conducción radical. Pero ese regreso era, en verdad, un salto hacia adelante. Bajo la forma de la fidelidad al fundador, los forjistas introdujeron una reinterpretación que desbordaba al radicalismo: separaron lo democrático de lo electoral, sostuvieron que una fuerza podía ser democrática y a la vez negarse a legitimar comicios fraudulentos, y empezaron a pensar el problema argentino no como una cuestión de buenos o malos gobernantes sino como una estructura de dependencia.

La declaración aprobada en aquella asamblea constituyente lo decía sin rodeos: en la Unión Cívica Radical recaía la tarea de emancipar al pueblo argentino, y para ello era necesario, antes que nada, emanciparlo en el orden económico. El deber de los jóvenes consistía en organizarse y terminar con el mandato de quienes conducían ilegítimamente el radicalismo, para que el movimiento retomara su orientación originaria. Era una crítica interna que apuntaba, sin saberlo todavía del todo, mucho más allá del partido.

La consigna y los cuadernos

«SOMOS UNA ARGENTINA COLONIAL, QUEREMOS SER UNA ARGENTINA LIBRE»

Si una frase condensa el aporte de FORJA, es la que llevó como bandera: «Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre». En esas pocas palabras había una revolución conceptual. Nombrar al país como colonia —en un tiempo en que la Argentina se pensaba a sí misma como el granero del mundo y una joven potencia próspera— era romper el espejo. La prosperidad existía, pero era la de una factoría: riqueza barata embarcada hacia la metrópoli, mercado cautivo para la manufactura importada, soberanía hipotecada al interés compuesto.

FORJA tuvo escasa gravitación en la interna partidaria y casi ninguna en las urnas. Su fuerza fue otra: la investigación y la difusión. La agrupación funcionaba en un viejo sótano de la avenida Corrientes al 1200 y reunía a unos doscientos jóvenes, en buena parte de clase media. Desde allí produjo conferencias y, sobre todo, los célebres Cuadernos de FORJA: investigaciones político-económicas que desmontaban, pieza por pieza, los mecanismos del neocolonialismo. Los ferrocarriles, el petróleo, los empréstitos, el Banco Central, el transporte, la coordinación de cargas: cada negociado tuvo su cuaderno, su conferencia, su denuncia documentada.

No alcanzaba con tener razón: había que probarla con números, escrituras y contratos. Los Cuadernos de FORJA fueron el peritaje contable de la dependencia argentina.

Contra ellos cayó lo que Scalabrini Ortiz llamó el boicot del silencio: la gran prensa, la academia, los partidos, todo el aparato que el forjismo identificaba como la superestructura cultural del imperio, los ignoraba o los caricaturizaba. Se los acusó, a la vez y de manera contradictoria, de marxistas, de nazis y de agentes norteamericanos. Ellos respondían que ni conservadores, ni socialistas, ni comunistas, ni fascistas se animaban a decirle al pueblo la verdad sobre la tragedia que vivía la patria. Desde las catacumbas, en sus propias palabras, iban forjando la conciencia nacional.

Scalabrini Ortiz: el fiscal de la entrega

LA TELA DE ARAÑA METÁLICA

Aunque no estuvo entre los fundadores y se vinculó a la agrupación poco después, Raúl Scalabrini Ortiz fue el cerebro investigador de FORJA y el que le dio densidad documental a su prédica. Correntino, autor en 1931 de un ensayo célebre sobre el porteño —El hombre que está solo y espera—, viró hacia la economía política con una pregunta obsesiva: dónde estaba exactamente el nudo de la dependencia argentina. Su respuesta fue precisa, y la convirtió en programa de investigación: el ferrocarril.

Para Scalabrini, los rieles tendidos por el capital británico eran una inmensa tela de araña metálica donde estaba aprisionada la República. No era una metáfora: era una descripción técnica. El trazado en abanico hacia el puerto de Buenos Aires organizaba la economía para extraer materias primas baratas y, mediante las tarifas diferenciales, asfixiaba todo intento industrial en el interior, asegurando la colocación de la manufactura importada. Su Historia de los Ferrocarriles Argentinos y su Política británica en el Río de la Plata fueron, más que libros de historia, instrumentos de combate: la prueba escrita de cómo se había construido la semicolonia.



Scalabrini agregó además una reflexión sobre el papel de la prensa que conserva una vigencia incómoda. Sostenía que el periodismo dominante era el arma más eficaz de la dominación, un estilete que hería sin dejar huella, porque el diario se volvía después mantel o envoltorio pero dejaba en el lector desprevenido un sedimento. La batalla, entendió antes que muchos, no se libraba solo en la economía: se libraba en la cabeza de la gente.

De la trinchera al poder: 1943, 1945 y el puente al peronismo

FORJA fue, durante años, una minoría tenaz que araba en el desierto. Pero la historia se aceleró. El 4 de junio de 1943, un golpe militar derrocó al fraudulento gobierno de Ramón Castillo y clausuró la Década Infame. FORJA leyó el momento con una declaración que mostraba su madurez política: el derrocamiento del régimen constituía la primera etapa de toda política de reconstrucción de la nacionalidad y de expresión auténtica de la soberanía. No era una adhesión al golpe: era el reconocimiento de que el ciclo del fraude había terminado y se abría una oportunidad.

