Cómo la ultraderecha convirtió el desprecio por el conocimiento en una tecnología de poder. El caso Milei en Neura y Carajo.
Por ANTONIO MUÑIZ
El 14 de mayo de 2026, el presidente de la Nación eligió dos
canales de streaming oficialistas —Neura y Carajo— para dar una gira mediática
de más de dos horas. El formato era previsible: preguntas cómodas, ausencia de
datos incómodos, audiencia propia. Lo que no era previsible, o quizás sí, fue
la calidad del discurso.
En Neura, al ser consultado sobre los costos sociales del
ajuste y las críticas de economistas al modelo, Milei respondió con esta frase:
“No es cómo me masturbo mejor con un modelo. Es tomar
decisiones en un mundo con una incertidumbre de la puta madre.” — Milei
en Neura, 14 de mayo de 2026
No fue un lapsus. Fue una declaración de principios. La
exigencia de rigor analítico queda equiparada al onanismo intelectual; el
modelo, al autoerotismo; la responsabilidad de gobernar, a la virilidad. El
presidente de un país de 48 millones de personas, desde un espacio mediático de
alcance masivo, redefinió así el debate económico.
En el mismo streaming, al referirse a los docentes
universitarios que reclaman salarios —mientras la cuarta Marcha Federal
Universitaria reunía ese mismo mes más de 1.200.000 personas en todo el pais y
los datos del sector acreditaban una caída real del 45,6% en las transferencias
a las universidades nacionales desde 2023— el diagnóstico presidencial fue:
“Los sindicatos docentes ahora se quejan de que se están
cerrando jardines de infantes… no conectan.” — Milei en Carajo, 14 de
mayo de 2026.
Horas después, en Carajo, Milei escaló el registro. Sin
provocación verificable, atacó a la periodista Débora Plager llamándola
«cómplice de asesinatos», «cómplice de genocidio» y «sorete», vinculando su
postura sobre el aborto legal a una supuesta masacre demográfica. El dato
contextual no es menor: el informe anual de FOPEA registró en 2025 un récord
histórico de 278 ataques a la prensa —un 55% más que en 2024—, con Milei
concentrando 119 de ellos: el 43% del total.

Completó la gira con una afirmación sin sustento verificable
sobre política exterior:
“Gracias a Trump, la Argentina acaba de mejorar
enormemente porque al cortar la runfla de Venezuela se dejó de financiar a un
conjunto de hijos de puta acá adentro que querían hacer un golpe.” —
Milei en Neura, 14 de mayo de 2026
Un intento de golpe de Estado atribuido a «políticos,
empresarios, medios y opinadores mercenarios», sin precisiones, sin nombres,
sin pruebas. Solo la certeza absoluta construida sobre el vacío. Solo el grito.
El insulto no es un accidente comunicacional. Es la forma
que adopta el poder cuando ya no puede defender sus resultados con argumentos.
DEL EXABRUPTO A LA ARQUITECTURA POLÍTICA
Sería un error de análisis tratar lo ocurrido en esos
streamings como torpeza retórica o como el síntoma de una personalidad
desbordada. Milei eligió Neura y Carajo el mismo día en que el INDEC publicó
una inflación de abril del 2,6% —el número más bajo en cinco meses— porque
necesitaba algo distinto a celebrar un dato: necesitaba regenerar centralidad
emocional en el momento exacto en que el efecto novedad del ajuste comenzaba a
agotarse.
Hay un cálculo político en ese lenguaje. No es nuevo ni
improvisado. La ultraderecha neoliberal contemporánea —desde Bolsonaro hasta
Trump, con Milei como su versión rioplatense— comprendió antes que sus
adversarios una verdad que la teoría política tardó en reconocer: en la
era digital, la política no se gana en el plano de los argumentos. Se gana en
el plano de los afectos, de las certezas inmediatas, de la pertenencia tribal.
El insulto cumple en ese esquema una función precisa. No
busca convencer: busca cohesionar. No se dirige al adversario: se dirige a la
propia tribuna. Cada descalificación a un periodista, cada ataque a un docente,
cada amenaza a un empresario que no se alinea, produce en la audiencia afín una
descarga emocional que equivale a la confirmación de identidad. El otro es
el enemigo; nosotros somos los que vemos la verdad. La ignorancia compartida es
el pegamento de la comunidad política.
EL EFECTO DUNNING-KRUGER COMO DISPOSITIVO DE MASAS
El efecto Dunning-Kruger —ese sesgo cognitivo documentado en
1999 por los psicólogos David Dunning y Justin Kruger, por el cual quien menos
sabe sobre un tema mayor certeza siente de dominarlo— era, hasta hace una
década, un fenómeno individual y psicológico. Hoy es una infraestructura
política a escala masiva. Y no ocurrió por accidente.
Las plataformas digitales no fueron diseñadas para el debate
elaborado. Fueron diseñadas para maximizar la interacción y la fidelización, la
velocidad, la reacción emocional, la certeza absoluta. En ese ecosistema, el
matiz es un obstáculo. La duda resta viralidad. La complejidad pierde clics. Lo
que gana terreno es la hiper opinión, la seguridad total sobre temas que
requieren años de formación para comprenderse.
El resultado es el que vemos. Se normaliza escuchar
diagnósticos de macroeconomía de boca de streamers sin formación técnica
alguna. Se legitima el desprecio a las universidades desde cuentas que nunca
pisaron una biblioteca. Se denuncia el «adoctrinamiento» académico mientras se
replica de memoria el slogans manufacturado por un algoritmo de recomendación.
La opinión improvisada de un influencer libertario tiene el mismo peso
simbólico en el debate público que décadas de trabajo intelectual de un científico
o un docente. Todo vale lo mismo si genera likes, viralidad e identificación
inmediata.
Milei no inventó ese ecosistema. Pero lo habita con una
eficacia que sus adversarios aún no han logrado replicar. Cuando dice que los
economistas que modelan se masturban con sus teorías, no está cometiendo un
error: está hablando el idioma exacto del algoritmo. Está premiando la certeza
sobre la duda, la velocidad sobre la profundidad, la agresión sobre el
argumento.
La ignorancia dejó de ser una limitación vergonzosa. Es
hoy una bandera de identidad política, estética y afectiva.
LA ARQUITECTURA EMOCIONAL DEL ANTI-SABER
Sería igualmente un error —más sutil pero igualmente
paralizante— reducir este fenómeno a la mera irracionalidad de quienes lo
sostienen. La ignorancia militante tiene una arquitectura emocional
sofisticada, y responde a condiciones materiales concretas.
Pensar cuesta. Estudiar demanda tiempo que en una sociedad
precarizada, acelerada y exhausta resulta escaso. El conocimiento genuino
introduce angustia: obliga a convivir con la ambigüedad, con las certezas
provisorias, con la complejidad de un mundo que no tiene enemigos claros ni
soluciones simples. La ignorancia organizada, en cambio, ofrece lo que la época
demanda: respuestas cerradas, enemigos identificables, pertenencia tribal
inmediata. Cuando el presidente llama «hijos de puta» a sus adversarios políticos
desde un streaming, no produce solo indignación en sus críticos: produce alivio
en sus seguidores. Finalmente, alguien dice lo que ellos sienten.

