El sótano de la calle Corrientes - Antonio Muñiz

 Capitulo 2

FORJA y la forja de la conciencia nacional en los años de la Década Infame

 

Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba. Pero del fuego y del golpe sale la herramienta. De ese fuego, en el peor de los tiempos argentinos, salió una manera de pensar el país.

A propósito del nombre que Yrigoyen inspiró

Hay semillas que germinan lejos del lugar donde fueron sembradas. Las otras entregas de este dossier recorren el pensamiento nacional de los años sesenta y setenta, y conviene volver sobre su origen, porque casi todo lo que Jauretche, Hernández Arregui y Ramos pensaron en la madurez tiene una raíz común y un mismo subsuelo: un sótano de la avenida Corrientes donde, en plena Década Infame, un puñado de radicales jóvenes se propuso lo que parecía imposible. Pensar la Argentina con ojos argentinos.

Esa agrupación se llamó Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, y todo el mundo la conoció por su sigla, que no era casual. FORJA: el taller donde el metal se calienta hasta volverse maleable y el golpe lo convierte en herramienta. El nombre venía de una frase de Hipólito Yrigoyen —«todo taller de forja parece un mundo que se derrumba»— y describía con exactitud el momento. Todo se derrumbaba. De ese derrumbe esta gente decidió sacar una herramienta.

El país que encontraron

Para medir lo que significó FORJA hay que recordar contra qué nació. El 6 de septiembre de 1930, el golpe del general Uriburu derrocó al gobierno constitucional de Yrigoyen e inauguró lo que la historia argentina conoce como la Década Infame: una etapa de fraude electoral sistemático, persecución política y subordinación económica que se extendió hasta 1943. El régimen que gobernó esos años hizo del fraude una técnica de Estado y de la entrega del patrimonio nacional una política deliberada.


El emblema de esa entrega fue el Pacto Roca-Runciman de 1933, por el cual la Argentina garantizó al Reino Unido condiciones comerciales y financieras a cambio de una cuota en el mercado de carnes, en términos que el vicepresidente Julio Argentino Roca hijo resumió con una frase célebre por su servilismo: que la Argentina era, por su interdependencia recíproca, una parte integrante del Imperio británico. Los ferrocarriles ingleses organizaban el territorio como una tela de araña tendida hacia el puerto, los empréstitos drenaban la riqueza por el interés compuesto, la banca extranjera manejaba el crédito. Era, en sentido estricto, una semicolonia próspera para pocos y muda para el resto.

El fraude no era un accidente del sistema: era el sistema. Y la entrega económica no era una torpeza: era un programa. Contra esas dos certezas se levantó FORJA.

La fundación: volver a Yrigoyen para ir más lejos

29 DE JUNIO DE 1935

A las seis menos cuarto de la tarde del 29 de junio de 1935, en Buenos Aires, ciento trece radicales firmaron el acta de nacimiento de FORJA. Entre ellos estaban Arturo Jauretche, Manuel Ortiz Pereyra, Gabriel del Mazo, Homero Manzi, Luis Dellepiane, Atilio García Mellid, Jorge del Río y Juan B. Fleitas. Casi todos venían del riñón del radicalismo y compartían una misma incomodidad: el partido de Yrigoyen, tras la muerte del caudillo en 1933, había abandonado la abstención electoral y se acomodaba al juego del régimen, renunciando a lo que ellos consideraban su misión emancipadora.

La operación inicial de FORJA fue, en apariencia, conservadora: volver a Yrigoyen. Gabriel del Mazo se dedicó a ordenar el pensamiento yrigoyenista en un cuerpo de doctrina, a rescatar al viejo líder del olvido al que lo condenaban tanto la oligarquía como la nueva conducción radical. Pero ese regreso era, en verdad, un salto hacia adelante. Bajo la forma de la fidelidad al fundador, los forjistas introdujeron una reinterpretación que desbordaba al radicalismo: separaron lo democrático de lo electoral, sostuvieron que una fuerza podía ser democrática y a la vez negarse a legitimar comicios fraudulentos, y empezaron a pensar el problema argentino no como una cuestión de buenos o malos gobernantes sino como una estructura de dependencia.

