Los que mandan. Una dirigencia fallida.

Argentina tiene recursos, historia y talento. Lo que no tiene es una clase dirigente —política, empresaria, sindical, mediática— capaz de leer el mundo que viene y construir un proyecto de inserción para este siglo. Esa ausencia no es un accidente: es el rasgo estructural más relevante para entender por qué el país retrocede mientras el mundo avanza.

Por Antonio Muñiz


En 1978, cuando China inició sus reformas bajo Deng Xiaoping, producía menos del 3% de la manufactura mundial. Hoy concentra el 30%. En menos de cincuenta años superó a las naciones más industrializadas en sectores enteros: construcción naval, energías renovables, vehículos eléctricos, baterías, inteligencia artificial. No lo hizo por azar geográfico ni por la generosidad del mercado global. Lo hizo porque tuvo una clase dirigente dispuesta a sostener un proyecto de largo plazo y a subordinar los intereses de corto plazo de las distintas fracciones del poder a una visión de hacia dónde debía ir el país.

Argentina, mientras tanto, empezaba un proceso de destrucción de su industria bajo las políticas de Videla y Martínez de Hoz.

La comparación no es caprichosa. Es el punto de partida de un diagnóstico que la dirigencia argentina evita porque implica reconocer su propia responsabilidad: el problema central del país no es solo económico ni estrictamente político. Es la falta de una clase dirigente con visión estratégica. Y ese déficit no se limita a los funcionarios de turno. Atraviesa, con distintos grados de responsabilidad, a todos los actores que debieran estar construyendo una visión de largo plazo: empresarios, sindicalistas, medios de comunicación, intelectuales y partidos políticos.

El mundo que no se mira

La transición energética ya no es una aspiración climática: es la reorganización más profunda de la economía global desde la Revolución Industrial. China instaló en 2024 más capacidad fotovoltaica que los nueve países siguientes del ranking combinados —315 gigavatios— y cumplió su objetivo de 1.200 gigavatios de energía solar y eólica seis años antes de lo previsto. Los módulos fotovoltaicos cayeron más del 80% en siete años, de 0,55 a menos de 0,10 euros por vatio-pico entre 2017 y 2024. La energía solar se convirtió en la fuente eléctrica más barata de la historia.

Sobre ese reordenamiento opera otra transformación de consecuencias sociales más profundas aún: la irrupción de la inteligencia artificial como factor productivo de primera magnitud. Un estudio conjunto de la OIT y el Instituto Nacional de Investigación de Polonia, publicado en mayo de 2025, determinó que uno de cada cuatro empleos en el mundo está potencialmente expuesto a la IA generativa. Las tareas rutinarias —manuales, administrativas, cognitivas de nivel medio— son las más vulnerables. La Industria 4.0 —robótica avanzada, sensores inteligentes, gemelos digitales— está haciendo obsoleto el modelo de manufactura intensiva en mano de obra barata que permitió industrializarse a las economías asiáticas del siglo XX. La vía que transitaron Corea del Sur, Taiwán y la propia China entre los años sesenta y noventa está cerrándose para quienes llegan tarde.

El orden geopolítico también cambió. El bloque BRICS representa hoy el 39% del PBI mundial, superando al G7. Hasta comienzos de los años 2000, Estados Unidos era el principal socio comercial de todos los países latinoamericanos; hoy conserva esa posición solo en México y América Central. La potencia norteamericana, bajo la lógica del trumpismo, reemplazó la diplomacia multilateral por el interés transaccional. Para los países periféricos, el multilateralismo siempre fue el mecanismo que compensaba la asimetría de poder. Su erosión favorece al más fuerte.

En ese escenario, Argentina tiene recursos genuinos para insertarse con autonomía: litio, cobre y minerales críticos en el NOA; capacidad energética en la Patagonia; una base agroindustrial con potencial de valor agregado; un sistema científico-tecnológico golpeado pero existente, con capacidades en sectores estratégicos; una geografía que la conecta con el Atlántico Sur y los corredores bioceánicos.

Brasil, India y Turquía ejecutan políticas de inserción que diversifican alianzas sin subordinarse a ningún bloque. Argentina, en cambio, rechazó el ingreso a los BRICS en diciembre de 2023 —cuando ese bloque representaba el 39% del PBI mundial y China era ya su principal socio comercial— en nombre de una afinidad ideológica con Washington que no produjo ningún beneficio económico concreto.

Ese solo dato resume la magnitud del problema.

La clase empresarial: ¿una burguesía fallida?