En el seno de aquel gobierno militar, un coronel comenzó a impulsar desde la Secretaría de Trabajo una política que recogía, casi punto por punto, banderas que FORJA venía levantando desde hacía casi una década: soberanía económica, justicia social, nacionalización de los resortes clave. Ese coronel era Juan Domingo Perón. Y aquí se produjo el encuentro decisivo. Jauretche fue uno de los puentes: acercó a Perón la elaboración forjista, ese cuerpo de ideas trabajado en el sótano de Corrientes. Lo que FORJA había pensado como diagnóstico, el peronismo naciente empezaba a ejecutar como política de Estado.

FORJA no llegó al poder: el poder tomó a las ideas de FORJA. Los ferrocarriles, los teléfonos, los bancos, el comercio exterior, todo lo que el forjismo había denunciado como cadena, cayó eslabón por eslabón.

La consecuencia fue paradójica y noble a la vez. En octubre de 1945, tras el llamado a elecciones, FORJA declaró cumplidos sus objetivos y se disolvió. Sus militantes se dispersaron: la mayoría acompañó la candidatura de Perón, algunos —como Homero Manzi al principio— dudaron o tomaron otro camino. La agrupación se inmoló en su propio triunfo. Había nacido para forjar una conciencia y, cuando esa conciencia encontró un cauce político de masas, entendió que su tarea de catacumba había concluido. Scalabrini, fiel a su estilo, acompañó el proceso desde el periodismo y rechazó los cargos que se le ofrecieron: prefería seguir siendo la voz que señala antes que el funcionario que administra.

La herencia: ¿por qué FORJA es la semilla?

La línea que va de FORJA al pensamiento nacional de los sesenta y setenta no es una hipótesis: es una filiación directa y, en buena medida, biográfica. Jauretche, fundador de FORJA, fue el mismo que treinta años después desarmaba zonceras y escribía sobre el medio pelo. Hernández Arregui reivindicó explícitamente a FORJA en La formación de la conciencia nacional y tomó de Scalabrini la idea de que la cultura es el terreno donde se decide la dependencia. La categoría misma de colonización pedagógica, el método de leer el país como semicolonia, el vocabulario de la cuestión nacional, todo eso estaba ya en germen en aquellos cuadernos de los años treinta.

Por eso FORJA es la semilla y no apenas un antecedente. Demostró tres cosas que el pensamiento nacional posterior daría por sentadas. Primera: que un país puede ser formalmente independiente y materialmente colonial, y que reconocerlo es el comienzo de toda lucidez. Segunda: que la batalla cultural —la investigación, la denuncia documentada, la disputa por el sentido común— es inseparable de la batalla política. Tercera: que las ideas, cuando son verdaderas y encuentran su tiempo, pueden esperar en un sótano durante diez años y después gobernar un país.

En épocas oscuras —y la Década Infame lo fue— el aporte mayor de FORJA fue negarse a la resignación. Cuando todo invitaba a aceptar que la Argentina era lo que el régimen decía que era, un puñado de jóvenes se sentó en un sótano a probar lo contrario, con números y documentos. No tenían diarios, ni cátedras, ni votos. Tenían razón, y la paciencia de quien sabe que la razón, tarde o temprano, se abre camino. Medio siglo después, cuando el pensamiento nacional volvió a quedar a la intemperie, esa lección —la del taller que sigue golpeando el metal mientras afuera todo se derrumba— seguía siendo la primera que conviene recordar.

Pensar la nación, otra vez - Antonio Muñiz

 Capitulo 1. 

Por qué volver a Cooke, Jauretche, Hernández Arregui y Ramos en 2026

Este dossier reúne cuatro capítulos sobre un puñado de pensadores que, entre 1935 y 1976, escribieron buena parte del repertorio con el que la Argentina todavía discute consigo misma. No es un ejercicio de homenaje ni una cronología de efemérides. Es una pregunta práctica: qué de lo que pensaron los hombres de FORJA y, tras ellos, John William Cooke, Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui y Jorge Abelardo Ramos sigue sirviendo para entender el país que tenemos y el que podríamos construir.


La elección no es caprichosa ni nostálgica. Estos nombres pertenecen a una tradición —la del pensamiento nacional, la Izquierda Nacional, el revisionismo de posguerra— que se construyó a contramano de las modas intelectuales de su época y que, por eso mismo, supo ver lo que otros no veían. Esa tradición tiene una fecha de origen y un lugar preciso: 1935, en un sótano de la avenida Corrientes, donde un grupo de radicales jóvenes fundó la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina. Por eso el recorrido empieza por FORJA, la semilla sembrada en plena Década Infame de la que brotaría, tres décadas más tarde, todo lo demás. En un momento en que buena parte del repertorio dominante da por superadas las preguntas sobre la dependencia, la soberanía económica y el lugar de las mayorías, recuperar esa caja de herramientas no es mirar hacia atrás: es buscar instrumentos que el presente abandonó demasiado rápido.