La declaración aprobada en aquella asamblea constituyente lo decía sin rodeos: en la Unión Cívica Radical recaía la tarea de emancipar al pueblo argentino, y para ello era necesario, antes que nada, emanciparlo en el orden económico. El deber de los jóvenes consistía en organizarse y terminar con el mandato de quienes conducían ilegítimamente el radicalismo, para que el movimiento retomara su orientación originaria. Era una crítica interna que apuntaba, sin saberlo todavía del todo, mucho más allá del partido.

La consigna y los cuadernos

«SOMOS UNA ARGENTINA COLONIAL, QUEREMOS SER UNA ARGENTINA LIBRE»

Si una frase condensa el aporte de FORJA, es la que llevó como bandera: «Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre». En esas pocas palabras había una revolución conceptual. Nombrar al país como colonia —en un tiempo en que la Argentina se pensaba a sí misma como el granero del mundo y una joven potencia próspera— era romper el espejo. La prosperidad existía, pero era la de una factoría: riqueza barata embarcada hacia la metrópoli, mercado cautivo para la manufactura importada, soberanía hipotecada al interés compuesto.

FORJA tuvo escasa gravitación en la interna partidaria y casi ninguna en las urnas. Su fuerza fue otra: la investigación y la difusión. La agrupación funcionaba en un viejo sótano de la avenida Corrientes al 1200 y reunía a unos doscientos jóvenes, en buena parte de clase media. Desde allí produjo conferencias y, sobre todo, los célebres Cuadernos de FORJA: investigaciones político-económicas que desmontaban, pieza por pieza, los mecanismos del neocolonialismo. Los ferrocarriles, el petróleo, los empréstitos, el Banco Central, el transporte, la coordinación de cargas: cada negociado tuvo su cuaderno, su conferencia, su denuncia documentada.

No alcanzaba con tener razón: había que probarla con números, escrituras y contratos. Los Cuadernos de FORJA fueron el peritaje contable de la dependencia argentina.

Contra ellos cayó lo que Scalabrini Ortiz llamó el boicot del silencio: la gran prensa, la academia, los partidos, todo el aparato que el forjismo identificaba como la superestructura cultural del imperio, los ignoraba o los caricaturizaba. Se los acusó, a la vez y de manera contradictoria, de marxistas, de nazis y de agentes norteamericanos. Ellos respondían que ni conservadores, ni socialistas, ni comunistas, ni fascistas se animaban a decirle al pueblo la verdad sobre la tragedia que vivía la patria. Desde las catacumbas, en sus propias palabras, iban forjando la conciencia nacional.

Scalabrini Ortiz: el fiscal de la entrega

LA TELA DE ARAÑA METÁLICA

Aunque no estuvo entre los fundadores y se vinculó a la agrupación poco después, Raúl Scalabrini Ortiz fue el cerebro investigador de FORJA y el que le dio densidad documental a su prédica. Correntino, autor en 1931 de un ensayo célebre sobre el porteño —El hombre que está solo y espera—, viró hacia la economía política con una pregunta obsesiva: dónde estaba exactamente el nudo de la dependencia argentina. Su respuesta fue precisa, y la convirtió en programa de investigación: el ferrocarril.

Para Scalabrini, los rieles tendidos por el capital británico eran una inmensa tela de araña metálica donde estaba aprisionada la República. No era una metáfora: era una descripción técnica. El trazado en abanico hacia el puerto de Buenos Aires organizaba la economía para extraer materias primas baratas y, mediante las tarifas diferenciales, asfixiaba todo intento industrial en el interior, asegurando la colocación de la manufactura importada. Su Historia de los Ferrocarriles Argentinos y su Política británica en el Río de la Plata fueron, más que libros de historia, instrumentos de combate: la prueba escrita de cómo se había construido la semicolonia.



Scalabrini agregó además una reflexión sobre el papel de la prensa que conserva una vigencia incómoda. Sostenía que el periodismo dominante era el arma más eficaz de la dominación, un estilete que hería sin dejar huella, porque el diario se volvía después mantel o envoltorio pero dejaba en el lector desprevenido un sedimento. La batalla, entendió antes que muchos, no se libraba solo en la economía: se libraba en la cabeza de la gente.