 

En septiembre de 2024, Javier Milei fue a la sede de la Unión Industrial Argentina y les dijo, de frente, a los principales empresarios del sector fabril que la industria manufacturera era un error histórico, que la sustitución de importaciones había sido "un fracaso" y que la protección estatal los había convertido en "adictos al Estado". Los empresarios lo escucharon. Aplaudieron con moderación. Y eligieron no confrontar.

Esa escena no es nueva. Se repite, con distintos protagonistas, desde 1976. La burguesía industrial argentina nunca logró consolidarse como actor con proyecto propio. Lo que hubo fue una fractura permanente entre la burguesía agraria pampeana —con acceso directo a las divisas de exportación— y la industria urbana, dependiente del mercado interno. Esa tensión nunca se resolvió a favor de ninguno de los campos. Lo que Portantiero llamó "empate hegemónico" —ninguna fracción capaz de imponer su proyecto, todas con poder de veto para bloquear el de las otras— define la historia del poder económico argentino desde mediados del siglo XX.

La consecuencia es el patrón que se repite: reclamo proteccionista cuando el tipo de cambio apreciado destruye la competitividad; acompañamiento de los gobiernos liberales cuando los programas de ajuste prometen salarios bajos, crédito barato y libertad de los flujos financieros.  Apoyaron a Menem, se quejaron cuando los destruyó. Acompañaron el crecimiento kirchnerista, se quejaron cuando los costos en dólares volvieron a subir. Lo que nunca construyeron es una posición estratégica articulada con el Estado y los sectores del trabajo para defender un modelo de desarrollo cuando el ciclo cambia.

Frente a la mayor destrucción industrial en noventa años —100.000 empleos perdidos, 3.000 fábricas cerradas, el peso de la manufactura en el PBI en su nivel histórico más bajo— la respuesta de la conducción de la UIA fue el silencio. En privado, el diagnóstico era claro: el dólar barato y la apertura los estaban demoliendo "en menos tiempo que la desindustrialización de Menem". En público, ningún dirigente quería ser estigmatizado. Solo cuando la presión de las Uniones Industriales del interior fue insostenible, la central emitió en marzo de 2026 un comunicado de protesta que terminaba reafirmando "la vocación de trabajar junto al Gobierno". La crítica más dura no alcanzó a ocupar una página completa.

Esa conducta también revela una fractura interna: los grandes grupos industriales con intereses en energía y proyectos mineros encontraron en el RIGI y la política extractivista oportunidades genuinas. Para ellos, la destrucción de la pyme fabril del interior es un costo tolerable porque tienen la escala para reconvertirse en importadores de lo que antes fabricaban. Los medianos y chicos no tienen esa opción. La clase empresaria argentina no fracasa por falta de capacidad: fracasa porque sus fracciones dominantes tienen intereses que divergen del desarrollo de un entramado productivo, y nadie construye una visión estratégica que la supere.

El sindicalismo: sin agenda para el mundo que viene

 

El movimiento obrero argentino tiene una historia de organización y resistencia sin equivalente en América Latina. Fue actor político central en el nacimiento del peronismo, sostuvo conquistas sociales durante décadas y resistió dictaduras. Ese pasado es real. El presente, sin embargo, es otro.

La pérdida de trabajadores formales —base de afiliación sindical— y el avance de la informalidad laboral, que ya alcanza al 43% de la fuerza ocupada, redujeron estructuralmente la representatividad del sindicalismo organizado. Pero la crisis no es solo de números. Como lo describió un análisis de Infobae en 2025: "Hace rato que esta CGT se convirtió en un grupo de presión sin capacidad de presión". Y agregaba: "Sufre una profunda crisis dirigencial que se acentúa por una falta de renovación no solo generacional, sino también por una mirada anclada en el pasado para un país y un mundo distintos".

Frente a la mayor destrucción de empleo industrial en décadas, la CGT oscilo entre el diálogo táctico y la protesta episódica, sin articular una propuesta alternativa de modelo económico. El documento "Agenda para un Nuevo Contrato Social", presentado en 2024, fue un primer intento de actualización programática con diagnósticos pertinentes. Pero no alcanzó a elaborar una respuesta sobre cómo defender al trabajador en una economía donde la automatización avanza, donde la informalidad supera al empleo registrado en varios sectores y donde las formas del trabajo se transforman más rápido que cualquier marco regulatorio existente.

El sindicalismo argentino sigue pensando desde las categorías del siglo XX —convenio colectivo, salario real, empleo formal— sin terminar de elaborar qué significa representar a los trabajadores en la economía del siglo XXI. Esa brecha no es solo organizativa. Es política.