¿Por qué ahora?

Hay coyunturas que reactivan ciertas lecturas. La Argentina de 2026 atraviesa un experimento de reducción estatal, apertura y disciplinamiento fiscal que se presenta a sí mismo como inevitable, científico, ajeno a toda discusión. Es precisamente el tipo de operación que estos autores aprendieron a desmontar. Jauretche llamó zonceras a esos dispositivos de sentido que colonizan la subjetividad, inhiben el pensamiento autónomo y hacen pasar por verdad natural lo que es decisión política. La pretensión de que no hay alternativa es, en sus términos, la zoncera madre del presente.



No se trata de aplicar mecánicamente categorías de los sesenta a los problemas de hoy. Esa sería, justamente, la clase de error que Ramos denunciaba cuando criticaba a quienes querían estampar la Sierra Maestra sobre realidades nacionales distintas. Se trata de algo más sutil: recuperar un método. La convicción de que un país semicolonial necesita pensarse con instrumentos propios, de que la cuestión nacional y la cuestión social son inseparables, y de que ninguna transformación se sostiene sin las grandes mayorías como protagonistas. Ese método no caducó. Cambiaron los actores, no la estructura del problema.

La pretensión de que no hay alternativa es la zoncera madre del presente. Desmontarla es la primera tarea de cualquier pensamiento nacional que aspire a serlo.

¿Qué enseña esta etapa?

CUATRO LECCIONES PARA EL PRESENTE

De la trayectoria de estos cuatro hombres y del ciclo que protagonizaron se desprenden lecciones que exceden su tiempo. No son recetas: son advertencias y orientaciones que el dossier desarrolla en detalle y que conviene anticipar.

Primera: la batalla cultural es batalla política

Hernández Arregui lo formuló con claridad: la superestructura cultural no es un adorno, es el terreno donde se libra el consentimiento. Quien controla el sentido común —qué es razonable, qué es utópico, qué historia se enseña— controla los límites de lo posible. Hoy, cuando el debate económico se presenta como técnica neutral y no como disputa de intereses, esa lección es más urgente que nunca. Pensar en nacional, antes que ninguna otra cosa, sigue siendo una decisión.

Segunda: el sujeto del cambio son las mayorías, no las vanguardias

 Ninguna transformación profunda se construye sustituyendo a las masas por una elite iluminada, sea armada o tecnocrática. La advertencia vale en los dos sentidos: contra el vanguardismo que cree poder prescindir del pueblo y contra el tecnocratismo que lo considera un obstáculo a gestionar. La política que dura es la que organiza, no la que tutela.



Tercera: tener razón no alcanza

La Izquierda Nacional caracterizó mejor que nadie a las masas peronistas y nunca pudo representarlas. Acertó en el diagnóstico y fracasó en la construcción. Es la lección más incómoda y la más fértil: la lucidez analítica sin enraizamiento real en la vida de la gente queda condenada a la marginalidad. El pensamiento que no se vuelve organización, territorio, instituciones, es un comentario brillante sobre una historia que otros escriben.

Cuarta: lealtad y lucidez crítica no se excluyen

Los cuatro acompañaron al movimiento nacional sin renunciar a discutirlo. Cooke apoyó y empujó; Jauretche fue leal a una posición antes que a una persona; Arregui aprobó y matizó; Ramos respaldó desde afuera y criticó sin asco. En tiempos de adhesiones automáticas y rechazos igual de automáticos, esa combinación de compromiso y franqueza es un patrimonio a recuperar. La obsecuencia no construye, y la crítica sin pertenencia tampoco.

Hacia adelante

Pensar el futuro desde estas coordenadas no es repetir consignas de otra época. Es preguntarse, con el mismo método y problemas nuevos, qué significa hoy soberanía cuando el poder se concentra en plataformas tecnológicas globales; qué significa desarrollo nacional cuando la industria se redefine entre la automatización y la transición energética; qué significa la cuestión social cuando el trabajo se fragmenta y precariza. Las respuestas de los sesenta no sirven copiadas. Las preguntas, formuladas con su rigor, siguen siendo las correctas.

Ahí está la apuesta de este dossier. No proponer a Cooke, Jauretche, Hernández Arregui y Ramos como oráculos, sino como interlocutores. Leerlos no para saber qué hubieran dicho, sino para aprender cómo pensaban: a contracorriente, con instrumentos propios, sin delegar la mirada en bibliotecas ajenas. Esa actitud —más que cualquier tesis particular— es la herencia viva. Y es, también, la condición de cualquier proyecto que aspire a que las mayorías argentinas dejen de administrar su subordinación para volver a disputar su destino.

No los leemos para saber qué hubieran dicho, sino para aprender cómo pensaban: a contracorriente, con instrumentos propios, sin delegar la mirada en bibliotecas ajenas.