EL PENSAMIENTO NACIONAL Y UNA HERENCIA QUE EXCEDE LOS NOMBRES PROPIOS
Por qué el pensamiento nacional argentino del siglo XX sigue siendo una caja de herramientas para pensar la Nación
Cada
tanto vuelve la tentación de resumir el pensamiento nacional argentino en una
galería de próceres: Cooke, Jauretche, Hernández Arregui, Ramos, algún nombre
más según el gusto de quien haga la lista. Es una simplificación cómoda y, por
eso mismo, engañosa. Reducir un proceso colectivo a un puñado de autores es
exactamente el tipo de operación que esos mismos pensadores denunciaban cuando
criticaban al liberalismo argentino por escribir la historia como sucesión de
individualidades iluminadas. El pensamiento nacional del siglo XX no fue la
obra de unos pocos intelectuales brillantes. Fue una tradición construida en
capas sucesivas, por corrientes que discreparon entre sí tanto como discreparon
con sus adversarios comunes, y que dejó una herencia mucho más extensa que
cualquiera de sus autores individuales.
Este
artículo se ocupa de esa herencia ampliada: de dónde viene, qué ejes atraviesan
cien años de producción heterogénea, y por qué —más allá de cualquier
nostalgia— rescatarla sigue siendo un instrumento necesario para pensar la
Nación en 2026.
Una
genealogía más larga que sus nombres propios
La
tradición nacional no nace con FORJA en 1935, aunque ese sótano de Corrientes
sea un punto de condensación decisivo. Tiene una prehistoria en el radicalismo
yrigoyenista, que fue la primera fuerza política argentina en plantear —de
manera todavía imprecisa, pero real— la incorporación de las mayorías populares
al régimen político y una sospecha instintiva sobre el poder de las
corporaciones extranjeras. De ahí en más, la genealogía se ramifica en
direcciones que conviene distinguir antes de buscar lo que tienen en común.
Está
el revisionismo histórico, con Manuel Gálvez, los hermanos Irazusta y Ernesto
Palacio a la cabeza, que reescribió la historia oficial mitrista para
devolverle centralidad a Rosas, a las autonomías provinciales y a la
resistencia frente a las potencias británica y francesa: una historia pensada
desde acá, no desde el atlas europeo.
Está
la elaboración doctrinaria del peronismo histórico, que sintetizó —con las
tensiones y ambigüedades propias de todo movimiento de masas— nacionalismo
popular, industrialización y ampliación de derechos sociales, y que hizo del
Estado un instrumento de decisión propia antes que un administrador de recetas
ajenas.
Está
el ensayismo de Raúl Scalabrini Ortiz, que unió erudición ferroviaria con una
prosa capaz de instalar en el sentido común la idea de la Argentina como
colonia informal del capital inglés. Y está, más acá en el tiempo, la
reelaboración que hicieron de todo eso las generaciones setentistas, con sus
aciertos, sus tragedias y sus saldos abiertos. La economía estructuralista de
Prebisch, Diamand o Ferrer forma parte de este mapa —le puso números y
mecanismos al diagnóstico de la dependencia— pero es una pieza entre varias, no
la matriz que explica a las demás: el pensamiento nacional fue, ante todo, una
postura sobre desde dónde se piensa, no una escuela económica.
A
esto hay que sumarle el plano que quizás mejor explica por qué esta tradición
prendió tan hondo: la cultura popular. El tango de Discépolo y Manzi, el
folklore de los años cuarenta y cincuenta, buena parte del cine y la literatura
de la época, difundieron en clave sensible lo que el ensayo formulaba en clave
conceptual. Ahí está, en realidad, el núcleo de todo: la zoncera, en el sentido
de Jauretche, no se combate solamente con contraargumentos técnicos —se combate
con otra sensibilidad, otra manera de nombrarse a sí mismo. Un país que no
produce su propia música, su propia narrativa, su propio humor sobre lo que le
pasa, termina pensándose con las palabras que le prestan otros. Esa dimensión
estética y afectiva no es un anexo decorativo de la tradición nacional: es,
junto con la política, su terreno principal.
