Breve análisis sobre el fracaso histórico de la clase empresarial argentina como actor de desarrollo nacional y su persistente incapacidad de sostener un proyecto propio más allá del corto plazo.
Por Antonio Muñiz
Hay una paradoja que recorre la historia
económica argentina como un hilo conductor que nadie termina de nombrar: el
país que tuvo el ingreso per cápita más alto de América Latina durante las
primeras décadas del siglo XX nunca logró consolidar una burguesía industrial
capaz de liderar un proyecto de desarrollo de largo plazo. Lo que hubo, en
cambio, fue una clase empresarial fragmentada, oscilante entre el
proteccionismo y la apertura según las conveniencias del ciclo, dispuesta a
sostener gobiernos y orientaciones ideológicas que iban directamente en contra
de sus propios intereses estructurales. Eso sigue siendo verdad hoy, quizás con
más evidencia que nunca.
La escena se repite en 2026 con una crudeza
casi teatral. Un presidente que declara ante la plana mayor de la Unión
Industrial Argentina que “el período de mayor expansión económica de la
historia argentina fue durante el modelo agroexportador, y no con el modelo
fracasado de sustitución de importaciones” recibe aplausos moderados y alguna
queja en off. El mismo gobierno que aplicó la apertura importadora más intensa
en décadas, recortó en un 40% los recursos presupuestarios destinados a la
industria y festejó el cierre de fábricas como “reconversión” es también el que
la UIA describe, en su documento de protesta de marzo de 2026, como promotor de
“avances en materia de equilibrio fiscal y reformas estructurales”. La crítica
no alcanzó a durar una página entera. Eso no es ingenuidad. Es un patrón.
El actor que faltó
En los grandes procesos de industrialización
del siglo XX —Alemania, Japón, Corea del Sur— la burguesía industrial fue la
clase que organizó el Estado a su imagen, impuso aranceles y construyó
instituciones orientadas al largo plazo. Argentina nunca tuvo eso. Lo que tuvo
fue una clase dominante cuya fractura originaria —entre la burguesía agraria
pampeana y los industriales urbanos, entre el capital financiero y el capital
productivo— nunca se resolvió a favor de ninguna de las partes. Esa tensión
irresuelta es lo que Juan Carlos Portantiero llamó “empate hegemónico”: ninguna
fracción capaz de imponer su proyecto como dominante, todas con poder de veto,
ninguna con capacidad de construcción. La consecuencia sigue siendo la misma:
en un empate hegemónico, el único árbitro posible es el Estado. Pero el Estado
argentino, lejos de ser el organizador autónomo del desarrollo, fue el
territorio de disputa. Y cuando la burguesía industrial perdió esa disputa, no
buscó reorganizarse, buscó un nuevo árbitro al que subordinarse.
El golpe de 1976 y el suicidio de clase
El momento más visible de esa capitulación
histórica fue 1976. La UIA confluye en el apoyo al golpe cívico-militar junto a
la Sociedad Rural y los grandes grupos financieros, en un movimiento que
resolvió la crisis de acumulación por la vía de la exclusión violenta del
trabajo organizado. Pero lo que ese acuerdo implicaba para la propia burguesía
industrial era su propia sentencia: el plan de Martínez de Hoz abrió las
importaciones, apreció el tipo de cambio y destruyó el tejido de pymes que era
la base de ese sector. Los grupos más concentrados podían sobrevivir —incluso
prosperar— en ese contexto; los sectores medianos y chicos, que eran mayoría,
no tenían esa espalda. Como señala Eduardo Basualdo, lo que se consolidó desde
1976 fue una alianza entre fracciones del gran capital industrial, el sistema
financiero y el capital extranjero que operó consistentemente a favor de la
rentabilidad financiera y en contra del entramado productivo integrado. Ese
patrón —la burguesía concentrada ganando mientras la pequeña y mediana
industria pierde, y la primera sin voluntad de defender a la segunda— explica
buena parte de la historia económica posterior.
