Mercosur–UE: la votación que expuso al peronismo territorial

 

La fractura del bloque de diputados peronistas en la votación del acuerdo Mercosur–Unión Europea no fue un accidente parlamentario. Viene mostrando señales desde hace tiempo y podría profundizarse. Sin un proyecto nacional que articule intereses provinciales divergentes, el peronismo empieza a comportarse como una confederación de territorios más que como un movimiento con conducción estratégica.

por Antonio Muñiz


La media sanción en Diputados al acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea fue presentada por el oficialismo como un triunfo de inserción internacional. Lo fue, en términos formales. Pero el dato político más relevante no está en el número final de votos sino en el mapa interno que dejó al descubierto: el bloque de Unión por la Patria volvió a dividirse en un tema estructural.

No se trató de una diferencia menor ni de una discusión técnica. Se votó un tratado que redefine la política comercial argentina para las próximas décadas. Y ante una decisión de esa magnitud, el peronismo no logró una posición común. Esa dispersión no es nueva. Ya se había insinuado en debates vinculados a reformas económicas, presupuesto, acuerdos internacionales y estrategias productivas. Lo que ocurrió ahora es que la división quedó expuesta en un tema que interpela el modelo de desarrollo.

La pregunta no es quién votó a favor o en contra. La pregunta es ¿por qué.?

El peronismo sin centro estratégico

Durante buena parte de su historia, el peronismo resolvió tensiones internas a partir de un eje ordenador: un proyecto nacional que integraba intereses industriales, sindicales y territoriales bajo una conducción política clara. Ese eje hoy no aparece con nitidez.

En ausencia de una estrategia nacional consensuada —qué se protege, qué se abre, qué sectores se priorizan, cómo se compensa a los perdedores de una apertura—, la política se territorializa. Cada diputado empieza a responder, ante todo, a la lógica productiva y fiscal de su provincia.

El resultado es un bloque que se comporta más como una federación de intereses provinciales que como una fuerza cohesionada por un programa común.

La nueva matriz productiva y los incentivos regionales

Hay además un fenómeno estructural que explica parte de la votación: la transformación de la matriz productiva en varias provincias y el surgimiento de nuevos actores económicos locales.

En la Patagonia, el negocio energético —petróleo, gas y servicios asociados— ha generado una nueva burguesía regional con intereses directos en la expansión exportadora. En Cuyo y el NOA, el desarrollo de minerales  – cobre, oro, etc – y proyectos de litio reconfiguró alianzas económicas y políticas. En otras regiones, el complejo agroexportador consolidó posiciones con fuerte orientación externa.

Estos sectores no leen un acuerdo comercial desde la lógica de la industria sustitutiva clásica, sino desde la oportunidad de ampliar mercados, atraer inversiones o mejorar condiciones de acceso. En muchos casos, los actores económicos locales presionan por reglas más previsibles y vínculos comerciales estables con Europa u otros destinos.

La política provincial no es ajena a esa transformación. Gobernadores y legisladores calibran sus decisiones en función de estos nuevos equilibrios productivos. Donde antes predominaba una lógica industrialista ligada al mercado interno, hoy conviven intereses energéticos, mineros y agroexportadores con peso creciente.

El problema no es que existan esas dinámicas. El problema es que no hay un marco nacional que las integre en un proyecto de desarrollo equilibrado.

Apertura sin estrategia o integración con política

El acuerdo Mercosur–UE puede ser una oportunidad o un riesgo, dependiendo del contexto en que se implemente. Si se combina con política industrial, crédito productivo, infraestructura, innovación tecnológica y administración inteligente del comercio, podría convertirse en una palanca. Si se inscribe en una lógica de apertura unilateral sin instrumentos compensatorios, puede profundizar la primarización y la desigualdad regional.

La discusión en Diputados no giró en profundidad sobre estos instrumentos. Se movió más en el plano de la señal política y la inserción internacional que en el diseño de una estrategia productiva integral.

Ahí aparece el vacío. El oficialismo impulsa una apertura coherente con su ideología liberal. La oposición, en cambio, no logró articular una alternativa unificada que combine inserción internacional con defensa del entramado productivo nacional.

Un síntoma hacia adelante

La fractura del bloque peronista no es un episodio aislado. Es un síntoma de una tensión que puede profundizarse si no emerge una propuesta que vuelva a ordenar intereses diversos bajo un horizonte común.

Sin un proyecto nacional explícito, cada provincia seguirá actuando según su ecuación inmediata: exportaciones, caja fiscal, inversiones, supervivencia política. En ese escenario, la cohesión partidaria se vuelve circunstancial y el Congreso refleja esa fragmentación.

La votación sobre el Mercosur–UE deja una lección más amplia que el destino del tratado en el Senado, donde el peso de los gobernadores y los intereses provinciales son mayores,  la necesidad de una discusión estratégica dentro del peronismo sobre qué modelo de desarrollo propone en una Argentina cuya estructura productiva cambió y seguirá cambiando.

La política comercial fue el disparador. Lo que está en juego es algo más profundo: si el peronismo puede volver a pensarse como movimiento nacional con capacidad de integrar territorios y sectores, o si quedará reducido a la suma de intereses provinciales en competencia.

La media sanción no solo abrió un capítulo en la política exterior. Profundizó, sobre todo, un debate pendiente sobre el proyecto de país

No hay comentarios: