PENSAR LA NACION . ANTONIO MUÑIZ

 EL PENSAMIENTO NACIONAL Y UNA HERENCIA QUE EXCEDE LOS NOMBRES PROPIOS

Por qué el pensamiento nacional argentino del siglo XX sigue siendo una caja de herramientas para pensar la Nación

Cada tanto vuelve la tentación de resumir el pensamiento nacional argentino en una galería de próceres: Cooke, Jauretche, Hernández Arregui, Ramos, algún nombre más según el gusto de quien haga la lista. Es una simplificación cómoda y, por eso mismo, engañosa. Reducir un proceso colectivo a un puñado de autores es exactamente el tipo de operación que esos mismos pensadores denunciaban cuando criticaban al liberalismo argentino por escribir la historia como sucesión de individualidades iluminadas. El pensamiento nacional del siglo XX no fue la obra de unos pocos intelectuales brillantes. Fue una tradición construida en capas sucesivas, por corrientes que discreparon entre sí tanto como discreparon con sus adversarios comunes, y que dejó una herencia mucho más extensa que cualquiera de sus autores individuales.

Este artículo se ocupa de esa herencia ampliada: de dónde viene, qué ejes atraviesan cien años de producción heterogénea, y por qué —más allá de cualquier nostalgia— rescatarla sigue siendo un instrumento necesario para pensar la Nación en 2026.

Una genealogía más larga que sus nombres propios

La tradición nacional no nace con FORJA en 1935, aunque ese sótano de Corrientes sea un punto de condensación decisivo. Tiene una prehistoria en el radicalismo yrigoyenista, que fue la primera fuerza política argentina en plantear —de manera todavía imprecisa, pero real— la incorporación de las mayorías populares al régimen político y una sospecha instintiva sobre el poder de las corporaciones extranjeras. De ahí en más, la genealogía se ramifica en direcciones que conviene distinguir antes de buscar lo que tienen en común.

Está el revisionismo histórico, con Manuel Gálvez, los hermanos Irazusta y Ernesto Palacio a la cabeza, que reescribió la historia oficial mitrista para devolverle centralidad a Rosas, a las autonomías provinciales y a la resistencia frente a las potencias británica y francesa: una historia pensada desde acá, no desde el atlas europeo.



Está la elaboración doctrinaria del peronismo histórico, que sintetizó —con las tensiones y ambigüedades propias de todo movimiento de masas— nacionalismo popular, industrialización y ampliación de derechos sociales, y que hizo del Estado un instrumento de decisión propia antes que un administrador de recetas ajenas.

Está el ensayismo de Raúl Scalabrini Ortiz, que unió erudición ferroviaria con una prosa capaz de instalar en el sentido común la idea de la Argentina como colonia informal del capital inglés. Y está, más acá en el tiempo, la reelaboración que hicieron de todo eso las generaciones setentistas, con sus aciertos, sus tragedias y sus saldos abiertos. La economía estructuralista de Prebisch, Diamand o Ferrer forma parte de este mapa —le puso números y mecanismos al diagnóstico de la dependencia— pero es una pieza entre varias, no la matriz que explica a las demás: el pensamiento nacional fue, ante todo, una postura sobre desde dónde se piensa, no una escuela económica.

A esto hay que sumarle el plano que quizás mejor explica por qué esta tradición prendió tan hondo: la cultura popular. El tango de Discépolo y Manzi, el folklore de los años cuarenta y cincuenta, buena parte del cine y la literatura de la época, difundieron en clave sensible lo que el ensayo formulaba en clave conceptual. Ahí está, en realidad, el núcleo de todo: la zoncera, en el sentido de Jauretche, no se combate solamente con contraargumentos técnicos —se combate con otra sensibilidad, otra manera de nombrarse a sí mismo. Un país que no produce su propia música, su propia narrativa, su propio humor sobre lo que le pasa, termina pensándose con las palabras que le prestan otros. Esa dimensión estética y afectiva no es un anexo decorativo de la tradición nacional: es, junto con la política, su terreno principal.

El pensamiento nacional no fue, ante todo, una escuela económica: fue una postura sobre desde dónde se piensa. Una conversación de un siglo entre historiadores, militantes y artistas que discreparon en casi todo salvo en una convicción de fondo —la Argentina no podía pensarse con categorías importadas, tenía que construir las propias.

Los ejes que atraviesan el siglo

Más allá de esta diversidad de registros y de las diferencias —a veces irreconciliables— entre sus protagonistas, es posible identificar un núcleo de problemas comunes que la tradición nacional formuló una y otra vez, con vocabularios distintos según la época.

El primero, y el que ordena a todos los demás, es la convicción de que la Argentina tiene que pensarse desde sí misma. No se trata de un reflejo antiintelectual ni de un rechazo a las ideas venidas de afuera: se trata de negarse a aplicar sobre un país semicolonial, sin traducción ni crítica, los diagnósticos y las recetas elaboradas para resolver los problemas de otros países, en otras condiciones históricas. Del revisionismo al peronismo, de Scalabrini a la Izquierda Nacional, la operación de fondo es siempre la misma: mirar la realidad propia con ojos propios antes de preguntar qué manual extranjero corresponde aplicarle. Un pensamiento situado, no un pensamiento importado —esa es, más que cualquier tesis puntual, la marca de fábrica de la tradición nacional.

