Detrás del discurso de “menos Estado”, la política agropecuaria del último año mostró lo contrario: un Estado activo, pero selectivo. Administró el tipo de cambio, retuvo recursos vía derechos de exportación, habilitó cambios regulatorios sensibles (como la exportación de ganado en pie) y, al mismo tiempo, dejó más expuestos a los productores chicos y medianos frente a alquileres, insumos dolarizados y un comercio exterior cada vez más dominado por pocas firmas.
por Antonio Muñiz
El balance agropecuario que circuló en los últimos días vuelve sobre una idea incómoda para el relato oficial: el Gobierno dijo gobernar para “el campo”, pero el set de medidas terminó siendo funcional a un mapa donde pesan más las exportadoras, los grandes jugadores integrados y los proveedores concentrados de insumos y energía, que el productor que vive y reinvierte en el interior.
Un tipo de cambio “caro” para producir y una estructura de costos atada al dólar
La combinación que describe el artículo adjunto —dólar contenido y economía más cara en dólares— tiene traducción directa en el agro: buena parte de los insumos (fertilizantes, fitosanitarios, maquinaria) se mueven con lógica dolarizada, mientras los alquileres agrícolas siguen pactándose en kilos de soja por hectárea.
En ese contexto, el combustible vuelve a ser el termómetro de la rentabilidad: varios relevamientos comparativos muestran que, medido en dólares, el precio local quedó en niveles similares a algunos países de la región, pero por encima de otros (Paraguay, por ejemplo), y con impacto directo en fletes y labores.
Retenciones: el Gobierno las criticó, pero las necesitó (y las recalibró)
El oficialismo insistió en que los derechos de exportación son “un robo”, pero en los hechos no los eliminó: los sostuvo y, hacia fines de 2025, anunció una baja “permanente” en varias alícuotas.
Según el propio Gobierno, el cambio se formalizó por decreto y redujo DEX en soja, trigo/cebada, maíz/sorgo y girasol, entre otros.
El efecto distributivo, sin medidas complementarias, es el que marca la nota de Jáuregui: cuando bajan retenciones sin tocar alquileres, logística ni poder de mercado en insumos/comercialización, una parte de la “mejora” tiende a licuarse en renta de la tierra (alquileres) o en márgenes de actores aguas arriba/abajo de la tranquera.

Récord exportador y, a la vez, mercado externo en pocas manos
El Gobierno celebró un récord de exportaciones agroindustriales en volumen durante 2025.
En paralelo, las mediciones privadas del mercado granario muestran una estructura altamente concentrada: el ranking de agroexportadores 2025 ubicó a Cargill en el primer lugar, seguida por Viterra y COFCO, entre otros grandes jugadores.
A esa foto se suma un hecho de fondo: la megafusión global Bunge–Viterra, que terminó de cerrarse en 2025 y reordena el tablero internacional del trading de granos.
En la práctica, cuando el comercio exterior se canaliza crecientemente por pocas compañías con capacidad logística, financiera y de acopio, el productor chico/mediano queda más “tomador de precio”, con menos espalda para retener mercadería, financiarse barato o negociar condiciones.
Ganadería: exportación de ganado en pie y debate por agregado de valor
Otro punto —y que está documentado— es la decisión de derogar la prohibición de exportar ganado vacuno en pie con destino a faena, vía Decreto 133/2025.
El Gobierno lo presentó como apertura de mercados. Distintos actores de la cadena cárnica lo leyeron como una señal que puede tensionar el abastecimiento y la industrialización local si no hay reglas complementarias.
El debate de fondo es simple: vender “en pie” es vender un eslabón temprano. La política pública decide si prioriza el negocio de corto plazo (más opciones de venta inmediata) o el agregado de valor (faena, industria, empleo, logística interna).
INTA: ajuste y disputa por soberanía tecnológica
Aparece otra alarma: el desfinanciamiento del INTA. El organismo publica un acceso a información presupuestaria y de ejecución para seguimiento público.
En paralelo, medios y sectores sindicales vienen denunciando recortes y reestructuraciones que afectarían agencias y capacidades territoriales.
Para el productor chico y mediano, el INTA no es “gasto”: es asistencia técnica, tecnología pública, adaptación local, sanidad, innovación aplicada. Si el ajuste se concentra ahí, la brecha tecnológica se amplía y el sistema tiende a premiar al que ya está integrado y capitalizado.
El interior productivo, atrapado entre costos, renta y concentración
Sin eufemismos: el ajuste “no fue neutral”. Con costos presionando (insumos/energía/logística), renta de la tierra rígida y exportación concentrada, el margen del productor real se achica, mientras crece el peso relativo de actores con poder de mercado.
El resultado político-económico es conocido: menos productores, más dependencia financiera, pueblos que se vacían o se precarizan, y una economía regional cada vez más subordinada a decisiones tomadas lejos del territorio.
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