El pensamiento nacional no fue, ante todo, una escuela
económica: fue una postura sobre desde dónde se piensa. Una conversación de un
siglo entre historiadores, militantes y artistas que discreparon en casi todo
salvo en una convicción de fondo —la Argentina no podía pensarse con categorías
importadas, tenía que construir las propias.
Los
ejes que atraviesan el siglo
Más
allá de esta diversidad de registros y de las diferencias —a veces
irreconciliables— entre sus protagonistas, es posible identificar un núcleo de
problemas comunes que la tradición nacional formuló una y otra vez, con
vocabularios distintos según la época.
El
primero, y el que ordena a todos los demás, es la convicción de que la
Argentina tiene que pensarse desde sí misma. No se trata de un reflejo
antiintelectual ni de un rechazo a las ideas venidas de afuera: se trata de
negarse a aplicar sobre un país semicolonial, sin traducción ni crítica, los
diagnósticos y las recetas elaboradas para resolver los problemas de otros
países, en otras condiciones históricas. Del revisionismo al peronismo, de
Scalabrini a la Izquierda Nacional, la operación de fondo es siempre la misma:
mirar la realidad propia con ojos propios antes de preguntar qué manual
extranjero corresponde aplicarle. Un pensamiento situado, no un pensamiento
importado —esa es, más que cualquier tesis puntual, la marca de fábrica de la
tradición nacional.
El
segundo es que la batalla cultural es, ella misma, batalla política, y no su
antesala ni su decoración. Hernández Arregui lo formuló con crudeza: quien
controla el sentido común —qué es razonable, qué es utópico, qué historia se
enseña, qué modelo de país se da por sentado— controla de antemano los límites
de lo que la política puede discutir. No hace falta ganar una elección para
perder un país: alcanza con perder la disputa por las palabras con las que ese
país se piensa a sí mismo. Por eso la tradición nacional invirtió tanto en
historia, en lengua, en símbolos, en relato, con la misma seriedad con que
invirtió en economía: sabía que ningún programa sobrevive si el terreno
cultural en el que debería sostenerse ya fue conquistado por el adversario.
El
tercero es la inseparabilidad entre la cuestión nacional y la cuestión social.
Frente a un liberalismo que trataba ambas cuestiones como asuntos distintos —la
primera, de política exterior; la segunda, de política social— la tradición
nacional insistió en que no hay soberanía posible sin distribución del ingreso,
ni justicia social sostenible sin capacidad de decisión autónoma sobre los
resortes del país. Esa fusión, que hoy puede sonar obvia, fue en su momento una
ruptura con el sentido común de las élites ilustradas argentinas, que solían
pensar ambas cuestiones —cuando las pensaban— por separado y con manuales
distintos.
El
cuarto es la centralidad de las mayorías y el pueblo organizado como sujeto del
cambio, y la consiguiente sospecha frente a cualquier variante de vanguardismo,
sea armado o tecnocrático. La experiencia argentina del siglo XX —de FORJA al
peronismo, de la Resistencia a los intentos guerrilleros de los setenta— dejó
una lección dolorosamente aprendida: ninguna transformación que prescinda de la
organización popular real se sostiene en el tiempo, por más correcto que sea su
diagnóstico, y menos si ese diagnóstico fue copiado de otra experiencia sin
preguntarse si acá servía.
El
quinto, menos citado pero igual de decisivo, es la tensión permanente entre
lealtad política y lucidez crítica. La tradición nacional no fue una escuela de
obsecuencia. Sus mejores exponentes acompañaron al movimiento popular sin
renunciar a discutirlo puertas adentro, y esa combinación —compromiso sin
genuflexión— es quizás el rasgo más difícil de sostener y más urgente de
recuperar en un presente de adhesiones automáticas.
