Capitulo 1.
Por qué volver a Cooke, Jauretche, Hernández Arregui y Ramos en 2026
Este dossier reúne cuatro capítulos sobre un puñado de pensadores que,
entre 1935 y 1976, escribieron buena parte del repertorio con el que la
Argentina todavía discute consigo misma. No es un ejercicio de homenaje ni una
cronología de efemérides. Es una pregunta práctica: qué de lo que pensaron los
hombres de FORJA y, tras ellos, John William Cooke, Arturo Jauretche, Juan José
Hernández Arregui y Jorge Abelardo Ramos sigue sirviendo para entender el país
que tenemos y el que podríamos construir.
La elección no es caprichosa ni nostálgica. Estos nombres pertenecen a
una tradición —la del pensamiento nacional, la Izquierda Nacional, el
revisionismo de posguerra— que se construyó a contramano de las modas
intelectuales de su época y que, por eso mismo, supo ver lo que otros no veían.
Esa tradición tiene una fecha de origen y un lugar preciso: 1935, en un sótano
de la avenida Corrientes, donde un grupo de radicales jóvenes fundó la Fuerza
de Orientación Radical de la Joven Argentina. Por eso el recorrido empieza por
FORJA, la semilla sembrada en plena Década Infame de la que brotaría, tres
décadas más tarde, todo lo demás. En un momento en que buena parte del
repertorio dominante da por superadas las preguntas sobre la dependencia, la
soberanía económica y el lugar de las mayorías, recuperar esa caja de
herramientas no es mirar hacia atrás: es buscar instrumentos que el presente
abandonó demasiado rápido.
¿Por qué ahora?
Hay coyunturas que reactivan ciertas lecturas. La Argentina de 2026
atraviesa un experimento de reducción estatal, apertura y disciplinamiento
fiscal que se presenta a sí mismo como inevitable, científico, ajeno a toda
discusión. Es precisamente el tipo de operación que estos autores aprendieron a
desmontar. Jauretche llamó zonceras a esos dispositivos de sentido que
colonizan la subjetividad, inhiben el pensamiento autónomo y hacen pasar por
verdad natural lo que es decisión política. La pretensión de que no hay
alternativa es, en sus términos, la zoncera madre del presente.
No se trata de aplicar mecánicamente categorías de los sesenta a los
problemas de hoy. Esa sería, justamente, la clase de error que Ramos denunciaba
cuando criticaba a quienes querían estampar la Sierra Maestra sobre realidades
nacionales distintas. Se trata de algo más sutil: recuperar un método. La
convicción de que un país semicolonial necesita pensarse con instrumentos
propios, de que la cuestión nacional y la cuestión social son inseparables, y
de que ninguna transformación se sostiene sin las grandes mayorías como
protagonistas. Ese método no caducó. Cambiaron los actores, no la estructura
del problema.
La pretensión de que no hay alternativa es la
zoncera madre del presente. Desmontarla es la primera tarea de cualquier
pensamiento nacional que aspire a serlo.
¿Qué enseña esta etapa?
CUATRO LECCIONES PARA EL PRESENTE
De la trayectoria de estos cuatro hombres y del ciclo que protagonizaron
se desprenden lecciones que exceden su tiempo. No son recetas: son advertencias
y orientaciones que el dossier desarrolla en detalle y que conviene anticipar.
Primera: la batalla cultural es batalla política
Hernández Arregui lo formuló con claridad: la superestructura cultural no
es un adorno, es el terreno donde se libra el consentimiento. Quien controla el
sentido común —qué es razonable, qué es utópico, qué historia se enseña—
controla los límites de lo posible. Hoy, cuando el debate económico se presenta
como técnica neutral y no como disputa de intereses, esa lección es más urgente
que nunca. Pensar en nacional, antes que ninguna otra cosa, sigue siendo una
decisión.
Segunda: el sujeto del cambio son las mayorías, no las vanguardias
Ninguna transformación profunda se construye sustituyendo a las masas por una
elite iluminada, sea armada o tecnocrática. La advertencia vale en los dos
sentidos: contra el vanguardismo que cree poder prescindir del pueblo y contra
el tecnocratismo que lo considera un obstáculo a gestionar. La política que
dura es la que organiza, no la que tutela.
Tercera: tener razón no alcanza
La Izquierda Nacional caracterizó mejor que nadie a las masas peronistas
y nunca pudo representarlas. Acertó en el diagnóstico y fracasó en la
construcción. Es la lección más incómoda y la más fértil: la lucidez analítica
sin enraizamiento real en la vida de la gente queda condenada a la
marginalidad. El pensamiento que no se vuelve organización, territorio,
instituciones, es un comentario brillante sobre una historia que otros
escriben.
Cuarta: lealtad y lucidez crítica no se excluyen
Los cuatro acompañaron al movimiento nacional sin renunciar a discutirlo.
Cooke apoyó y empujó; Jauretche fue leal a una posición antes que a una
persona; Arregui aprobó y matizó; Ramos respaldó desde afuera y criticó sin
asco. En tiempos de adhesiones automáticas y rechazos igual de automáticos, esa
combinación de compromiso y franqueza es un patrimonio a recuperar. La
obsecuencia no construye, y la crítica sin pertenencia tampoco.
Hacia adelante
Pensar el futuro desde estas coordenadas no es repetir consignas de otra
época. Es preguntarse, con el mismo método y problemas nuevos, qué significa
hoy soberanía cuando el poder se concentra en plataformas tecnológicas
globales; qué significa desarrollo nacional cuando la industria se redefine
entre la automatización y la transición energética; qué significa la cuestión
social cuando el trabajo se fragmenta y precariza. Las respuestas de los
sesenta no sirven copiadas. Las preguntas, formuladas con su rigor, siguen
siendo las correctas.
Ahí está la apuesta de este dossier. No proponer a Cooke, Jauretche,
Hernández Arregui y Ramos como oráculos, sino como interlocutores. Leerlos no
para saber qué hubieran dicho, sino para aprender cómo pensaban: a
contracorriente, con instrumentos propios, sin delegar la mirada en bibliotecas
ajenas. Esa actitud —más que cualquier tesis particular— es la herencia viva. Y
es, también, la condición de cualquier proyecto que aspire a que las mayorías
argentinas dejen de administrar su subordinación para volver a disputar su
destino.
No los leemos para saber qué hubieran dicho,
sino para aprender cómo pensaban: a contracorriente, con instrumentos propios,
sin delegar la mirada en bibliotecas ajenas.

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