Los medios: agenda del presente, ausencia de futuro

 

Dos tercios de los argentinos no confía en los medios de prensa, según el Reuters Institute for the Study of Journalism. La concentración mediática en un puñado de grandes conglomerados produce una agenda que prioriza sobre todo sus negocios e intereses, el conflicto político inmediato y el escándalo sobre el análisis de largo plazo. Los debates sobre política industrial, inserción internacional o transición energética existen en centros de investigación y universidades, pero no tienen correlato en la agenda mediática masiva.

Lo que circula es el enfrentamiento del día, la disputa entre dirigentes, la pelea de declaraciones. Ese clima construye una percepción social determinada: la de que no hay alternativas reales, que el único horizonte posible es la oscilación entre los mismos modelos agotados, y que cualquier propuesta de largo plazo es demagogia o ilusión.

Los medios, en ese sentido, no son solo reflejo de la crisis de la clase dirigente: son parte activa de ella. La cobertura que un país se da a sí mismo sobre los temas que importan para su futuro incide en la capacidad de esa sociedad para imaginar ese futuro. La esfera mediática dominante en Argentina trata el tiempo como si solo existiera el presente inmediato.

 

La política: el debate que no alcanza

El gobierno de Milei, acompañado por los restos del PRO, llevó la miopía estratégica hasta sus consecuencias más concretas: rechazar los BRICS, alinearse con Washington cuando esa potencia reemplazó el multilateralismo por la lógica de la fuerza, recortar el presupuesto de ciencia y tecnología al 0,7% del PBI —cuando Israel destina el 5%, Estados Unidos el 3,5% y Brasil el 1,2%— y desmantelar la institucionalidad de fomento industrial construida durante décadas. El Presupuesto 2026 dice con números lo que la retórica oficial dice con palabras: la ciencia, la tecnología y la industria no son prioridades.

Pero la oposición tampoco ofrece una visión alternativa elaborada. El espacio peronista en sus distintas variantes sigue debatiendo sobre ejes del pasado, una vuelta a un neo menemismo, otros buscan respuestas en un peronismo ortodoxo y algunos sueñan con un regreso al kirchnerismo de los 2000.  Unos y otros parecen no comprender que los ciclos históricos también terminan.

El radicalismo se fragmenta entre apoyos tácticos al oficialismo y críticas sin propuesta articulada.

Los espacios que trabajan en una agenda de desarrollo —economistas heterodoxos, centros de estudios en política industrial, investigadores del AESIAL— no tienen traducción política con capacidad de llegar al poder.

Millones de argentinos no fueron a votar en las elecciones legislativas de 2025. La más alta en décadas, no describe indiferencia, describe una desconexión. Una sociedad que no encuentra en la oferta política disponible ninguna respuesta convincente a los problemas reales que enfrenta.

El costo de la orfandad

Los recursos están. El NOA tiene litio, cobre y minerales que el mundo demanda para construir la economía verde. La Patagonia tiene energía eólica, gas y petróleo. El sistema científico-tecnológico tiene capacidades en biotecnología, software y materiales avanzados que muy pocos países periféricos pueden mostrar. La geografía coloca a Argentina en una posición estratégica en el Atlántico Sur, los corredores bioceánicos y la Antártida, cuyo valor geopolítico crecerá a medida que el Tratado Antártico enfrente presiones renovadas en 2048.

Nada de eso se traduce en desarrollo con la clase dirigente actual. Los minerales se extraen bajo un régimen —el RIGI— que renuncia anticipadamente a la renta extraordinaria y entrega el control a las multinacionales. El sistema científico se desfinancia. Las universidades técnicas se ahogan. Los investigadores emigran. Las cadenas de valor que podrían articular el recurso natural con la industria local no se construyen porque no hay política industrial que las diseñe ni clase empresarial que las demande.

La pregunta que la dirigencia argentina no termina de hacerse es la que importa: ¿cómo se inserta el país en el mundo del siglo XXI de manera que permita desarrollar capacidades productivas propias, distribuir el ingreso y sostener un proyecto autónomo? Esa pregunta no tiene respuesta en ningún espacio con peso político significativo.

Mientras China concentra el 30% de la manufactura global, la energía solar es la más barata de la historia, la inteligencia artificial reorganiza la economía mundial y los BRICS superan al G7 en peso económico, la dirigencia argentina consume su energía en disputas que miran hacia atrás.

Ese no es solo un costo económico. Es la señal más clara de una clase dirigente —política, empresaria, sindical, mediática— que no está a la altura del momento histórico que le tocó.

Y mientras eso no cambie, las crisis seguirán, y Argentina continuara en una senda que conduce a su decadencia como Nación.  

 

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