Por
qué esta herencia importa en 2026
La
Argentina atraviesa hoy un experimento de apertura comercial y financiera,
reducción del Estado y disciplinamiento fiscal que se presenta, una vez más,
como la única alternativa racional frente a décadas de supuesto populismo
irresponsable. Es exactamente el tipo de relato que la tradición nacional
entrenó durante un siglo para desarmar: no negando la existencia de problemas
reales —inflación, déficit, ineficiencias del Estado— sino cuestionando la
pretensión de que solo hay una manera de resolverlos y de que esa manera es
ajena a toda decisión política.
La
batalla cultural, en particular, se libra hoy con una intensidad que quizás ni
Hernández Arregui pudo anticipar. La zoncera contemporánea no necesita sótanos
radicales ni panfletos mimeografiados: circula en redes sociales, en informes
de consultoras, en la gramática de la eficiencia, el mérito individual y el
emprendedorismo, con la misma función que cumplían las zonceras de 1935
—presentar como sentido común universal, incuestionable, lo que en rigor es un
interés particular travestido de verdad técnica. Disputar ese sentido común,
palabra por palabra, relato por relato, no es una tarea accesoria de la
política: es, otra vez, la política misma.
Ese
mismo criterio —pensar desde acá, no importar recetas— es el que debería
aplicarse a los problemas materiales del presente: qué estructura productiva,
qué inserción internacional, qué matriz energética y qué modelo de trabajo
necesita la Argentina no son preguntas que se respondan copiando un manual, sea
el del ajuste ortodoxo o el de cualquier heterodoxia importada sin beneficio de
inventario. La tradición nacional no legó fórmulas cerradas para el 2026
—ninguna tradición las tiene—, legó el hábito de desconfiar de las respuestas
que llegan ya elaboradas desde afuera y de construir, con datos y con historia
propia, las que hacen falta acá.
Algo
equivalente ocurre con la cuestión social. El trabajo se fragmenta, se
precariza, se automatiza a un ritmo que ningún autor del siglo XX pudo prever
en sus términos actuales. Pero la convicción de que no hay proyecto nacional
viable sin una distribución del ingreso que incluya a las mayorías sigue
siendo, si acaso, más urgente que en 1945 o en 1973, precisamente porque las
tecnologías de exclusión son hoy más sofisticadas —y más difíciles de nombrar—
que entonces.
No se trata de repetir consignas de otra época sino de
sostener, con problemas nuevos, la misma actitud de fondo: pensar la Nación
desde nosotros, disputar el sentido común palabra por palabra, y construir las
propias recetas en lugar de importar las ajenas.
Recuperar
esta herencia no significa convertirla en dogma ni tratar a sus autores como si
hubieran resuelto de antemano los problemas del presente. Sería, otra vez, la
zoncera de creer que hay un texto sagrado capaz de explicarlo todo —o, peor,
cambiar una receta importada por otra, con otra bandera. Significa, más
modestamente, sostener una actitud: pensar la Argentina desde sí misma antes
que desde el manual de turno, sea el de la ortodoxia o el de cualquier
heterodoxia de manual; dar la batalla cultural con la misma convicción con que
se da la batalla política, porque son la misma batalla; y construir las propias
recetas, con los propios datos y la propia historia, en lugar de importarlas ya
hechas.
Esa
actitud —más que cualquiera de sus conclusiones particulares— es la herencia
viva del pensamiento nacional argentino. Un siglo de autores que discreparon
entre sí en casi todo dejó, sin proponérselo, algo más valioso que un
recetario: dejó el hábito de pensarse desde acá. Setenta, ochenta, noventa años
después, esa actitud —más que ninguna fórmula concreta— es la que la Argentina
necesita volver a ejercitar.
Equipo de Redacción — DATA Política y Económica

No hay comentarios:
Publicar un comentario