A eso se suma una función que los estudios sobre narcisismo
colectivo y psicología política han documentado ampliamente: humillar al que
estudia, agredir al experto, destruir la legitimidad del que investiga, opera
como compensación narcisista. Evita tener que mirar los propios límites. Es más
sencillo demoler la autoridad del economista, del historiador o del periodista
que aceptar que el mundo es más difícil de lo que cualquier slogan puede
capturar. Por eso Milei llama «sorete» a Débora Plager: no porque tenga un
argumento contra su periodismo, sino porque destruir su legitimidad es más
rápido y más rentable emocionalmente que debatir.
Lo más perturbador no es que este mecanismo exista: es que
funciona. Según la última encuesta del Laboratorio de Opinión Pública de la
Universidad de San Andrés, el 60% desaprueba la gestión de Milei. Pero ese 37%
que la aprueba lo hace con una convicción que no depende de los datos: depende
de la identidad. Y la identidad, en la política contemporánea, es más difícil
de mover que cualquier argumento.
LA IGNORANCIA COMO TECNOLOGÍA DE GOBIERNO
Cuando una sociedad empieza a burlarse sistemáticamente de
la ciencia, la cultura, la universidad, el periodismo serio y la memoria
histórica, el problema deja de ser meramente cultural o comunicacional. Es un
problema profundamente político.
La ignorancia organizada es una tecnología de
disciplinamiento social. Cuanto menos se comprende cómo funciona el poder y
cómo se distribuye la riqueza, más fácil resulta moralizar la pobreza, odiar al
diferente y aceptar la crueldad como si fuera eficiencia. Los números que Milei
no mencionó en sus dos horas de streaming son elocuentes: el salario mínimo
acumula una pérdida real de casi el 38% desde noviembre de 2023; los servicios
públicos subieron tres veces más que la inflación en el mismo período; el empleo
asalariado formal encadenó ocho meses consecutivos de caída. Pero ninguno de
esos datos tiene lugar en el ecosistema del insulto y la certeza absoluta.
En ese sentido, el raid mediático por Neura y Carajo no fue
comunicación política en el sentido convencional del término. Fue
administración del relato. Mientras los streamings oficialistas absorbían la
agenda con agresiones y conspiraciones, la cuarta marcha universitaria —con su
contundente demanda de cumplimiento de la Ley de Financiamiento sancionada por
el Congreso y avalada en dos instancias judiciales— quedaba enmarcada desde el
poder como operación política. La ignorancia ruidosa no es solo una forma de no
saber. Es, sobre todo, una forma de gobernar.
Data política y económica no suscribe al
pesimismo cultural como postura política. El pensamiento crítico, la cultura
del dato y el debate intelectual riguroso tienen una historia larga y robusta
en la Argentina —una historia que incluye universidades que salieron a la calle
cuatro veces en dos años, científicos que sostienen instituciones
desfinanciadas, periodistas que investigan bajo presión sistemática—, y esa
historia no se borra con un algoritmo ni con una gira de dos horas por
streamings afines.

Pero tampoco se preserva sola. La tentación frente a este
diagnóstico es pedagógica: más educación, más divulgación, mejores
explicaciones. Es valido pero insuficiente, porque parte de un diagnóstico
equivocado. La ignorancia militante no es un déficit de información. Es una
elección política inducida, cultivada y rentabilizada. No se corrige con
más datos: se disputa con otra política.
La respuesta no puede ser solo académica ni solo
periodística. Requiere actores políticos, sociales y culturales capaces de
construir una narrativa que sea emocionalmente competitiva con la
simplificación: que hable a las experiencias concretas de la gente, que conecte
la complejidad con la vida cotidiana, que devuelva prestigio social al
conocimiento sin condescendencia.
Esa es, precisamente, la apuesta que le falta al campo
popular, no solo tener razón en los datos, sino saber comunicar por qué el
saber y la información correcta son válidos y necesarios. No alcanza con
la verdad. Hace falta también la semántica adecuada para que la verdad llegue.
REDACCION DATA POLITICA Y ECONOMICA

No hay comentarios:
Publicar un comentario