De la trinchera al poder: 1943, 1945 y el puente al peronismo

FORJA fue, durante años, una minoría tenaz que araba en el desierto. Pero la historia se aceleró. El 4 de junio de 1943, un golpe militar derrocó al fraudulento gobierno de Ramón Castillo y clausuró la Década Infame. FORJA leyó el momento con una declaración que mostraba su madurez política: el derrocamiento del régimen constituía la primera etapa de toda política de reconstrucción de la nacionalidad y de expresión auténtica de la soberanía. No era una adhesión al golpe: era el reconocimiento de que el ciclo del fraude había terminado y se abría una oportunidad.

En el seno de aquel gobierno militar, un coronel comenzó a impulsar desde la Secretaría de Trabajo una política que recogía, casi punto por punto, banderas que FORJA venía levantando desde hacía casi una década: soberanía económica, justicia social, nacionalización de los resortes clave. Ese coronel era Juan Domingo Perón. Y aquí se produjo el encuentro decisivo. Jauretche fue uno de los puentes: acercó a Perón la elaboración forjista, ese cuerpo de ideas trabajado en el sótano de Corrientes. Lo que FORJA había pensado como diagnóstico, el peronismo naciente empezaba a ejecutar como política de Estado.

FORJA no llegó al poder: el poder tomó a las ideas de FORJA. Los ferrocarriles, los teléfonos, los bancos, el comercio exterior, todo lo que el forjismo había denunciado como cadena, cayó eslabón por eslabón.

La consecuencia fue paradójica y noble a la vez. En octubre de 1945, tras el llamado a elecciones, FORJA declaró cumplidos sus objetivos y se disolvió. Sus militantes se dispersaron: la mayoría acompañó la candidatura de Perón, algunos —como Homero Manzi al principio— dudaron o tomaron otro camino. La agrupación se inmoló en su propio triunfo. Había nacido para forjar una conciencia y, cuando esa conciencia encontró un cauce político de masas, entendió que su tarea de catacumba había concluido. Scalabrini, fiel a su estilo, acompañó el proceso desde el periodismo y rechazó los cargos que se le ofrecieron: prefería seguir siendo la voz que señala antes que el funcionario que administra.

La herencia: ¿por qué FORJA es la semilla?

La línea que va de FORJA al pensamiento nacional de los sesenta y setenta no es una hipótesis: es una filiación directa y, en buena medida, biográfica. Jauretche, fundador de FORJA, fue el mismo que treinta años después desarmaba zonceras y escribía sobre el medio pelo. Hernández Arregui reivindicó explícitamente a FORJA en La formación de la conciencia nacional y tomó de Scalabrini la idea de que la cultura es el terreno donde se decide la dependencia. La categoría misma de colonización pedagógica, el método de leer el país como semicolonia, el vocabulario de la cuestión nacional, todo eso estaba ya en germen en aquellos cuadernos de los años treinta.

Por eso FORJA es la semilla y no apenas un antecedente. Demostró tres cosas que el pensamiento nacional posterior daría por sentadas. Primera: que un país puede ser formalmente independiente y materialmente colonial, y que reconocerlo es el comienzo de toda lucidez. Segunda: que la batalla cultural —la investigación, la denuncia documentada, la disputa por el sentido común— es inseparable de la batalla política. Tercera: que las ideas, cuando son verdaderas y encuentran su tiempo, pueden esperar en un sótano durante diez años y después gobernar un país.

En épocas oscuras —y la Década Infame lo fue— el aporte mayor de FORJA fue negarse a la resignación. Cuando todo invitaba a aceptar que la Argentina era lo que el régimen decía que era, un puñado de jóvenes se sentó en un sótano a probar lo contrario, con números y documentos. No tenían diarios, ni cátedras, ni votos. Tenían razón, y la paciencia de quien sabe que la razón, tarde o temprano, se abre camino. Medio siglo después, cuando el pensamiento nacional volvió a quedar a la intemperie, esa lección —la del taller que sigue golpeando el metal mientras afuera todo se derrumba— seguía siendo la primera que conviene recordar.

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