La oscilación como estrategia
Entre 1976 y 2023, la conducción de la UIA
osciló sistemáticamente entre el reclamo proteccionista cuando el tipo de
cambio apreciado destruyó su competitividad y el acompañamiento entusiasta de
los gobiernos liberales cuando la estabilidad macroeconómica les prometió
crédito barato y previsibilidad de costos. Apoyaron a Menem, se quejaron cuando
los destruyó. Apoyaron a Kirchner, se quejaron cuando los costos en dólares
volvieron a subir. Apoyaron a Macri en la primera fase, se quejaron en la
segunda. El movimiento es pendular y predecible. Lo que nunca hicieron es lo
que Aldo Ferrer llamaba “densidad nacional”: sostener una posición estratégica
de largo plazo sobre el modelo de desarrollo, articulada con los sectores del
trabajo y con el Estado, para defenderla frente a los intereses del capital
financiero y agroexportador. Un país periférico no se desarrolla si sus élites
prefieren la renta de corto plazo a la acumulación productiva de largo plazo.
El silencio táctico frente a Milei
Lo que ocurrió entre 2024 y 2026 es el
capítulo más reciente y más elocuente de esa historia. Milei asumió con un
discurso explícitamente contrario a la industria manufacturera: el
proteccionismo industrial era “una tutela viciosa”, la sustitución de importaciones
“un fracaso”. Y procedió a ejecutarlo: arancel cero o reducido para miles de
productos, tipo de cambio semifijo que encareció la producción local en
dólares, apertura de importaciones desde Asia. La respuesta de los grandes
grupos industriales fue el silencio táctico: la conducción de la UIA —el
llamado “ala Techint”— celebró el ordenamiento macroeconómico porque sus
intereses en siderurgia, energía y logística estaban alineados con el RIGI. Lo
que se destruía era la pequeña y mediana industria. Solo cuando la presión de
las Uniones Industriales del interior se volvió insostenible, la UIA emitió un
comunicado de protesta —en marzo de 2026— que terminaba reafirmando “su
vocación de trabajar junto al Gobierno”. La pequeña y mediana industria del Norte,
que no tiene nada que negociar porque ya está en la lona, fue la que rompió el
silencio.
Los números de la claudicación
El resultado está a la vista. Según el informe
del AESIAL y el CEHEAL de la UBA, entre 2023 y 2025 el sector industrial perdió
100.000 puestos de trabajo —160 por día—, su participación en el PBI cayó del
16,5% al 13,7% y la capacidad instalada promedio bajó al 58%, con picos de
53,6% en enero de 2026, el nivel más bajo desde que existe la estadística.
Cerraron más de 3.000 fábricas. El PBI industrial per cápita retrocedió
cuarenta años. Esos números son el retrato de una clase dirigente que privatiza
sus ganancias y socializa sus pérdidas: los sectores más concentrados siempre
encuentran la forma de salir bien parados mientras los medianos y chicos pagan
el costo de adaptación.
Pero hay una dimensión de esa lógica que
raramente se nombra con precisión: la burguesía argentina no solo evade su
responsabilidad política de construir un proyecto de desarrollo; evade,
también, su responsabilidad fiscal de financiarlo.
La apropiación de recursos estatales
—subsidios, contratos, exenciones, créditos blandos, infraestructura pública—
convive con la negativa sistemática a contribuir al sostenimiento del Estado
que los provee. El caso más notorio es el de Marcos Galperin y Mercado Libre.
La empresa más valiosa de origen argentino construyó su posición dominante
sobre una plataforma institucional que el Estado argentino contribuyó a
sostener: infraestructura logística subsidiada, exenciones impositivas por
miles de millones de dólares y un mercado interno que sus plataformas
colonizaron con ventajas regulatorias imposibles de replicar donde el Estado no
cede terreno. Cuando esa acumulación ya estaba consolidada, Galperin —una de
las mayores fortunas personales de la Argentina— trasladó su residencia fiscal
a Uruguay, colocando su patrimonio fuera del alcance del fisco argentino. El
gesto no es una rareza individual: es la destilación de una mentalidad de
clase. Usar el Estado como plataforma de despegue y eludirlo como obligación
redistributiva. Acumular en el país, tributar en otro. En términos
estructurales, la figura de Galperin no es la de un empresario que se fue: es
la de una clase que nunca estuvo.