El segundo es que la batalla cultural es, ella misma, batalla política, y no su antesala ni su decoración. Hernández Arregui lo formuló con crudeza: quien controla el sentido común —qué es razonable, qué es utópico, qué historia se enseña, qué modelo de país se da por sentado— controla de antemano los límites de lo que la política puede discutir. No hace falta ganar una elección para perder un país: alcanza con perder la disputa por las palabras con las que ese país se piensa a sí mismo. Por eso la tradición nacional invirtió tanto en historia, en lengua, en símbolos, en relato, con la misma seriedad con que invirtió en economía: sabía que ningún programa sobrevive si el terreno cultural en el que debería sostenerse ya fue conquistado por el adversario.

El tercero es la inseparabilidad entre la cuestión nacional y la cuestión social. Frente a un liberalismo que trataba ambas cuestiones como asuntos distintos —la primera, de política exterior; la segunda, de política social— la tradición nacional insistió en que no hay soberanía posible sin distribución del ingreso, ni justicia social sostenible sin capacidad de decisión autónoma sobre los resortes del país. Esa fusión, que hoy puede sonar obvia, fue en su momento una ruptura con el sentido común de las élites ilustradas argentinas, que solían pensar ambas cuestiones —cuando las pensaban— por separado y con manuales distintos.

El cuarto es la centralidad de las mayorías y el pueblo organizado como sujeto del cambio, y la consiguiente sospecha frente a cualquier variante de vanguardismo, sea armado o tecnocrático. La experiencia argentina del siglo XX —de FORJA al peronismo, de la Resistencia a los intentos guerrilleros de los setenta— dejó una lección dolorosamente aprendida: ninguna transformación que prescinda de la organización popular real se sostiene en el tiempo, por más correcto que sea su diagnóstico, y menos si ese diagnóstico fue copiado de otra experiencia sin preguntarse si acá servía.

El quinto, menos citado pero igual de decisivo, es la tensión permanente entre lealtad política y lucidez crítica. La tradición nacional no fue una escuela de obsecuencia. Sus mejores exponentes acompañaron al movimiento popular sin renunciar a discutirlo puertas adentro, y esa combinación —compromiso sin genuflexión— es quizás el rasgo más difícil de sostener y más urgente de recuperar en un presente de adhesiones automáticas.

Por qué esta herencia importa en 2026

La Argentina atraviesa hoy un experimento de apertura comercial y financiera, reducción del Estado y disciplinamiento fiscal que se presenta, una vez más, como la única alternativa racional frente a décadas de supuesto populismo irresponsable. Es exactamente el tipo de relato que la tradición nacional entrenó durante un siglo para desarmar: no negando la existencia de problemas reales —inflación, déficit, ineficiencias del Estado— sino cuestionando la pretensión de que solo hay una manera de resolverlos y de que esa manera es ajena a toda decisión política.

La batalla cultural, en particular, se libra hoy con una intensidad que quizás ni Hernández Arregui pudo anticipar. La zoncera contemporánea no necesita sótanos radicales ni panfletos mimeografiados: circula en redes sociales, en informes de consultoras, en la gramática de la eficiencia, el mérito individual y el emprendedorismo, con la misma función que cumplían las zonceras de 1935 —presentar como sentido común universal, incuestionable, lo que en rigor es un interés particular travestido de verdad técnica. Disputar ese sentido común, palabra por palabra, relato por relato, no es una tarea accesoria de la política: es, otra vez, la política misma.

Ese mismo criterio —pensar desde acá, no importar recetas— es el que debería aplicarse a los problemas materiales del presente: qué estructura productiva, qué inserción internacional, qué matriz energética y qué modelo de trabajo necesita la Argentina no son preguntas que se respondan copiando un manual, sea el del ajuste ortodoxo o el de cualquier heterodoxia importada sin beneficio de inventario. La tradición nacional no legó fórmulas cerradas para el 2026 —ninguna tradición las tiene—, legó el hábito de desconfiar de las respuestas que llegan ya elaboradas desde afuera y de construir, con datos y con historia propia, las que hacen falta acá.

Algo equivalente ocurre con la cuestión social. El trabajo se fragmenta, se precariza, se automatiza a un ritmo que ningún autor del siglo XX pudo prever en sus términos actuales. Pero la convicción de que no hay proyecto nacional viable sin una distribución del ingreso que incluya a las mayorías sigue siendo, si acaso, más urgente que en 1945 o en 1973, precisamente porque las tecnologías de exclusión son hoy más sofisticadas —y más difíciles de nombrar— que entonces.

No se trata de repetir consignas de otra época sino de sostener, con problemas nuevos, la misma actitud de fondo: pensar la Nación desde nosotros, disputar el sentido común palabra por palabra, y construir las propias recetas en lugar de importar las ajenas.


Rescatar sin embalsamar

Recuperar esta herencia no significa convertirla en dogma ni tratar a sus autores como si hubieran resuelto de antemano los problemas del presente. Sería, otra vez, la zoncera de creer que hay un texto sagrado capaz de explicarlo todo —o, peor, cambiar una receta importada por otra, con otra bandera. Significa, más modestamente, sostener una actitud: pensar la Argentina desde sí misma antes que desde el manual de turno, sea el de la ortodoxia o el de cualquier heterodoxia de manual; dar la batalla cultural con la misma convicción con que se da la batalla política, porque son la misma batalla; y construir las propias recetas, con los propios datos y la propia historia, en lugar de importarlas ya hechas.

Esa actitud —más que cualquiera de sus conclusiones particulares— es la herencia viva del pensamiento nacional argentino. Un siglo de autores que discreparon entre sí en casi todo dejó, sin proponérselo, algo más valioso que un recetario: dejó el hábito de pensarse desde acá. Setenta, ochenta, noventa años después, esa actitud —más que ninguna fórmula concreta— es la que la Argentina necesita volver a ejercitar.

Equipo de Redacción — DATA Política y Económica

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