El problema estructural que la UIA no puede
nombrar
Lo que la conducción de la UIA no puede decir
—porque implicaría nombrar su propia contradicción— es que el problema no es
Milei. Milei es el síntoma más agudo de un problema que viene de antes. El
problema es que en Argentina nunca se construyó la alianza social y política
capaz de sostener un proyecto industrialista contra la resistencia sistemática
del capital financiero y agroexportador. Y la burguesía industrial, que debía
haber sido el actor central de esa construcción, prefirió en cada encrucijada
el acuerdo de corto plazo antes que el conflicto necesario para imponer un
modelo diferente.
Lo dijo Aldo Ferrer desde los años cincuenta:
la única salida para un país periférico es industrializarse, y para eso se
necesita tiempo, protección, crédito y, sobre todo, una burguesía que crea en
ese proyecto y esté dispuesta a financiarlo. La burguesía argentina no creyó, y
tampoco pagó. La evasión impositiva no es en Argentina una práctica marginal:
es un componente estructural del modelo de acumulación de los sectores
dominantes. La AFIP estimó que la economía informal y la subfacturación de
grandes contribuyentes generan una brecha fiscal de entre el 30% y el 40% de la
recaudación potencial. Los grandes grupos económicos —los mismos que reclaman
estabilidad, seguridad jurídica y crédito público— son al mismo tiempo los
actores más sofisticados en planificación fiscal agresiva: precios de
transferencia con filiales en paráisos fiscales, triangulación de
exportaciones, fideicomisos offshore, residencias fiscales en jurisdicciones de
baja tributación. Reclaman el orden que el Estado garantiza y rechazan pagar
por él.
Las burguesías que lideraron
industrializaciones tardías exitosas —Corea del Sur, Japón, Brasil en ciertos
períodos— operaron dentro de marcos de reciprocidad con el Estado: protección y
crédito a cambio de compromisos de desempeño y tributación efectiva. En
Argentina esa reciprocidad nunca se constituyó.
Lo que se instituyó, en cambio, fue una
cultura de captación de renta pública sin contrapartida —lo que la literatura
económica llama rent-seeking—: el empresario que negocia subsidios en la mañana
y evade impuestos a la tarde, que elogia al Estado cuando lo favorece y lo
desprecia cuando le cobra. Cada dólar evadido es un dólar que el Estado no
invierte en la infraestructura o el crédito de fomento que esa misma
corporación reclamará en la próxima crisis. Lo sustiene la burguesía que no
fue. La misma que no construyó el Estado que necesitaba, la misma que no
financió el Estado que usaba, y la misma que hoy aplaude al gobierno que la
desmonta.
¿Quién construye lo que la burguesía no supo
construir?
La pregunta que deja este recorrido no es
menor. Si la burguesía industrial argentina no fue —y la evidencia histórica
sugiere que no lo será— ¿Quién puede ser el actor capaz de liderar un
proyecto de desarrollo autónomo?
En los casos de industrialización tardía
exitosa —Corea del Sur en los años sesenta y setenta, China desde los ochenta,
Brasil en ciertos períodos— el Estado intervino activamente para construir la
capacidad industrial que el mercado solo no producía: aranceles, crédito
dirigido, políticas de compras públicas, inversión en investigación y
desarrollo, formación técnica masiva. No como sustituto del mercado sino como
organizador de las condiciones en que el mercado podía funcionar en la
dirección del desarrollo.
En Argentina esa capacidad estatal existe de
modo fragmentado y discontinuo: cada vez que se construye alguna
institucionalidad de fomento industrial —CONICET, INTI, FONTAR, las líneas
sectoriales del Banco Nación—, el siguiente ciclo político la desmonta o la
vacía. No porque el Estado argentino sea incapaz de actuar, sino porque no hay
una fuerza política con la suficiente consistencia y duración para sostener ese
proyecto más allá de un mandato presidencial.
Y ahí se cierra el círculo. Sin burguesía
industrial con vocación estratégica, sin Estado con continuidad de proyecto,
sin alianza social que sostenga una visión de desarrollo de largo plazo, el
resultado es lo que se ve, una desindustrialización acelerada que algunos
celebran como corrección necesaria, pero que solo genera desocupación y
pobreza. El pensamiento estructuralista argentino —desde Prebisch hasta
Diamand, desde Ferrer hasta los investigadores de la UBA que hoy miden el daño—
lo habían anticipado con exactitud.
La burguesía que no fue es también el proyecto
de país que no fue. Y mientras no haya quien lidere un proyecto de desarrollo
económico y social, Argentina seguirá sin ser.
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